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La experiencia mística es el desdoblamiento del ego, salir de sí, dejarse poseer por el otro, descentrarse para encontrar el centro en el prójimo
Frei Betto

Frei Betto

 

Fuera del cuerpo São Paulo - En la Biblia hay una afirmación intrigante e impactante de san Pablo: “Si fue en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios es quien lo sabe” (2 Corintios 12, 2). El apóstol se refiere a una experiencia mística. Mística es una palabra que causa extrañeza. Hay movimientos populares que la emplean como sinónimo de emulación o animación. Hay quien la toma con el significado de entusiasmo, que en griego quiere decir “estar lleno de Dios”. Aunque la comprensión de lo que es la mística provoca tanta controversia, la experiencia mística es más frecuente de lo que suponemos. Es el desdoblamiento del ego, salir de sí, dejarse poseer por el otro, descentrarse para encontrar el centro en el prójimo. Es la pasión amorosa, sentirse irresistiblemente atraído hacia fuera de sí mismo. Alguien hace converger en su dirección todas las energías del apasionado. De tal modo que éste se deja impregnar por el objeto de su pasión, aunque no pueda verlo, oírlo o tocarlo. El apasionado se siente arrebatado y admite que la médula de su ser está indeleblemente marcada por aquel otro que no es él y, sin embargo, le hace revivir “fuera del cuerpo”. Eso es el amor. Y es la experiencia mística. Son muchos los que experimentan la mística, al menos una o dos veces en su vida, en relación a su semejante, pero es raro quien la saboree también en relación al diferente: Dios. Y la expresión de ese amor arrebatador, místico, se da “fuera del cuerpo”. No es un atributo de los sentidos, que viven en la ilusión de placeres y afectos que nunca sacian el espíritu. Lo que se ve no llena la vista, ni lo que satisface el hambre sacia el apetito del ser, ni los bienes a los que se apega traen felicidad. Al contrario, refuerzan el ego y las tendencias negativas: la avaricia, la ambición desmedida, la vanidad, el orgullo, etc. El amor apasionado no deriva de la razón. La subvierte. Es enloquecedor, trasciende el raciocinio, la lógica, el discurso conceptualmente articulado de los “buenos propósitos”. La razón naufraga en las olas intempestivas del corazón. El afecto desbarata la sensatez del pensamiento. Dentro del cuerpo el amado se siente “fuera del cuerpo”. El objeto de la pasión (trascendencia) irrumpe en mi ser (inmanencia) y me rescata por el lado opuesto del ser (profundencia). Otra expresión de la mística es el arte. Sólo hay verdadero arte cuando se consigue estar “fuera del cuerpo”. En el ballet los movimientos del cuerpo son una forma elegante de expresar algo intangible, cuyo diseño es dibujado por la música y trasciende la secuencia de los gestos de la bailarina. No se baila con la cabeza ni con los miembros; se baila con el alma, en una entrega de sí al ritmo y a la melodía que sólo vibra con densidad artística cuando se está “fuera del cuerpo”. Igual sucede en todas las demás expresiones del arte. Pero hablemos de la que me es más cercana: la literatura. No se escribe ficción con la cabeza. Se escribe con el ser, extrayendo del misterio personal la narrativa que refleja nuestro espíritu. Esa narrativa es “fuera del cuerpo”, imponderable, y sin embargo es la Palabra que bíblicamente organiza el caos y crea el ser. Pues esa Palabra viene de “fuera del cuerpo” y va hacia “fuera del cuerpo”. Tal vez eso explique uno de los fenómenos más inquietantes de la posmodernidad: la muerte de la estética. Pues si la modernidad suprimió la prioridad de la fe y la sustituyó por la razón, la posmodernidad desprecia la razón para idolatrar el cuerpo. Lo que importa ahora es la “estética” del cuerpo. Es la belleza -no la de las infinitas posibilidades de expresión del cuerpo, aquellas que se expresan “fuera del cuerpo”- sino la estética del cuerpo en sí, confinado a su constitución física, orgánica, modelado según patrones físicoculturistas: delgado, atlético y aparentemente joven. Esa corporalización de la estética extenúa el espíritu y constituye la inversión de Narciso. Narciso se contemplaba porque era hermoso. En la inversión no hay belleza, hay un patrón de formas que suplica reconocimiento a los ojos ajenos -el espejo narcisista invertido. Vean en mí la belleza que creo tener... La belleza es algo que emana -de la persona, de la pintura, de la escultura, de la poesía... No está propiamente en el cuerpo, en los colores de la tela, en la materialidad de la escultura, en las letras del alfabeto unidas formando vocablos en el poema. Está “fuera del cuerpo”, porque irrumpe desde lo más profundo del ser y atraviesa la corporalidad del artista y de quien es tocado por la obra de arte. De ese modo sacia el espíritu. Es inmortal. “Dios es quien sabe”. La estética posmoderna es pobre porque está hecha para el consumo y no para elevar, para arrebatar. Su mayor defecto es ser prisionera del cuerpo.
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Frei BettoEscritor, autor de La obra del Artista. Una visión holística del Universo, entre otros libros .

 


 

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