La creencia cristiana sostiene que incluso si los errores del pasado no pueden ser desechos u olvidados, pueden ser redimidos.
Stephen J. Pope

Chestnut Hill / Sociedad – Una noche, mientras trataba de eludir a la policía, un joven de 19 años perdió el control de un Cadillac robado, chocó contra un paradero de buses y mató a cuatro personas. Fue arrestado y condenado por cuasidelito de homicidio y otros delitos y condenado a 47 años de presidio. Este incidente no fue la única tragedia que había presenciado en su relativamente corta existencia. Abandonado por su padre y criado por una madre alcohólica, el joven nunca tuvo infancia. Durante la adolescencia, sus amigos usaban y traficaban drogas en autos robados. Ahora, a los 30 años, saldrá finalmente de la cárcel. Si bien ya es demasiado tarde para reparar el daño causado por sus actos, el tipo de persona que será cuando esté nuevamente en las calles de Wisconsin es aun una pregunta sin resolver.

Actualmente hay 2,3 millones de hombres y mujeres en cárceles en todo EEUU, la proporción de encarcelamiento más alta del mundo. Tres de cada 100 adultos estadounidenses están libertad condicional, en prisión o en libertad bajo palabra. Según el ministerio de justicia de EEUU, cada año casi 650.000 personas salen de las cárceles estatales o federales, y muchas más de las cárceles locales. La reinserción a menudo falla; la mitad de los presos en cárceles estatales volverán al encierro dentro de los tres años siguientes a su liberación.

Los ciudadanos quieren que los culpables de crímenes graves sean castigados para mantener el estado de derecho, como método de disuasión para cometer más delitos y para asegurarse que los criminales “paguen su deuda con la sociedad”. Estigmatizar a criminales y exigir condenas más severas rinde buenos dividendos electorales. Pero, como lo demuestran las tasas de reincidencia, las políticas resultantes no propician la rehabilitación.

Hay una afirmación fundamental del cristianismo, y es que Dios ama a todos los seres humanos. La fuerte defensa que hace el cristianismo hacia la persona —fundamentado en la creencia de que toda ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios— abarca a hombres y mujeres en nuestras cárceles de la misma manera que quienes están por nacer y de los ancianos. Eso lo encontramos en las Escrituras, donde visitar a los que están en la cárcel es una de las demostraciones físicas de compasión y caridad que se equiparan con el amor a Cristo. Uno de los últimos actos de Jesús, antes de su muerte en el Calvario, fue la de extender su misericordia al criminal arrepentido (y a sus propios impenitentes verdugos). El mensaje de Cristo se expresa poderosamente en sus propias palabras: “no son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mc 2:17).

Privar de libertad es a veces necesario para proteger a la sociedad de criminales peligrosos. Pero hacer a un infractor responsable no es lo mismo que definirlo por lo peor que haya hecho. De la misma manera, la privación de libertad no necesita equipararse con el destierro moral de entre los hombres. Recordar la dignidad humana básica del infractor puede reforzar las esperanzas de rehabilitación. Esto cambia el foco desde la condena hacia la conversión, brindando la posibilidad de reconciliación en la comunidad de víctimas y condenados.

UN TIPO DIFERENTE DE JUSTICIA

Una iniciativa en la cual he participado puede servir de ejemplo ya que involucra a hombres y mujeres en todo el país que han trabajado en pro de la justicia restauradora.

Janine Geske, anteriormente jueza de la Suprema Corte de Justicia de Wisconsin, es directora de Restorative Justice Initiative de la Escuela de Derecho de Marquette University. Parte de su labor consiste en establecer talleres de justicia restauradora en prisiones de máxima seguridad dos veces al año. Al haber realizado investigación sobre la justicia restauradora y haber trabajado como voluntario en el sistema carcelario de Massachusetts, fui invitado a participar en uno de estos talleres de tres días en Green Bay Correctional Institution, en abril pasado.

El proceso de la jueza Geske está centrado en la reflexión circular, una adaptación de una práctica de los nativos americanos que busca provocar una comprensión transformadora a través de la conversación entre los participantes, conversación honrada y libre de juicios. En este taller participaron 25 presos, varias mujeres cuyas vidas han cambiado irrevocablemente a consecuencias de un crimen, y algunos estudiantes de derecho de Marquette.

En el primer día, los líderes del taller definieron y explicaron el concepto de justicia restauradora; luego grupos más pequeños discutieron la onda de efectos dañinos que un acto criminal provoca. El foco no estaba sólo en las consecuencias negativas de nuestros actos, sino que también en la responsabilidad que nos cabe por ellos. Los participantes escucharon a tres víctimas: una madre cuyo hijo fue muerto por un conductor que manejaba ebrio; la viuda de un oficial de policía asesinado en acto de servicio, y una esposa y madre que fue raptada y violada a punta de navaja. Estas participantes prefirieron llamarse víctimas sobrevivientes, para dejar establecido que no se han limitado al rol pasivo de ser ‘sólo’ víctimas. A través de sus relatos estas mujeres expresaron algo del daño que ellas y sus seres queridos habían sufrido por mano de otros. Mientras los presos escuchaban completamente concentrados, algunos se emocionaron hasta las lágrimas, horrorizados con lo que estaban escuchando. Sus emociones variaban desde furia contra los culpables hasta culpa y profundo remordimiento por los efectos que sus propios crímenes habían tenido sobre personas inocentes.

El día final abrió con una mesa redonda de discusión sobre las revelaciones que los reclusos habían cosechado el día anterior. Las revelaciones fueron luego expresadas a través del arte, la música y la narración. Los participantes hicieron representaciones en grupos, con retratos imaginativos (a veces humorísticos) de cómo individuos encerrados en modelos de conducta destructiva pueden arribar a formas de vida más constructiva. A pesar de que los reclusos lucharon con la culpa y el perdón, expresaron esperanza futura e hicieron compromisos prácticos con miras a cambios conductuales. Incluso aquéllos que no tenían esperanza de salir bajo palabra estuvieron de acuerdo en hacer cambios positivos en su relación con los demás reclusos, personal administrativo y sus familias, y de la manera cómo se veían a sí mismos.

DESPUÉS DEL TALLER

Los talleres de justicia restauradora pueden lograr varias cosas. Primero, son hitos importantes para las víctimas sobrevivientes. Hablarle a una sala llena de perpetradores a menudo abre las avenidas de la sanación —tanto para ellos como para los reclusos presentes—. Las tres oradoras en el taller de Green Bay dijeron que es vivificante no estar reducidas al silencio o a revolcarse en su sufrimiento y resentimiento. La sanación funciona en ambos sentidos: “quiero que sepan que hay gente allá afuera, en la comunidad, que se preocupan por ustedes” —dijo una oradora a los reclusos—. Su atención respetuosa, por otro lado, fue importante para las víctimas sobrevivientes, quienes manifestaron esperanza de que los reclusos pudiesen ver el profundo efecto de sus crímenes y por ende que fuese menos probable que los repitieran a futuro. “Si el que yo hable impide que en el futuro una persona se transforme en la víctima de un crimen violento, mi esfuerzo habrá valido la pena”, dijo una de las víctimas sobrevivientes.

En segundo lugar, para la mayoría de los reclusos este taller fue la primera que escucharon sobre la actual cifra de crímenes de boca de una víctima real hablando en primera persona. Pedirles a los delincuentes —hombres defendiéndose de cualquier demostración de vulnerabilidad o falta de confianza en sí mismos— que reflejaran sobre sus actos y que compartieran sus pensamientos con los demás también produjo un cambio significativo. Para ellos, la parte más difícil fue escuchar atentamente sobre el sufrimiento de los inocentes.

Dado que el proceso de la justicia criminal se enfoca muy especialmente en el crimen como la violación de la ley, es fácil que se pierda perspectiva de la víctima. La naturaleza contenciosa del proceso legal también disminuye las probabilidades que los delincuentes se den cuenta de lo que han debido soportar sus víctimas y de lo que deberán seguir sufriendo. Incluso cuando las víctimas hablan en una vista de sentencia, su testimonio a menudo es usado para justificar el castigo al delincuente, no para reparar el daño ocasionado a la víctima.

En contraste, los testimonios de las víctimas sobrevivientes ayudan a los reclusos a ver los efectos en cascada que tienen sus actos. En el transcurso del taller, muchos delincuentes admitieron que nunca habían considerado seriamente los impactos humanos de sus crímenes. Esto puede sonar raro, pero debemos preguntarnos ¿con qué frecuencia la mayoría de nosotros sabe (o quiere saber) todo el impacto negativo de nuestros errores? Lo mismo es cierto para aquellos que son condenados por robo a mano armada, violación u homicidio.

Tercero; el taller ofreció un foro para que los reclusos pudiesen hablar de sus propios orígenes problemáticos. El dolor de las víctimas de los crímenes trajo de vuelta sus propios dolores: un joven adolescente severamente golpeado por miembros de una pandilla que controlaba su barrio; un niño de 5 años que veía cómo su madre era agredida y violada; un hombre que a los 9 años de edad fue violado a punta de navaja por su profesor favorito y luego amenazado de muerte para que guardara silencio; un niño de 13 años cuya hermana se prostituyó para poder pagarse el crack, sólo para morir asesinada en la calle.

Es innegable que los que causan daño a otros a menudo han sido ellos mismos dañados. Esto provocó compasión entre los reclusos como también en las víctimas sobrevivientes. No obstante, ni uno de los de los reclusos invocó traumas de la infancia para exonerarse o para mitigar su responsabilidad. El relatar estas historias tampoco se transformó en una ocasión para comparar sufrimientos; fue más una liberación catártica de energía emocional provocada por reclusos internalizándose —aunque brevemente— en el sufrimiento del otro. El compartir cambió la manera cómo estos ofensores se vieron a sí mismos y a los demás. “Usted me ha permitido enfrentar mis demonios”, dijo un recluso a una víctima. “Quiero agradecerle por haberme devuelto mi humanidad”, dijo otro. El testimonio de los sobrevivientes liberaron a los hombres para que pudiesen reconocer sus propias ondas de frustración y repugnancia, su enojo e ira, su culpa y vergüenza. La compasión que sintieron por las víctimas sobrevivientes y por sus pares pasó más allá de la pena hacia una nueva determinación y responsabilidad.

Para mí, el comentario que definió el taller fue hecho en el último día: “lo que aprendí esta semana” —dijo uno—, “es que estamos todos fracturados, pero que no estamos solos”. Este hombre, en la treintena, está enredado en una cultura carcelaria que ve la vulnerabilidad como una debilidad y una invitación a los problemas. No obstante, él se da cuenta que fue fracturado por cómo fue educado y por sus propias malas decisiones y no necesita hacer creer que es diferente. Se dio cuenta que el estar fracturado es una condición humana común. Sus palabras expresaron lo que muchos habían descubierto: un nuevo sentido de solidaridad entre aquellos marcados por la vida y una nueva capacidad de amistad para con los demás.

LA DIMENSIÓN DE LA REDENCIÓN

El taller de justicia reparadora no fue en sí mismo una actividad religiosa. No obstante muchos de los reclusos expresaron su fe en Dios y el deseo de vivir correctamente. Lejos de buscar un “perdón barato”, confesaron que merecen estar recluidos, y unos pocos incluso declararon que “no merecen ser perdonados”. Además, otros expresaron la esperanza que algún día sean considerados por el divino médico que vino a curar a los enfermos, no a los sanos. En palabras de un recluso: “Cuando a uno ya no le queda nada, Dios está haciendo algo”.

El taller ayudó a los reclusos a reconocer que están fracturados para poder empezar a vivir vidas regidas por el amor en vez del miedo y la vergüenza. En palabras de Jean Vanier y Stanley Hauerwas en Living Gently in a Violent Word, “no podemos establecer una relación con personas que están fracturadas a menos que de alguna manera nos hagamos cargo de nuestras propias fracturas”. Al enfrentar sus fracturas, los reclusos entran en contacto con su deseo de sanación —primero para sus víctimas, pero también para sí mismos—.

La creencia cristiana sostiene que incluso si los errores del pasado no pueden ser desechos u olvidados, pueden ser redimidos. Tal redención, si es verdadera, tiene que empezar aquí y ahora —y en un contexto de comunidad—. Tal como observó Thomas Merton, O.C.S.O., “Ningún hombre se va al cielo solo”. Reconocer que “estamos todos fracturados, pero no estamos solos” está a tono con la Eucaristía en la cual se parte a Cristo y es repartido en un gran acto de redención. Esta verdad se aplica no sólo a los reclusos de las cárceles de alta seguridad, pero a cada uno de nosotros: fracturados y pecadores, no obstante, amados y llamados por Dios a un futuro de esperanza, promesa y reconciliación.
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Stephen J. Pope es profesor de teología en el Boston College, en Chestnut Hill, Mass. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
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