Respecto de China, los economistas liberales estadounidenses han mostrado que la potencia asiática es un reto que debe abordarse con una revalorización drástica de su divisa, el renminbi
Jamews K. Galbraith

Jamews K. Galbraith

 

La apoteosis china Nueva York - En el debate sobre el futuro Demócrata, nadie debería confundir el Proyecto Hamilton con el pasado Republicano. Robert Rubin y sus colegas han organizado un amplio diálogo sobre desigualdad económica e inversión estratégica, y en muchas cuestiones concretas de política económica -incluyendo educación, salud, impuestos y negociación salarial- se va a definir durante los próximos meses la prominente y ampliamente respetable posición “neo-clintoniana”. No hay nada de malo en eso.Pero esos avances tienen un precio, que se concretará en dos áreas: el sistema de comercio mundial y la política fiscal doméstica. Ambas cosas son mucho más importantes para la misión Hamilton que cualquier reforma específica de políticas sociales. De hecho, parece claro que una de las intenciones del Proyecto Hamilton es proponer la cantidad justa de avances sociales innovadores -como el seguro salarial, las mejores pagas para profesores o la reforma del sistema sanitario- para desviar la discusión sobre los compromisos de base con el libre comercio y los presupuestos equilibrados. Los progresistas no deberían dejar que esto ocurra. Y además tenemos una parte propia de trabajo a realizar: nuestras propuestas sobre comercio son obsoletas, y hasta el momento no hay una política fiscal progresista clara. Debemos hablar de comercio y de presupuestos, no sólo porque son cuestiones demasiado importantes para regalárselas al oponente, y no sólo para disputarle su visión del mundo a Rubin, sino que para construir una (visión) nosotros mismos, que sea realista, convincente y encaminada hacia mayores metas, como la supervivencia ecológica y la justicia social. Respecto del comercio, los “hamiltonianos” apoyaron el North American Free Trade Agreement (Tratado de Libre Comercio para América del Norte, NAFTA en sus siglas en inglés), mientras que muchos progresistas y miembros del People’s Party se opusieron. La contienda se ha ido repitiendo indefinidamente, y sigue tiñendo las discusiones sobre el Central American Free Trade Agreement (Tratado de Libre Comercio para América Central) y los acuerdos de libre comercio bilaterales que se están negociando. Pero como algunos opositores al NAFTA han ya reconocido, especialmente Jeff Faux, es hora de pasar página. Tanto si en un principio el NAFTA creó o costó puestos de trabajo, las economías de México y Estados Unidos están hoy tan integradas como pueden llegar a serlo, y todos los efectos básicamente ya se han producido. Como resultado de ello la economía mejicana creció junto con la nuestra al final de los noventa y se atascó cuando lo hicimos nosotros en 2001. Casi todo el debate actual sobre deslocalización se concentra ahora en China e India, dos países con los que no tenemos, y no obtendremos, tratados de libre comercio. Desde una perspectiva más general, los ‘90 mostraron dos cosas sobre los acuerdos comerciales. Primero, no impiden el pleno empleo en los Estados Unidos: llegamos inteligentemente al pleno empleo en 1998 y nos mantuvimos allí durante 3 años. Segundo, tampoco aportan demasiado de bueno. Comparado con los incrementos de productividad generados por el pleno empleo durante el boom, los que conllevó el NAFTA a mitad de los ‘90 fueron triviales o casi indetectables. Así que, ¿sobre qué trata realmente el debate actual? ¿Por qué los impulsores del Proyecto Hamilton son tan apasionados del “libre comercio”? Tal vez el motivo tenga algo que ver con los sectores industriales de los que provienen. En las finanzas, los seguros y el sector de la “propiedad intelectual” quieren “acuerdos de libre comercio” (y que se cierre satisfactoriamente la Ronda de Doha de las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio) porque quieren tener acceso a nuevos mercados y un estricto cumplimiento de la legislación sobre marcas registradas, derechos de reproducción y patentes. Además, la industria agropecuaria -otro sector al frente de las actuales conversaciones sobre comercio- quiere hacerse con cualquier consumidor de trigo, maíz, arroz y aceite de cocina que pueda encontrar. Los acuerdos comerciales conseguidos, siguiendo dicha agenda, no suponen pérdidas de puestos de trabajo americanos. El problema es que resultan muy agresivos. Así, uno de los principales efectos de forzar la apertura de los mercados agrícolas en América Central será el de desplazar a los pequeños productores de maíz y frijoles, aumentando la migración: a medida que la comida se mueve hacia el sur, las personas se mueven hacia el norte. Otro de los principales efectos del sistema TRIPS -el acuerdo internacional sobre derechos de propiedad intelectual- es que ha obligado a los países pobres a pagar precios abusivos por los medicamentos. Algunos de los típicos efectos de la apertura de los mercados financieros son la huída de capitales y la evasión de impuestos. Vale la pena oponerse a todo esto, sin que sea necesario ningún pretexto, y debe empezarse una nueva agenda bajo el lema: “Libremos al libre comercio del fraude”. El comercio con China es una cuestión distinta, ya que se trata de un país en rápido crecimiento que se beneficia enormemente de su comercio con Estados Unidos. Por ello, la cuestión del comercio con China no pasa por un acuerdo comercial. Y en China hay mucha gente preocupada por eso. Respecto de China, el Proyecto Hamilton -en el resto de casos claramente contra el intervencionismo- ha mostrado numerosas dudas sobre sus propios objetivos. Los “hamiltonianos” apoyan la idea de que China es un reto. Es un reto, dicen, que no debe abordarse mediante aranceles o cuotas, sino con una revalorización drástica de la divisa china, el renminbi (RMB), una medida que también piden enérgicamente senadores liberales como Charles Schumer y economistas como Tom Palley. ¿Solucionaría el “problema” del comercio entre América y China una revalorización masiva del RMB? Bien, puede que dañe seriamente a los exportadores chinos (e, inevitablemente, a sus trabajadores). Las multinacionales pueden migrar a otros países de bajos salarios; los importadores americanos puede que busquen otras fuentes de aprovisionamiento, en cualquier otra esquina del Tercer Mundo. Pero hay algo totalmente cierto: ni un solo puesto de trabajo no cualificado volverá a los Estados Unidos. Así que los consumidores americanos pueden salir perjudicados, mientras que a los trabajadores americanos no se les ayudaría. Uno debe pues preguntarse: ¿Qué ganamos? ¿Por qué esta propuesta está en la agenda progresista? ¿Quién se beneficia realmente de la presión que ha estado ejerciendo sobre Beijing nuestro Secretario del Tesoro proveniente de Goldman Sachs, Henry Paulson? Pues bien, durante los últimos años los especuladores han inundado los mercados chinos de la propiedad inmobiliaria, contribuyendo a la creación de una gran burbuja en Shanghai y otros lugares (las reservas chinas de un billón de dólares vienen en su mayor parte de la esterilización de dichas inversiones -una maniobra del Banco Central para asegurar que el dólar no circule libremente por China- y no sólo de su superávit comercial). Si Paulson tiene éxito, claramente se habrían salido con la suya. Y puede que algunos de esos especuladores vivan en Nueva York. Eso puede que explique la insistencia de Paulson -y el apoyo de Schumer- en una revalorización del RMB. Pero no es motivo para que los demás nos subamos al carro. Los hechos son claros: el NAFTA es una realidad, y China ha logrado un gran éxito con el que tenemos que vivir. Los progresistas necesitan un programa sobre comercio que dé estas dos cuestiones por zanjadas. En términos generales, ello significa aceptar las importaciones de manufacturas y olvidarse de la idea de que podemos controlar -o de que importa algo- quién ensambla las televisiones o cose las camisas. Medidas para evitar abusos flagrantes como el trabajo infantil o forzado son adecuadas, pero es una ilusión pensar que afectarán, o deberían afectar, el flujo de importación de bienes de China. En su lugar, una agenda sobre comercio progresista debería concentrarse en levantar mercados exteriores más robustos para nuestras exportaciones, y de modo que no pisoteen las necesidades y los derechos de los colectivos más pobres. Ello debería dejar espacio de sobra para la consiguiente disputa con los fundamentalistas del libre comercio. En casa tenemos mejores cosas que hacer. Deberíamos concentrarnos específicamente en crear nuevos puestos de trabajo, en sectores (como las nuevas tecnologías, la educación, la asistencia sanitaria y el ahorro de energía) que satisfagan necesidades nacionales y contribuyan a levantar mercados internacionales fuertes para nuestros productos. Deberíamos reconstruir nuestras ciudades y sistemas de transporte, proteger nuestra vulnerable Costa del Golfo, y en todo caso encarar el desafío del cambio climático. Y ello nos lleva al segundo gran problema la de agenda Hamilton, su insistencia en los presupuestos equilibrados. Hoy, muchos Demócratas se han convertido a la doctrina de los presupuestos equilibrados y a los mecanismos de “pago según ingresos”, y muchos aceptan que cuando los Demócratas vuelvan al poder lo primero que hay que hacer es recortar el déficit. Pero el mundo ha cambiado, y mientras esta fórmula pareció funcionarle a Bill Clinton, es improbable que lo haga para Hillary en caso de que llegue tan lejos. Clinton fue presidente durante un largo boom en el sector privado -la burbuja tecnológica y de la información- que no puede repetirse, en un tiempo en que no todavía no le veíamos las orejas al lobo. Pero así como Alexander Hamilton propuso construir América con trabajo público, hoy necesitamos una gran inversión pública para hacer frente a los grandes retos que tenemos por delante. De entre ellos, como nos advierte Al Gore, el mayor es trasformar nuestro patrón de consumo energético y defendernos ante el cambio climático. Si fallamos, entonces en aproximadamente un siglo algunas de nuestras ciudades costeras y muchas otras en el mundo se inundarán -como ocurrió en Nueva Orleáns- causándose daños irreparables. A lo largo del mundo las provisiones de comida menguarán y poblaciones enteras se desplazarán -masivamente, sin control, miserablemente-. Si nuestras generaciones futuras significan algo, los beneficios de prevenir algo así son evidentes. Y se trata de algo a una escala enorme, así que el trabajo debe empezar pronto. Tiene sentido pedir prestado para llevar a cabo esta tarea, en especial dados los bajos tipos de interés a largo plazo que predominan. Si insistimos en gastar solamente según los ingresos actuales, no lo conseguiremos. Y eso es lo que hay en juego, sólo para empezar, con la cuestión de los presupuestos equilibrados. Hay otros aspectos importantes, pero éste es suficiente para dejar las cosas claras. De este modo, aunque incurrir en déficits presupuestarios tenga importantes costes económicos, debemos pagarlos para hacer frente a nuestros objetivos más urgentes sobre el cambio climático y otras prioridades. Pero, de hecho, tener déficits fiscales moderados no acarrea ningún coste discernible. En concreto, el argumento según el cual los déficits actuales conllevan un aumento del tipo de interés no ha podido ser secundado ni por los mejores esfuerzos de aquéllos que se lo creen. El año pasado, examiné el detallado trabajo en este campo de dos de los mejores economistas Hamiltonianos, Bill Gale y Peter Orszag, y mostré cómo sus propios resultados econométricos no detectaban ningún efecto. Cuando puse esto en relieve, Gale y Orszag respondieron con el silencio. El fetichismo sobre el déficit también sirve para reforzar la perenne campaña para recortar los fondos del sistema de Seguridad Social, ahora retomada por el alarmista David Walter, presidente de la Oficina de Responsabilidad Gubernamental, y por Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal. A este respecto, la documentación sobre la estrategia del Proyecto Hamilton es extremadamente reticente -casi ni menciona la Seguridad Social por su nombre-. Pero está infestado de retórica sobre el “problema” a largo plazo del derecho a prestación, el cual, asegura, puede sólo abordarse con una “comisión bipartidista” trabajando con alternativas bien conocidas, y a puerta cerrada. No suena nada tranquilizador. En realidad, la Seguridad Social está en una posición financiera mejor que nunca, en posesión de grandes reservas de bonos del Tesoro mediante cuyos intereses puede y será financiada. Ningún imperativo económico o presupuestario requiere que se hagan recortes en la Seguridad Social, ni ahora ni más adelante. En conversaciones privadas, los líderes “hamiltonianos” demuestran entender esto. Pero sin embargo están dispuestos a incluir recortes en la Seguridad Social -recortes en las pensiones de los ancianos americanos, muchos de los cuáles serían pobres sin ellas- en una especie de gran negociación sobre el déficit. Los progresistas deben rechazar categóricamente un trato como ése. Los costes del sistema sanitario sí son un problema importante. Pero son un problema que afecta tanto al sistema privado como al público, y no sólo a Medicare y Medicaid. Y es muy poco probable que la problemática del incremento de los costes sanitarios llegue hasta el punto que proyectan Bernanke y Walter, los cuales sugieren que el sector sanitario absorberá un tercio del PIB en el plazo de una generación -dos o tres veces más que en cualquier otro país-. Si eso ocurriese, en términos de eficiencia podríamos subcontratar nuestra asistencia médica a los canadienses y franceses, como ha señalado Dean Baker, co-director del Center for Economic and Policy Research (Centro para la Investigación de Políticas Económicas). ¿Hay algo en estos momentos que ande realmente mal en la política fiscal? Los déficits actuales son pequeños, y resulta obvio por los bajos tipos de interés a largo plazo que los mercados financieros no se toman en serio el cuento del déficit que se dispara. El mayor riesgo es que una caída continuada en la construcción de nuevas viviendas y en los precios podría acarrear una recesión, requiriéndose una política fiscal más activa y mayores déficits de los que tenemos ahora. Por supuesto, el Congreso debería dejar que los recortes de impuestos de Bush venzan, y si uno quiere aumentar los impuestos en el futuro para que simplemente las perspectivas a largo plazo mejoren, pues bien. Pero se trata de un arreglo cosmético, sin ningún impacto inmediato y que puede fácilmente cambiarlo un nuevo Congreso. Nuestra principal tarea es dedicarnos a las necesidades reales del país. Si lo logramos, los excesos fiscales se perdonarán. Si fallamos, el rigor fiscal ni nos eximirá ni nos salvará. Finalmente, los progresistas deberían encaminar sus energías hacia un reto del que los “hamiltonianos” nunca hablan y parecen obcecados en ignorar: idear nuevas y eficaces reglas para el sistema financiero global. Porque el mundo está cambiando de tal modo que no será posible volver al oeste salvaje de las finanzas internacionales de los ‘90, aunque Robert Rubin y sus colegas vuelvan al poder en 2009. La crisis asiática de 1997 y la rusa de 1998 señalaron -ahora resulta claro- los últimos días de una ilusión: que unos mercados financieros globales sin restricción alguna pueden regularse ellos mismos. Desde entonces, Rusia se ha encerrado en sí misma, en Asia se está desarrollando un sofisticado sustituto del Fondo Monetario Asiático que les negamos hace una década, y la mayoría de América Latina ha rechazado con sus votaciones la globalización neoliberal, mientras paulatinamente se construyen nuevas estructuras de mutuo apoyo al desarrollo. El caos generado por un sistema financiero controlado solamente por los banqueros está llevando pues a nuevos sistemas de control. Debemos dar la bienvenida a estos desarrollos. Debemos oponernos a los intentos de introducir nueva inestabilidad -que es básicamente el problema actual entre Wall Street y China-. El reto que tenemos delante no es restablecer el dominio global de los bancos americanos. No deberíamos jugar a empobrecer al vecino sino en su lugar deberíamos ayudar a planear una transición gradual hacia algo mejor -proteger tanto como sea posible no los símbolos de poder, sino los grandes beneficios de nuestro modo de vida-. Como parte de ello, una economía progresista necesita romper de un modo u otro con las siempre correctas tradiciones de dicha disciplina. No podemos apartar nuestra mirada, como hacen muchos economistas, del desastre de la política exterior de Bush. El desastre en Irak está sencillamente haciendo que el mundo se replantee hasta qué punto puede confiar en el liderazgo americano, y ello tiene consecuencias ya perceptibles en el declive del dólar. Si hay una guerra con Irán, esas dudas se acelerarán, y lo que hemos visto hasta el momento puede que sea sólo un presagio de dificultades mucho mayores. Aunque un colapso del sistema de reservas en dólares no sea probablemente inminente, esta cuestión no desaparecerá, incluso si las políticas llevadas a cabo por Bush son firmemente rechazadas en 2008. Si lo desatendemos, podría llevarnos a una repetición de los ‘70, cuando las esperanzas progresistas fueron truncadas por la instabilidad financiera internacional, una caída del dólar y una inflación de origen exterior. Este problema no tiene fácil solución, pero nosotros los progresistas, los que estamos comprometidos con la seguridad económica de los trabajadores americanos, del país en su conjunto y del sistema mundial, deberíamos pensar en ello. Deberíamos estar trabajando, junto con nuestros socios internacionales, en un programa para un nuevo sistema que combine la seguridad mutua y colectiva con la estabilización económica. Porque sólo eso puede fomentar un desarrollo sostenible a escala mundial, mientras al mismo tiempo nos permita cuidar en casa de la justicia social y el medio ambiente. Ésta no es una tarea que los bancos privados quieran proponernos. Por ello, no la encontraremos en la agenda del Proyecto Hamilton. Esa misma es una poderosa razón para que deba estar en la nuestra.
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Jamews K. GalbraithEl libro Unbearable Cost: Bush, Greenspan and the Economics of Empire, de James K. Galbraith, ha sido recientemente publicado por Palgrave-MacMillan .

 


 
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