Rafael Velasco, S.J.
User Rating: / 6
PoorBest 


 

Los católicos creemos que la Iglesia es santa y pecadora; y es, más allá de las apariencias, la comunidad de los creyentes en Jesús fundada sobre la piedra de la fe de los apóstoles. Pero tampoco nos escapa, al menos a algunos, que esa realidad espiritual tiene una manifestación histórica y que esa realidad histórica ha ido tomando diversas formas a lo largo de los siglos. Esa realidad histórica es patente a todos —creyentes y no creyentes— y está por lo tanto, expuesta a la crítica y la opinión pública.

Plantear entonces críticas a la realidad visible de la Iglesia implica pensar en su reforma, término que a nivel espiritual se comprende como “conversión”: es decir una vuelta a los orígenes que hunde sus raíces en el Evangelio.

El caso de “filtraciones” de documentación privada del Estado Vaticano en libros y medios de comunicación (llamado vulgarmente Vatileaks) pone sobre el tapete algunos aspectos difíciles de esa realidad histórica eclesial.

Hay filtraciones que tienen que ver con el gobierno del Estado Vaticano y otras que tienen que ver con el manejo de la Iglesia como comunidad. Uno de los primeros problemas es que ambas realidades —Estado e Iglesia— están profundamente interrelacionadas.

EL ESTADO VATICANO

El Estado Vaticano es —como realidad— una rémora de los Estados Pontificios. Es lo que quedó al final de la historia del poder temporal de la Iglesia. Y, como tal, es una realidad que presenta las dificultades del manejo de todo estado con el agravante de que este estado debe ser regido con criterios religiosos en un mundo que se maneja con otros criterios. Entonces, esa vinculación con lo mundano, no siempre da resultados felices. A las pruebas hay que remitirse.

Por lo tanto este conflicto revela serias dificultades para manejar el Estado Vaticano con criterios de transparencia y coherencia religiosa. Esto plantea la oportunidad de pensar en una profunda reforma respecto de esta realidad histórica que es el Estado Vaticano.

UN LLAMADO A LA TRANSPARENCIA

Pero hay más. Esta divulgación de problemas internos y rencillas muy poco evangélicas sería menos sorprendente si la Iglesia como institución fuera más transparente. El ocultamiento sigue siendo una política demasiado acendrada en determinados ámbitos. La opacidad y el ocultamiento dan lugar a suspicacias.

La pretensión —desde ciertos ámbitos eclesiales— de negar nuestra propia fragilidad humana hace que se propague la suposición de que no nos tocan —a los eclesiásticos— las generales de la ley en cuanto a ambigüedades, luchas internas, pasiones y deseos. Por eso cuando queda expuesto resulta el escándalo.

Una mayor transparencia en cuanto a las cuestiones que competen a todos los miembros de la Iglesia ayudaría a que se pudiera comprender mejor que la realidad espiritual de comunidad creyente en Jesús se da modestamente en la realidad histórica que vamos construyendo. Con aciertos y errores.

Pero si además desde algunos sectores dentro de la institución eclesial se asume tácitamente el papel de una suerte de agencia de moralidad internacional (que pretende establecer normas de conductas para todos), cuando nuestras miserias humanas salen a la luz otros —desde fuera— no son nada misericordiosos con nosotros.

UNA NUEVA OPORTUNIDAD

Entonces creo que este conflicto es una gran oportunidad para repensar profundamente la realidad del Vaticano como estado y de la Iglesia como comunidad creyente; una oportunidad para reflexionar respecto de algunas prácticas y cambiar actitudes de ocultamiento y opacidad por una mayor transparencia. No caben dudas de que ganaríamos en credibilidad hacia adentro y hacia fuera de la Iglesia. Y probablemente seríamos un mejor reflejo de lo que Jesús ha querido.

Rafael Velasco, S.J.
Rector UCC

 
 
Revista Mirada Global © Copyright 2009