Joseph Ratzinger cumplió 85 años de edad y, después de siete años de pontificado —fue elegido el 19 de abril de 2005—, a menudo parece no ser comprendido ni por la “derecha” ni por la “izquierda”.
Andrea Tornielli

Roma / Temas – Uno de los destinos que probablemente ya tenía asignado Benedicto XVI, el Papa teólogo convertido en Pontífice a los 78 años, es similar al de su predecesor Pablo VI, quien lo convirtió en Arzobispo de Munich y lo creó cardenal en el ahora lejano 1977: el de ser criticado tanto por la derecha como por la izquierda, e incluso no ser siempre comprendido por quienes se profesan “ratzingerianos” y por lo tanto tendrían que ayudarle a transmitir su mensaje.

Hace siete años, en el momento de su elección como Papa, sobre Joseph Ratzinger, durante más de veinte años prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, gravitaba el cliché que le otorgaban los medios de comunicación de ser un “panzerkardinal” conservador, un inflexible guardián de la ortodoxia que habría “detenido” los estímulos innovadores del papa Juan Pablo II, del cual —en cambio— había sido un fiel y dócil colaborador.

La reconciliación con los tradicionalistas lefebvrianos, ya inminente, precedida por la decisión de consentir la celebración de la misa antigua, le ha costado a Benedicto XVI un disenso difundido incluso entre algunos obispos: el Papa pretendía favorecer la posibilidad de que el viejo rito preconciliar y el nuevo rito posconciliar se enriquecieran mutuamente, haciendo recuperar en mayor medida al primero el sentido de lo sacro y del encuentro con el misterio —a veces demasiado reajustado por la dejadez y por los abusos litúrgicos— y haciendo descubrir al segundo la riqueza de las Sagradas Escrituras introducidas en la nueva misa. El intento solo en parte ha sido un éxito a causa de las reacciones no siempre comprensivas de la voluntad del Papa, pero también por el surgimiento de formas de esteticismo que no tienen que ver con la esencia de la liturgia.

Pero Benedicto XVI ha sido acusado también por quien esperaba de él “mano dura” y un “enderezamiento doctrinal”, además de una reafirmación de la identidad cristiana europea frente al Islam. Y si en la izquierda es considerado demasiado proyectado en el pasado, e incapaz de leer las señales de los tiempos, en la derecha se le considera demasiado débil.

Tanto los “progresistas” como los “ratzingerianos” desilusionados terminan olvidando el corazón del mensaje de Benedicto XVI. Un Papa que en mayo de 2010, en Fátima, dijo: “Cuando, para muchos, la fe católica ya no es un patrimonio común de la sociedad y a menudo se la ve como una semilla insidiada y ofuscada por ‘divinidades’ y señores de este mundo, muy difícilmente podrá tocar los corazones mediante simples discursos o referencias morales, y menos todavía a través de referencias genéricas a los valores cristianos. La referencia valerosa e integral a los principios es esencial e indispensable; sin embargo, el simple enunciado del mensaje no llega al fondo del corazón de la persona, no toca su libertad, no cambia su vida. Lo que fascina es sobre todo el encuentro con personas creyentes que, por medio de la fe, atraen hacia la gracia de Cristo, dando testimonio de Él”. Palabras de un obispo de Roma que al principio de su pontificado había dicho: “El nuevo Papa sabe que su función es hacer resplandecer ante los ojos de los hombres y las mujeres de hoy la luz de Cristo: no su luz, sino la de Cristo”.

EL PAPA SIGUE LLAMANDO

En una Iglesia donde siguen resonando diariamente tanto referencias éticas como insistentes llamamientos a descubrir de nuevo los valores cristianos, en una Iglesia atravesada por una profunda crisis, flagelada por el escándalo de la pederastia, por el cisma silencioso de los llamamientos a la desobediencia firmados por sacerdotes en varios países europeos, por el afán de carrera penosamente difundido entre los eclesiásticos, por las fugas de documentos y por las grietas en la organización del aparato de la curia, el anciano Papa alemán sigue llamando a la conversión, a la penitencia y a la humildad.

Desde Alemania el pasado mes de septiembre invitó a la Iglesia a ser menos mundana: “Los ejemplos históricos muestran que el testimonio misionero de una Iglesia ‘desmundanizada’ emerge de manera más clara. Liberada de los fardeles y de los privilegios materiales y políticos, la Iglesia puede dedicarse mejor y de manera verdaderamente cristiana al mundo entero, puede abrirse verdaderamente al mundo”.... Dos meses más tarde, en vuelo hacia Benín, dijo: “Es importante que el cristianismo no se muestre como un sistema difícil, europeo, que otro no pueda entender ni poner en práctica, sino como un mensaje universal de que Dios existe, de que Dios tiene que ver con nosotros, de que Dios nos conoce y nos ama, y de que la religión concreta conlleva colaboración y fraternidad. Por lo tanto, un mensaje simple y concreto”.

Muy lejano de triunfalismos, Benedicto XVI recordó a los nuevos cardenales el pasado 19 de febrero: “El servicio a Dios y a los hermanos, el don de sí: esta es la lógica que la fe auténtica imprime y desarrolla en nuestra vivencia cotidiana, y en cambio no lo es el estilo mundano del poder y de la gloria”.

Las palabras más duras, dramáticas y realistas sobre la situación han sido pronunciadas precisamente por un Papa apacible que se muestra sereno incluso durante la tempestad, pero que ante los ataques reconoce: “Los ataques al Papa y a la Iglesia no solo llegan desde fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia vienen precisamente de su interior, del pecado que existe en la Iglesia. Esto también se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de una manera realmente aterradora: que la mayor persecución a la Iglesia no proviene de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia por lo tanto tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación”.

Como ha explicado Ratzinger en la homilía de la misa celebrada en Lisboa el 11 de mayo de 2010: “A menudo nos preocupamos afanosamente por las consecuencias sociales, culturales y políticas de la fe, dando por descontado que esta fe existe, algo que desgraciadamente corresponde cada vez menos a la realidad. Se ha puesto una confianza quizás excesiva en las estructuras y en los programas eclesiales, en la distribución de poderes y de funciones; ¿pero qué sucederá si la sal se vuelve sosa?”

Ante los ataques y las “cruces” del pontificado, ante los escándalos y el mal funcionamiento del aparato de la curia, ante el afán de carrera de los eclesiásticos, Benedicto XVI renueva —como hizo también con los nuevos purpurados en el último consistorio— la necesidad de un baño de humildad en la Iglesia. Para todos, sin excluir a nadie. Solo quien efectivamente es humilde, sabe que necesita ayuda, apoyo, que Otro le ilumine. Solo el humilde puede hacer resplandecer la luz de Cristo, aquella de la cual los hombres y las mujeres de hoy tienen una profunda necesidad.

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Andrea Tornielli. Redactor de Vatican Insider y editorialista de La Stampa. Este artículo fue publicado en www.vaticaninsider.es el 14 de abril pasado. Publicado también en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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