Cheap Oem Software Shop
¿Qué significa para los jóvenes de hoy el Concilio Vaticano II, que tanto marcó a una generación de católicos? ¿Tienen conciencia de los cambios producidos? ¿Se sienten implicados?
Reto Dörig

Friburgo / Religión – No viví el Concilio ni el impulso entusiasta y transformador de la generación posterior a este. No conocí la Iglesia preconciliar, salvo por las oraciones de mi abuela, por libros y documentales. Por tanto, mi memoria de este acontecimiento “refrescante” está marcada sobre todo por su relectura y la construcción selectiva de los últimos veinte años. Tomé conciencia del impacto del Concilio para la Iglesia católica por primera vez en 1997 a través de la lectura de un libro sobre el papa Juan XXIII (1). Me impresionó su valentía, confianza y fe. Sufrió por el estado del mundo y la Iglesia, y por su propia impotencia como cristiano. En vez de resignarse y volverse fatalista, encontró refugio en la sumisión a Dios. Fue consciente de la fragilidad de toda existencia, pero compartió también la esperanza de su superación por acción del amor, un amor fuente de confianza, compasión, perdón y solidaridad hacia todo ser humano. Defendió su visión optimista contra todos quienes —tanto dentro como fuera de la Iglesia— no veían más que un mundo impregnado de decadencia y herejías. En una situación de angustia y debilidad, dio ejemplo de una increíble fuerza, abriendo la Iglesia al mundo.

UNA IGLESIA HUMANIZADORA

La constitución pastoral Gaudium et spes presenta una Iglesiaabierta a los contextos de la vidade hoy y solidaria con toda la humanidad(GS 1). He sentido esteespíritu humanizador muy presentedurante mi infancia y adolescencia.Los responsables de lapastoral juvenil de entonces crearonun espacio donde nos sentíamostomados en serio por nuestrassituaciones vitales y nuestraspreguntas existenciales y espirituales.Respetaron y apoyaronnuestras necesidades de autonomíay nuestro espíritu crítico haciala Iglesia. Nos hicieron sentirque estábamos a su misma altura.Esa actitud de escucha y esamanera de comunicar y de animarinfluenció fuertemente mi imagende Cristo y de la Iglesia. Durantemis estudios de teología en la Universidadde Friburgo y luego en el Centro Sèvres de París, pudedescubrir que el Concilio Vaticano II no fue fundamentalmenteun acontecimiento histórico, sino un cambio de paradigmaque transformó la Iglesia católica. El papa Juan XXIII vivió unaggiornamento, una actualización de la identidad de la Iglesiay, sobre todo, de su relación con el mundo. La Iglesia debía sercomprendida como sacramentum mundi (Lumen gentium 1),signo e instrumento de salvación para el mundo, y todos losbautizados éramos llamados a testimoniarlo. Por eso se debíavalorizar el estatus de los fieles y encontrar nuevos caminospara comunicar el Evangelio de una manera comprensible ycreíble, de manera que el mensaje cristiano llegara a todo serhumano en su contexto social y cultural. Los cristianos ya nodebían contentarse con asistir a los ritos y recitar oraciones ydogmas. El Concilio los llamaba y animaba a orientar sus vidashacia el amor de Dios y el prójimo. El descubrimiento de la teologíade la liberación me llevó a comprender mejor el principiode que toda fe está inseparablemente anclada en la experiencia.

Los textos del Concilio lo formularon de la siguiente manera: “Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de estos tiempos, de los pobres sobre todo, y de todos los que sufren son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo, y no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en sus corazones” (GS 1). También me atrajo fuertemente el mensaje de Cristo, gracias a los testimonios de cristianos —y no cristianos— que han buscado un mundo cada vez más humano. Los encuentros con protestantes, musulmanes, judíos, budistas o también ateos, me animaron a estudiar las diferentes posiciones teológicas (y pastorales) de la Iglesia hacia otros creyentes y no creyentes.

UNA IGLESIA INTEGRADORA

La declaración Nostra aetate reconoce y valora a las otras religiones al decir que ellas “reflejan a menudo un rayo de la verdad que ilumina a todos los hombres” (NA 2). La declaración Dignitatis humanae se expresa más claramente en favor de la libertad religiosa: “Consiste en que todos los hombres deben estar libres de cualquier restricción por parte de individuos o grupos sociales y de cualquier poder humano, de manera que en materia religiosa nadie sea forzado a actuar contra su conciencia ni impedido de actuar, dentro de justos límites, según su conciencia, tanto en privado como en público, solo o asociado con otros” (DH 2). Y respecto a personas ignorantes o agnósticas, la constitución dogmática Lumen gentium formula su mirada abierta así: “Y también los otros, los que buscan todavía en las sombras y a través de imágenes a un Dios que ignoran, Dios no está lejos de ellos ya que es Él quien da a todos la vida y todas las cosas, y quiere, como Salvador, traer a todos los hombres la Salvación” (LG 16). Estas ideas han cambiado considerablemente la relación entre los creyentes y los que no lo son. Para el compromiso pastoral en la sociedad moderna y multirreligiosa de hoy, el Concilio ha preparado herramientas para satisfacer al no-creyente con toda honestidad y con un gran respeto a la diversidad y al individuo. La Iglesia ha mostrado una visión integradora nunca antes vista.

EL ESPÍRITU PASTORAL

He mencionado, primero, las razones de mi compromiso como capellán de jóvenes y no tan jóvenes, y con el diálogo interreligioso. Al mismo tiempo, tuve que confrontar los desafíos de la indiferencia y del pluralismo religioso con una fuerte búsqueda espiritual, aunque a menudo muy individualista. En tanto agente pastoral, soy responsable, entre otras cosas, de la gestión y animación de una exposición sobre las grandes religiones (2). Esta es presentada en los ciclos de orientación del cantón de Friburgo, donde se busca sensibilizar, por una parte, sobre la diversidad religiosa en nuestra sociedad actual y, por otra, sobre las familiaridades que hay entre las diferentes tradiciones y culturas. Tal exposición permite descubrir a los jóvenes las ricas fuentes de espiritualidad y de sabiduría que ayudan a inspirar y hacer crecer a la humanidad. A través de testimonios concretos de personas de diferentes creencias, los estudiantes son invitados a ampliar sus horizontes de comprensión y a desarrollar una actitud de respeto y solidaridad por encima de diferencias culturales y religiosas. Mi experiencia muestra que, a pesar de existir una gran indiferencia pública hacia las espiritualidades tradicionales, estas animaciones llegan a captar la atención y la curiosidad de los estudiantes por los aspectos enriquecedores y liberadores de la fe. La Iglesia se involucra por tanto plenamente, y lo hace en el espíritu innovador y de reconocimiento del Concilio.

Los jóvenes de hoy son muy abiertos y acogedores frente a una actitud espiritual. Pero esto no es siempre así cuando se trata de la transmisión de la fe cristiana o del significado de la herencia cristiana para orientar una vida contemporánea. Parece ser insuperable la caída de la visión mediadora de la Iglesia —también de sus principios— respecto a las preocupaciones de los jóvenes. Los adolescentes expresan raramente un deseo de profundizar la fe y esperan poco de la Iglesia, a la que juzgan a menudo poco creíble y poco competente en lo que concierne a la búsqueda de orientación y de sentido de la vida. Demasiado a menudo esta impresión lleva a la resignación a las personas comprometidas en pastoral. Aunque comparto algunas de estas constataciones, creo, por el contrario, que el verdadero problema se sitúa al nivel de la comunicación. Los jóvenes están abiertos a una capellanía que los escuche, se preocupe de ellos y los acompañe, pero desconfían de toda recuperación en nombre de una institución. El anhelo de la identidad colectiva surge de la Iglesia, pero poco de los jóvenes, quienes reclaman sobre todo autonomía, pragmatismo y una identidad abierta a los valores proclamados por nuestra cultura moderna. ¿Cuál será el rostro de una pastoral (juvenil) que se deje inspirar por la frescura, la valentía, la creatividad de los adolescentes? ¿Quién permanecerá indiferente a sus preocupaciones, frustraciones y preguntas existenciales? ¿Quién llegará a respetar su autonomía, conservando un espíritu de compasión y apoyo en sus experiencias de fragilidad? ¿Quién desarrollará imágenes de esperanza y les abrirá recursos que ayuden a todos a permanecer tranquilos en medio de las incertidumbres y amenazas causadas por la visión individualista y neoliberal de nuestras sociedades modernas?

COMO HACE CINCUENTA AÑOS

Los desafíos para una Iglesia de hoy son múltiples: “El olvido de Dios”, o más bien una falta de experiencia y de lenguaje sobre la dimensión espiritual de la vida, desconfianza frente a las tradiciones e instituciones religiosas, ausencia de compromiso con la Iglesia, actitudes de egoísmo y de fatalismo en el mundo. Pero estoy convencido de que estas cuestiones no son ni más inquietantes ni más desesperadas que las de hace cincuenta años, cuando el papa Juan XXIII tuvo la valentía “de abrir las ventanas de la Iglesia y dejar entrar aire fresco”. Me enseñó que no estamos construyendo el futuro de la humanidad por el miedo ni por la fuerza, sino por la confianza y la compasión. ¿Un nuevo Concilio —como un soplo de democracia en la Iglesia— no sería acaso la mejor manera de tomar en serio el mensaje refrescante y confiado del Vaticano II: el aggiornamento del Evangelio?

(1) Bühlmann, Walbert: Johannes XXIII. Der schmerzliche Weg eines Papstes. Mainz, Topos, 1996.
____________
Reto Dörig. Licenciado en Ciencias de las Religiones (www.formulejeunes.ch et www.fri-soul.ch). Publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
Revista Mirada Global © Copyright 2009