Es fundamental que Estados Unidos abandone la retórica que define la lucha internacional contra el terrorismo exclusivamente en términos de una cruzada contra el fanatismo religioso.
Drew Christiansen, SJ y editores

  Las raíces del terrorismo Drew Christiansen, SJ y editores  

Washington / Política – Entre la colección de desafíos que Barack Obama enfrenta en su primer año de gobierno será la actual guerra contra el terrorismo, tanto interno como externo. Tal como quedó claro con los recientes despiadados ataques terroristas en Mumbai en noviembre y los recientes ataques con misiles de Hamas contra Israel, no hay ningún país involucrado en política y comercio internacional que esté libre de la amenaza de la violencia política. Los últimos años nos han mostrado que la civilización se encuentra en un equilibrio mucho más precario que lo que hubiésemos creído incluso hace una década.

¿Pero quién es el verdadero enemigo en la lucha global contra el terrorismo? Incluso llamar a este conflicto una "guerra contra el terror" es engañoso, dado que nuestros enemigos tienen origen e intenciones muy dispares. Generalizaciones dogmáticas que nuestro enemigo es el islamo-facista, el fanático musulmán, el anarquista, el joven ignorante- a menudo son dañinas para el diseño de cualquier respuesta efectiva al terrorismo.

Una perogrullada sincera aunque dañina es la que dice que nuestro enemigo verdadero es la ignorancia, que si nuestros opositores pudieran liberarse de la propaganda y los falsos conceptos, su ira contra la civilización Euro-Estadounidense sería aplacada. Pero cualquier análisis de los motivos terroristas necesita conceder que el fundamento de sus actos es el resentimiento. A menudo, la educación no lleva a una mayor apreciación de la cultura occidental, sino que a mayor antipatía. Los secuestradores del 11 de septiembre de 2001 son una clara muestra. Muchos de los secuestradores habían alcanzado altos niveles de educación como ingenieros, científicos y académicos. Muchos estudiaron en el extranjero y varios –entre ellos Mohammad Atta, el cabecilla- cabrían en la definición de yuppie (jóvenes profesionales con posibilidades de escalar socialmente). No obstante, fueron seducidos por una ideología que los convenció que su muerte, y las muertes de miles de personas inocentes, era la respuesta apropiada para su condición.

Mientras intelectuales como Lawrence Wright, autor de The Looming Tower, el superventas estudio sobre el terrorismo islámico, han demostrado la poderosa influencia de las creencias religiosas fundamentalistas para reclutar terroristas, grupos como Al Qaeda se hacen de los religiosos y de los resentidos, juntando devotos de entre aquellos que encuentran que adoptar las prácticas económicas y sociales occidentales no siempre se traduce en oportunidades económicas o progreso social. A menudo los mismos avances tecnológicos que debieran haber causado mayor movilidad –el Internet y las comunicaciones globales, entre ellos- han dado a los terroristas los medios para agrupar células que anteriormente actuaban de manera aislada. El acceso a los medios de comunicación tiene dos efectos negativos: proporciona mayor conciencia de las enormes desigualdades económicas y la introducción a un ambiente de entretenimiento global profundamente desvinculado con las sensibilidades religiosas y culturales de muchos pueblos.

Otro alarmante presagio de terror futuro es la posibilidad real de una caída de los estados, a nivel global. En su más reciente análisis sobre tendencias globales, el National Intelligence Council sugirió que para el año 2025, 36 países (con una población total de 1,4 mil millones) enfrentarán escasez de agua dulce y suministros alimentarios sostenibles. Una buena cantidad de estos países, que están casi todos en África y el Medio Oriente, ya son incapaces de garantizar el orden público y el imperio de la ley. Estos mismos países también están experimentando una "explosión juvenil", de hombres y mujeres jóvenes que están entrando en la adultez.

La caída de los estados también representa una falta de compasión de parte de los países prósperos y estables del mundo. Los países en riesgo son los que tienen precisamente la población que será la más resentida si la comunidad internacional les falla, si en vez de trabajos y seguridad, encuentran caos, enfermedad y sufrimiento. En al pasado, la comunidad internacional no ha sido capaz de intervenir eficazmente cuando situaciones que se descuidaron se transformaron en catástrofes humanas; con Zimbabwe y Somalia como los mejores ejemplos. Tal como apuntó el Papa Benedicto XVI en su visita a Naciones Unidas el año pasado, el "deber de proteger" no es sólo un tema interno para las naciones, sino que un deber internacional.

Es fundamental que Estados Unidos abandone la retórica que define la lucha internacional contra el terrorismo exclusivamente en términos de una cruzada contra el fanatismo religioso. La ira que acompaña los males sociales actuales entre los pueblos más pobres del mundo también contribuye enormemente a la seducción del terror. Remediar ese resentimiento tan extendido no va a ser fácil y no puede hacerlo un país solo. Un comienzo razonable sería incluir más cooperación internacional para el desarrollo sustentable; la renegociación de acuerdos de comercio desequilibrados, un nuevo análisis de la economía de la globalización y terminar con el unilateralismo militar y político estadounidense. Evidentemente, todo esto requiere dinero –pero muchísimo menos que lo que el mundo tendrá que gastar combatiendo el terror y la violencia que de otra manera renacerá de entre las ruinas.
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Drew Christiansen, S.J., es Editor Jefe de revista America. Publicado por los jesuitas de los Estados Unidos. Visite www.americamagazine.org


 
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