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Las clases de teología de San Quintín ayudan a alentar a los internos a darse cuenta de su inherente auto-estima.
Kerry Weber

Nueva York / Sociedad – La sala de clases es pequeña y está forrada con repisas llenas de coloridos libros. Una imagen beige de la Virgen con el Niño se ubica en un nicho bajo una foto panorámica de Nazaret, y al costado de una ilustración de La última cena. La frase “Capilla católica” está pintada en esténcil negro en una pila de sillas plegables. Al estar dentro de la sala, cualquier visitante podría creer que es sólo otra sala de clases de religión. Sólo cuando uno sale de allí los guardias, los portones y el alambre de púas, característicos de la cárcel de San Quintín en California, se hacen visibles. Ahí es cuando uno se da cuenta que esta no es cualquier sala de clases.

Cada semana George Williams, S.J., se para al frente de la clase en su atuendo de sacerdote. Al frente suyo hay un grupo de casi doce hombres que usan otro tipo de uniforme: la polera azul marino, el overol azulino y la chaqueta de tela de jeans que entrega el California Department of Corrections and Rehabilitation. Una vez por semana los hombres se reúnen para asistir a las clases del padre Williams sobre “Introducción a las Enseñanzas de la Iglesia”. En otras oportunidades se pueden haber reunido allí para asistir a clases sobre “Introducción a la Historia de la Iglesia”, o “Filosofía como Introducción a la Teología”, o pueden reunirse en la sala contigua, la capilla, para aprender más sobre San Ignacio de Loyola en “Introducción a la Espiritualidad Jesuita”.

Las clases son creación del padre Williams, el capellán católico de San Quintín, que se inspiró en la capellanía protestante de la cárcel y los colegios jesuitas del Bay Area. Cuando se enteró que un seminario bautista local ofrecía clases de nivel universitario para los internos de San Quintín, el padre Williams se preguntó por qué todavía no había aprovechado la riqueza de los recursos teológicos de colegios de sector como el Jesuit School of Theology, la University of San Francisco y el Graduate Theological Union. Decidió entonces crear su propio programa reclutando a algunos voluntarios de las universidades locales como profesores. Cada clase es diferente y el profesor tiene libertad para darle su propio enfoque. La mayoría de los alumnos son católicos y hay varios interesados en convertirse, pero hay también otros que asisten por interés general, incluyendo un rastafari, un par de budistas y unos pocos protestantes.

En su clase introductoria, el padre Williams use el DVD de la serie “Catolicismo” del Rev. Robert Barron, junto con trozos de Catequismo de la Iglesia Católica. A menudo pone el video en pausa para hablar de los temas con los hombres. Insiste en que no está allí sólo para enseñarles doctrina, sino que para ayudarles a pensar de manera crítica y para que se acerquen a la Iglesia con preguntas. Y lo hacen: ¿Qué opina la Iglesia de la pena de muerte?, ¿cómo explica la Iglesia la naturaleza de Dios, Jesús y la Trinidad?, ¿si hay un Dios amoroso, entonces cómo se explica que existan lugares como este? “Usen la cabeza —les contesta—, porque Dios nos dio cerebro y corazón, y espera que usemos los dos”.

El programa piloto, que empezó en febrero de 2012, fue diseñado para durar 12 semanas y el padre Williams ha estado pidiéndoles a los hombres sus observaciones para mejorarlo. Espera que la clase les dé la oportunidad de crecimiento espiritual. Al revés de otros establecimientos, San Quintín está abierto a la creación de nuevos programas de rehabilitación para los internos y fue receptivo con esta idea y la agradeció. Los internos también.

COMO UNA FAMILIA

Johnny, de 35 años, asiste a las clases de historia de la Iglesia y también a las de espiritualidad ignaciana. Tiene una cara juvenil, una mata de pelo crespo, un crucifijo y una medalla milagrosa en una cadena en su cuello. Fue bautizado en el 2010 y ha tratado de aprender mucho sobre su fe católica, incluso trabajando como ayudante en la capilla para estar lo más cerca posible —tanto física como espiritualmente— de la Iglesia. Él ayuda a solucionar las solicitudes de los internos que no pueden acceder a la capilla mandándoles Biblias, tarjetas con oraciones o rosarios. Durante su infancia Johnny era miembro de una familia no confesional y raramente fue a la iglesia. Después de ingresar a San Quintín empezó a explorar las distintas capellanías. “Siempre me sentí más cómodo en la Iglesia católica, dice. Tal vez por la imagen de la familia que tenemos acá, con el Padre y la Virgen María como nuestra madre y todos los ángeles y los santos. Aquí se sentía más como una familia que en cualquier otra parte”.

En sus 16 años de encarcelamiento, dice que los tres meses que ha pasado en San Quintín están entre los mejores. “Mientras más aprendo, más quiero compartirlo con los demás, dice. Y mientras más medito sobre las cosas que estoy haciendo en el programa de la Iglesia, más aprendo sobre quién era yo y como he cambiado y lo que me impulsó a hacer lo que hice y que me hizo estar aquí”.

Kevin, de 37, asiste a tres clases promocionadas por la capellanía católica. Cumple una sentencia de 22 años y está en San Quintín desde diciembre de 2011 y llegó a las clases porque sintió que su espiritualidad era difícil y se sentía extraño. “Cualquier cosa que hagamos que sea de naturaleza positiva es de gran ayuda, pero cuando uno está realizando estudios basados en la religión… lo hace a uno enfocarse en la relación con los otros y te ayuda a pensar antes de reaccionar y pensar en cómo estamos viviendo, en ser más educado o respetuoso”. Kevin puede relatar varias oportunidades en que otro interno lo ha abordado de manera agresiva y en vez de enojarse, como solía hacerlo, sólo se mordió la lengua. La otra persona a la larga se disculpó.

El padre Williams se ha dado cuenta que su propia comprensión de la fe se ha beneficiado con sus debates sobre las Escrituras en un entorno carcelario. “Creo que hay algo en el estar en este entorno que hace vivas las Escrituras en una manera que no te sucede en una parroquia, dice. En el pabellón de los condenados a muerte estamos hablando acerca de la Pasión de Cristo. Jesús fue condenado a muerte y estos hombres han sido condenados a muerte. Hay tantos paralelos. Ser arrestado, sometido a juicio —injustamente en el caso de Jesús—, y luego ser sentenciado a la pena capital y ejecutado por el Estado. Es extraño cómo se aprecian las historias bajo una luz diferente acá adentro.

Ed se crió en Oakland, California, tiene 59 años, fue condenado a 13 años de cárcel, de los cuales ha pasado 2 y medio en San Quintín. Está tomando clases de espiritualidad jesuita e historia de la Iglesia. Desde chico fue católico y primero vio estas clases como cursos para refrescar los conocimientos, pero pronto se dio cuenta de su potencial fuente de fortaleza. “Tengo solamente dos cosas en este entorno; una es mi espiritualidad y mi habilidad para venir y participar en los servicios religiosos. La otra es la comunicación con mis hijas, dice. Eso es casi todo lo que poseo. La posibilidad que salga de acá es en el mejor de los casos muy remota”. Ha encontrado consuelo en la vida de San Pablo. “Pablo fue uno que estuvo allí, que lo logró”, dice Ed. La fe “proporciona un maravilloso escape del entorno en que vivimos”, dice.

MÁS QUE SUS DELITOS

Muchos de los internos en San Quintín están cumpliendo condenas que van desde 15 años a cadena perpetua por crímenes violentos. El padre Williams dice que a veces es difícil lograr que la gente de afuera vea a estos hombres más allá de sus delitos. Hace poco llegó una carta a favor de un hombre que pronto enfrentará la comisión de libertad condicional. Este ha estado en prisión hace 34 años, desde que tenía 18. “¿Cuántos de nosotros somos las mismas personas que éramos en 1978?”, pregunta el padre Williams. “Si se les da la oportunidad, estos hombres realmente han crecido como seres humanos conscientes”, dice. “El otro lado de esto es que uno tome a un hombre o una mujer y los deja en un lugar donde son descuidados y maltratados y avergonzados durante 20 años; van a cambiar sí, pero para peor”.

La tendencia estadounidense hacia el individualismo hace más fácil que la sociedad se desentienda de aquellos que están en prisión, dice Kathryn Getek Soltis, profesora auxiliar y directora del Center for Peace and Justice Education de la Universidad de Villanova, que también ha sido capellán católica en el Suffolk County House of Correction en Boston. “Nuestra comprensión teológica del encarcelamiento y castigo tiene que tomar en cuenta que [los presos] siguen siendo miembros plenos de nuestra comunidad”, dice ella. “No hay una concepción del bien común que pueda excluir a las personas que están tras las rejas”. La señorita Soltis sostiene que quienes están fuera de la cárcel tiene una “responsabilidad aumentada” para asegurar que los presos participen en el bien común en la medida de lo posible. “Darles la oportunidad para que vean que tienen la capacidad de hacer el bien es importantísimo para su dignidad humana”, dice ella.

Las clases de teología de San Quintín ayudan a alentar a los internos a darse cuenta de su inherente auto-estima. “Esto no es algo a lo que la gente viene sólo a esconderse tras la Biblia o para encontrar una manera para que la Comisión los deje salir”, dice Kevin. “Algunos de nosotros no tenemos ninguna posibilidad de salir y sin embargo seguimos viniendo acá porque sentimos que el enriquecimiento nos llena. Somos seres humanos y la mayoría de nosotros venimos con un corazón sincero, a pesar de lo que sea que hicimos en el pasado. Y algunas cosas son violentas y atroces. Pero no todos son animales que están enjaulados. Ser juzgados sólo por una pequeña parte de nuestras vidas en comparación a la totalidad de nuestras vidas es un error”. La señorita Soltis dice que luego de hacer clases a los prisioneros sus alumnos a menudo repiten el sentimiento de Kevin: los internos son seres humanos, no estadísticas. “El segundo descubrimiento de los alumnos es: ‘¡Por Dios, no esperaba que ellos fuesen seres humanos!” Según la señorita Soltis, “Es una asunción muy dañina”.

Las visitas de afuera también pueden ayudar a la sanación de los internos. Alan, de 50 años, fue bautizado el año pasado y está asistiendo a clases de espiritualidad ignaciana. Dice que las clases lo han ayudado a crecer no sólo como persona, sino que también como parte de una comunidad. “Nos hace sentir que somos necesarios, y a veces en la cárcel nos sentimos un poquito fuera del círculo de información. Cuando viene gente de afuera, es tan reconfortante para ellos estar con nosotros y rezar y aprender en la tradición católica”. Las clases le han ayudado a aprender a seguir con su vida de la mejor manera posible. “He aprendido a perdonarme a mí mismo por lo que pasó con la adicción y las causas que nos hacen lo que somos hoy día”, dice él. “Pero es una lucha”.

Presenciar esta lucha fue una de las razones por las cuales el padre Williams quiso ser ordenado en 2004, después de pasar 15 años como hermano jesuita. “Si hay algo que estas personas encarceladas desean es el perdón. Y a menudo el auto-perdón es la parte más difícil”, dice. “Me di cuenta que los tipos realmente necesitaban la confesión y quería poder ayudarlos con ese sacramento porque es profundamente sanador para los tipos que están aquí, y de verdad es lo que más me gusta de estar aquí. El lugar más crítico acá en la cárcel es este, la sala de reconciliación”.

El padre Williams espera que en algún momento las clases les sean reconocidas a los internos como créditos universitarios. “Los internos están entre los mejores alumnos porque realmente quieren aprender”, dice. “Muchos de ellos, por diferentes razones, nunca tuvieron la oportunidad. Les dijeron que son tontos, o no fueron a buenos colegios, o había tal nivel de disfuncionalidad, que nunca fueron al colegio”. En una oportunidad, una profesora de sociología de Patten University en Oakland California, trajo a sus alumnos a conocer a los hombres a los cuales les había hecho el mismo ramo en la cárcel. Discutieron sobre temas de criminología y el padre Williams tuvo la oportunidad de estar presente. Quedó sorprendido e impresionado por la respuesta de los internos. “Los tipos no sólo habían leído el material y reflexionado sobre él, también lo habían vivido”, dice. “De manera que estaban aportando experiencia real a la discusión académica, lo que no siempre se da”.

Y la experiencia de clases los sigue ayudándolos con la forma en que los hombres viven su vida. “Acá hay tantas personas que parecen estar descorazonadas, o alteradas, o enojadas, y lo que estamos aprendiendo de la Iglesia son las maneras cómo podemos acercarnos a ellos”, dice Johnny. “Primero uno trata de servir a los demás. De esta manera siempre te están cuidando, porque mientras uno está ocupado con los demás, Dios está velando por ti”.

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Kerry Weber. Editor adjunto de revista America. Publicado en America, www.americamagazine.org

 
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