La visita de la Presidenta argentina a Chile permite reanudar una relación política al más alto nivel, mientras hoy se requiere consolidar objetivos políticos comunes y trabajar en beneficio de una identidad relativamente común.
Marcos Robledo

Santiago / Política – Finalmente, y después de varias postergaciones, la Presidenta de la República Argentina realizó los días 15 y 16 de marzo la primera visita oficial desde que asumiera su segundo mandato y el país elegido fue Chile, constituyéndose este en uno de los hechos más relevantes para la política exterior de nuestro país de los últimos dos años.

La visita de la Jefa de Estado trasandina es importante por sí sola, porque se sitúa dentro de un hecho básico y categórico: la transformación que experimentó la relación entre Chile y Argentina a partir del retorno a la democracia, cuando pasó desde una prolongada historia de conflictos —que tuvieron su clímax durante la crisis del Canal Beagle en 1978— a la cooperación y la integración, es uno de los logros más importante construidos por la política exterior chilena desde mediados del siglo XIX. Sobre esa transformación descansa hoy lo fundamental de la seguridad exterior de Chile, tanto como su relacionamiento (e integración) hacia América del Sur. Por esta razón, no existe relación bilateral más importante para Chile que la relación con Argentina.

El problema es que durante los últimos dos años esa relación se vio descuidada e incluso desatendida (al igual que la relación con Brasil). Es importante recordar que luego de la difícil etapa vivida a consecuencia de la crisis del gas iniciada el 2004, la relación bilateral el año 2010 vivió un momento de relanzamiento, cuyo hito culminante fue el abrazo de las presidentas Cristina Fernández y Michelle Bachelet tras la firma del Tratado de Maipú de Cooperación e Integración. Sin embargo, tras el cambio de Gobierno en Chile el momentum fue detenido. Primero fueron las declaraciones del entonces presidente electo, Sebastián Piñera, quien señaló que en la región había dos ejes —uno mejor que el otro populista— y que no sabía en qué lado de América Latina se encontraba la Presidenta de Argentina, insinuando que el relacionamiento sería a partir de la ideología. Luego —y en medio de una primera y acertada visita del presidente Piñera a una reunión de UNASUR en Buenos Aires—, se registraron unos sorprendentes trascendidos desde La Moneda acerca de los temas pendientes en la zona de Campo de Hielos Sur; las desafortunadas declaraciones del entonces embajador de Chile; y el cuasi secuestro de la agenda bilateral por parte de la Unión Demócrata Independiente (UDI) tras la detención de Galvarino Apablaza. Si lo anterior se sitúa en un contexto regional de consolidación del bloque de izquierda sudamericano, de ingreso de Argentina al G-20 y de un aislamiento de Chile en el vecindario y la región, el resultado terminó siendo un distanciamiento y un enfriamiento bilateral generalizado.

Las consecuencias no se hicieron esperar y condujeron a una reducción al mínimo de los intercambios diplomáticos. Primero fue la tardía realización de la III Reunión Binacional de Ministros, concretada recién el 27 de enero del 2011, una cita que estaba llamada a ser el espacio donde se pondría en marcha el espíritu y el entusiasmo de la nueva etapa bilateral iniciada en Maipú. Y luego fueron las sucesivas postergaciones de la visita presidencial a Chile.

RESULTADOS TRASCENDENTES, AUNQUE LIMITADOS

A pesar de lo anterior, los resultados inmediatos de la visita son positivos y trascendentes, aunque limitados. Entre algunos de los avances más relevantes se cuenta la reanudación de la agenda de integración física bilateral, con un claro apoyo al Túnel Internacional del Paso Agua Negra, en la IV Región chilena (por sobre el túnel de baja altura entre Mendoza y la Quinta Región); así como la renovación del apoyo de Chile a la soberanía de Argentina sobre las Islas Malvinas, despejándose al más alto nivel del Estado las dudas que algunos sectores nacionalistas lograron instalar desde nuestro país. Lo fundamental, sin embargo, es que la visita de la presidenta Fernández ha reanudado la relación política al más alto nivel, tras lo cual se abre la oportunidad, pero también el desafío, de estructurar una agenda que permita, luego de la firma del Tratado de Maipú, consolidar el paso de la relación bilateral a una etapa más avanzada y cualitativamente superior, en la que ambos países avancen hacia una relación bilateral de asociación, dentro de una perspectiva general de integración (1).

La transformación desde el conflicto a la cooperación de la primera etapa de los años noventa se encuentra cimentada (2), incluyendo el desarrollo de una creciente interdependencia económica, tanto en comercio como en inversiones (3). Y la transición hacia una relación de asociación se inició durante los años noventa, pero no alcanzó a ser consolidada política ni institucionalmente. Hubo avances muy importantes en esa dirección, como la participación conjunta en Operaciones de Paz (Chipre y Haití), o la creación de la Fuerza Combinada y Conjunta Cruz del Sur. Sin embargo, hubo diferencias importantes que —a pesar de que no ponen en peligro los avances— han hecho más difícil caminar hacia una asociación. Durante los años noventa los temas más complejos estuvieron en temas tanto globales como regionales. Chile y Argentina no lograron sincronizar sus políticas hacia Estados Unidos ni hacia la región, en particular las relacionadas con el Mercosur y el ALCA, ni tampoco sobre Brasil. A todo ello debe agregarse la crisis del 2001 y el recambio político en Argentina, que significó una reorientación del modelo de desarrollo argentino, tras lo cual la dinámica de los noventa perdió intensidad. Es por eso que, más que un problema de incumplimientos, la crisis del gas (2004) debe ser leída en clave de un distanciamiento de los modelos de desarrollo. Así, mientras en Chile se avanzaba con dificultad en la reforma del régimen político y económico neoliberal hacia un modelo socialdemócrata de segunda generación, en Argentina se abandonó bruscamente el neoliberalismo y se estructuraba una nueva versión de la Industralización por Sustitución de Importaciones (ISI), lo que ahora se denomina popularmente como el modelo.

Es por eso que, en ese contexto, la gestión de la entonces presidenta Bachelet abrió una etapa de mayor convergencia con el Gobierno argentino, pero la llegada de la administración del presidente Piñera introdujo una interrogante adicional a la posibilidad de que los dos países continuaran avanzando en la construcción de una asociación.

En el caso de Bachelet, el acercamiento fue construido sobre un conjunto de factores. Primero, sobre la continuidad de la agenda económica, de seguridad y de integración física creada en los años noventa y profundizada por Lagos (de hecho, la Fuerza Cruz del Sur fue propuesta a la Argentina por primera vez el 2004 durante la gestión de Bachelet como ministra de Defensa). Segundo, sobre la base de algunos objetivos regionales y globales compartidos desde la democratización, como la defensa de la democracia en la región y la construcción de una gobernabilidad global basada en instituciones multilaterales. Tercero, fue necesario un entendimiento que permitiría encapsular el tema del gas mientras Chile reorganizaba su matriz energética con mayor autonomía. Pero también se produjo una mayor convergencia política y, en alguna medida, ideológica; una mayor sintonía bilateral en torno a lo que se convertiría en el nudo gordiano del regionalismo posliberal (4), esto es, la construcción de un nuevo régimen de gobernabilidad sudamericano a través de UNASUR; y un diagnóstico compartido en algunas cuestiones importantes acerca de la responsabilidad neoliberal en el origen de la crisis global iniciada el 2008, que posteriormente se extendiera hacia Europa.

Es evidente que la posibilidad de profundizar esa agenda se vio detenida con el cambio de Gobierno en Chile, pero la visita de la presidenta Fernández es una demostración de que, si bien pueden existir momentos de mayor distancia ideológica o política entre los Gobiernos, en el caso de Chile y Argentina existe también una agenda de intereses estratégicos estatales profunda y de largo plazo.

ÁREAS A PROFUNDIZAR

El tema de las Malvinas es el ejemplo. Pero el de los túneles es también muy relevante, porque interesa a los dos Estados. En el caso argentino, como proyección hacia el Asia Pacífico y salida de sus estratégicas exportaciones de soja a China. En el chileno, como una oportunidad para consolidar al país como puente entre el Asia-Pacífico y América del Sur. Hasta ahora se trata de una tarea que no ha recibido la debida voluntad política (Brasil y Perú construyeron con menos ruido y en poco tiempo dos corredores que han cimentado una relación estratégica), por lo que constituye un área donde el Gobierno de Piñera tiene la oportunidad de avanzar sustantivamente, si deseara dar una señal. En el ámbito de la defensa existe una enorme agenda por desarrollar más allá de la Fuerza Cruz del Sur. Chile y Argentina podrían codificar lo que ya están haciendo y desarrollar ámbitos de política de defensa común. Por ejemplo, en vez de emplazar fuerzas militares de manera unilateral en torno a Campos de Hielo, que podrían generar desconfianza, los dos países podrían llevar adelante una estrategia conjunta para dar seguridad a la reserva de agua dulce.

De esta manera, existen numerosas áreas en las que la relación bilateral puede ser profundizada. Sin embargo, en lo sustantivo, la construcción de una relación de asociación política chileno argentina no es un acto de voluntarismo, sino que dependerá de que ambos países desarrollen objetivos políticos y una identidad relativamente comunes en lo global y regional, además de lo bilateral, lo que exige, a su vez, visión, compromiso y una enorme y persistente voluntad política.

Es por eso que la visita de la presidenta Fernández fue un acontecimiento muy relevante para la relación bilateral. Pero es por eso también que si Chile aspira seriamente a ir más allá de los buenos modales, y desea avanzar hacia una etapa más ambiciosa, como se propuso en Maipú, y construir una relación de asociación de largo plazo, debe invertir mucho más tiempo y mucho más capital político. El registro de los últimos dos años no permite albergar muchas expectativas, por lo que quizás habrá que esperar un recambio en La Moneda. Pero el desafío está planteado, y avanzar en la construcción de la asociación con Argentina, hoy o mañana, será bueno para Chile y para Argentina.

(1) Por asociación entendemos a una etapa superior de cooperación en la que, más allá de lo bilateral, dos o más países deciden emprendimientos conjuntos en el ámbito internacional. El concepto integración es ampliamente utilizado y no hay una sola definición. Se usa como sinónimo al incremento de la interdependencia (ej: comercial) o de la creación de instituciones inter-gubernamentales. Para efectos de este artículo, entendemos la integración de manera restringida, como la construcción de instituciones y políticas comunes y supranacionales, con autonomía y supremacía sobre las nacionales.
(2) En 1999 Argentina publicó su Libro de la Defensa Nacional, descartando hipótesis de conflicto con Chile. En 2000, el pdte. Lagos declaró lo mismo en su discurso ante el Congreso Pleno argentino.
(3) El comercio bilateral no ha dejado de crecer en el largo plazo, con saldo muy favorable a Argentina, especialmente luego del Tratado de Asociación firmado entre Chile y el MERCOSUR (1996). Las inversiones, no obstante, tienden a estabilizarse, sobre todo las chilenas, en unos US$ 15 mil millones.
(4) He tomado concepto “regionalismo posliberal” de José Antonio Sanahuja. Ver Sanahuja, José Antonio: Postliberal regionalism in South America. The case of UNASUR. RSCAS, 2012, Working Paper.
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Marcos Robledo. Cientista político y periodista. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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