User Rating: / 0
PoorBest 



DATE_FORMAT_LC2

Ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida…  Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia. 2 Pedro 3, 10-13

Fundamentalistas y sectarios de estricta observancia añoran el día inminente cuando choque la tierra con algún trozo de cachureo interplanetario provocando un gran incendio para acabar con todo.  Sus fantasías de venganza se verán realizadas.  Ellos serán milagrosamente llevados a un lugar más allá del arco iris algunos días antes.  Tienen un sitio web donde dejan mensajes odiosos para familiares y conocidos que se quedan aquí para perecer en la destrucción.

Esa es su versión de la Segunda Venida: una masacre generalizada ocasionada por un dios rabioso y cruel.  Según ellos, la consciencia ecológica no tiene sentido.  Mejor gastar todo, porque pronto se acaba.  No es buena noticia, al menos, para los que no pertenecen a su religión.   

Hablando en serio, es altamente probable que alguna vez el planeta llegue a chocar con algún asteroide.  Se supone que eso pasó hace 65 millones de años, que así acabó el reinado de los dinosaurios, abriendo paso a los mamíferos, entre ellos, el hombre. 

No habrá ninguna nave espacial para llevarse a los elegidos.  La justicia de Dios es pareja, y su misericordia, también. Él quiere que todos se salven.  Este mundo es finito. Sin embargo, cielos nuevos y tierras nuevas son la esperanza concreta de reyes e indigentes, sin excepción. 

La gente va a creer lo que quiere.  A algunos les gusta pensar que Dios legitima sus sentimientos vengativos.  Les gusta sentirse los favorecidos, porque da validez a la corrupción y al favoritismo en el más acá.  Están en su derecho, libertad religiosa y nada que hacerle. 

El problema es que la religión de los preferidos que Dios predestinó acarrea consecuencias graves para los demás.  A veces, se trata de una convicción más ideológica que religiosa.  El soberbio está convencido de que se merece su predominio, y que debe, además, defenderlo.  No se trata de una conspiración, sino de una opción errada que provoca daño colateral. 

El relativismo radical del supermercado de las creencias afirma que la fe es cosa de cada uno.  Pues, no.  Quien crea que su hermano esté irrevocablemente condenado por Dios, también lo va a maltratar.  Las víctimas de esa religión son los que, según su antropología, carecen de valor y dignidad, es decir, los que no pertenecen a su exclusivo club de los preferidos.

Los favoritos, elegidos y predestinados suelen catalogar a los demás.  Descalifican a los que no son como ellos, a los que no son de su agrado, a los que desafían su hegemonía.  Juzgan, según su criterio vengativo, colocando a la gente inocente en frascos con etiquetas categóricas.  La misericordia no existe.  Sus pronunciamientos son caprichosos, definitivos y despiadados, como un pequeño adelanto del juicio final.  Dificultan el desafío de vivir en paz con un mundo complejo y diverso.  A partir de su religión, estamos a un paso de guerras, invasiones, torturas, abortos y campos de concentración.  Los elegidos hacen lo que quieren con los condenados. 

Cada uno puede creer lo que quiera, pero los discípulos del Cristo gritarán en el desierto para defender al desposeído, al marginado y al extranjero.  No se merece el mal trato que este mundo le brinda.  Vendrá otro tiempo cuando sea tratado con justicia, cuando sea juzgado, no por las apariencias, ni por las etiquetas, ni por los comentarios, sino por sus obras y con compasión.  Hay esperanza para todos y, en especial, para aquellos que quedaron fuera ahora.


 
 
Revista Mirada Global © Copyright 2009