La fe cristiana requiere una cierta concepción del mundo y de la humanidad que es diametralmente opuesta a los fundamentos de la ecoreligión.
Robert Deinhammer, S.J.

Salzburgo / Ecología – La necesidad vital de proteger los ecosistemas del planeta de una manera integral y sostenible es, por desgracia, debilitada a menudo por los acontecimientos que se derivan de los propios movimientos medioambientales que se manifiestan en una especie de ideología. Se trata de una pseudo-religión que no es realmente nueva y que podríamos llamarla “ecoreligión”.

La ecoreligión genera un déficit masivo de lo racional e implica cambios profundos en nuestra comprensión tradicional del mundo así como de nosotros mismos. La “naturaleza” o de otra manera la “madre tierra” son buenas por sí mismas e incluso de alguna manera “santas”, mientras que los seres humanos son malos, ya que tratan de dominar la naturaleza con el deseo de explotarla. De acuerdo con esta línea de pensamiento, el curso natural del mundo debería ser alterado lo menos posible. Sin embargo, son los seres humanos los que deberían adaptarse a la naturaleza, deberían “respetarla” e incluso “reconciliarse” ellos mismos con “ella”.

La diferencia entre lo humano y lo animal prácticamente desaparece en ámbitos tales como el movimiento por los derechos de los animales y la defensa del veganismo o vegetarianismo estricto. En la ecoreligión podemos, por lo general, detectar un fuerte escepticismo hacia la ciencia y la tecnología, un escepticismo que a menudo se alía con un nuevo romanticismo y con el espiritualismo. Por ello, una raíz de la ecoreligión me parece que sea la misantropía derivada del desencanto. Básicamente, todo sería mejor si no hubiera seres humanos en el mundo. En muchos casos, es posible que se oculte detrás de este fenómeno un deseo reprimido que añora sutilmente la muerte.

La ecoreligión presenta un serio desafío a la fe cristiana y a su anuncio. La fe cristiana requiere una cierta concepción del mundo y de la humanidad que es diametralmente opuesta a los fundamentos de la ecoreligión. De acuerdo a la fe cristiana el mundo es una creación de Dios, por lo que se le considera una entidad buena y valiosa, pero que es tan sólo una realidad penúltima. La naturaleza no puede significar un valor absoluto. Y la fe concibe al hombre de la creación bíblica a imagen y semejanza de Dios. Visto desde el punto de vista de la filosofía, esta imagen y semejanza se deriva de la personalidad del hombre y de su capacidad para la razón, mientras que desde un punto de vista de la teología los seres humanos poseen deben su posición única en la creación a su inclusión constante en la vida del Dios Uno y Trino: el hombre es llenado del amor que el Padre tiene por el hijo, el cual es el Espíritu Santo. El hombre es una parte de la naturaleza, pero, al mismo tiempo supera las fronteras de la naturaleza. Sólo de esta manera es capaz de asumir la responsabilidad por la naturaleza. La exigencia moral de proteger el medio ambiente no tendría sentido, si el hombre fuese incapaz de establecer una relación distanciada con la naturaleza.

El anuncio cristiano de la fe interpela a la razón crítica, pues sólo la dinámica de una razón crítica puede distinguir la fe de la superstición. Por lo tanto, la proclamación de la fe al mismo tiempo revisa críticamente todas las creencias irracionales. Es un testimonio de fe criticar la explotación y el abuso devastador del medio ambiente, pero al mismo tiempo, estamos llamados a oponernos a un ecoreligión que no ofrezca un servicio genuino ya sea a la humanidad o a la misma naturaleza.

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Robert Deinhammer, S.J. Vicepresidente de la Escuela Teológica Internacional de Postgrado Canisianum en Innsbruck, Austria. Doctor en Derecho y Filosofía y trabajó como Profesor en la Paris Lodron Universität en Salzburg. Autor de numerosos trabajos en el área del derecho y de la filosofía social, la ética y la filosofía de la religión. Publicado en http://ecojesuit.com/

 
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