Películas coronadas de premios, Pina es la representante alemana ante el Oscar, de igual forma que Violeta hace lo propio desde Chile.
Pablo De Vita

Buenos Aires / Cultura – En singular coincidencia, Pina Bausch y Violeta Parra son homenajeadas en sendas películas. Una es la mirada que el talentoso director alemán Wim Wenders ofrece en Pina sobre la coreógrafa alemana Pina Bausch. La otra, que lleva la firma del realizador chileno Andrés Wood, se detiene con singular maestría en la figura de la no menos mítica Violeta Parra en Violeta, se fue a los cielos.

Películas coronadas de premios, Pina es la representante alemana ante el Oscar, de igual forma que Violeta hace lo propio desde Chile. En su estreno local, la película alemana ha sido un suceso y desde hace meses el film de Andrés Wood convoca multitudes en Chile. Conmueven en el retrato de dos mujeres que se consagraron, por sendas distintas, a la creación artística.

El film del cineasta chileno, también realizador de Machuca, se basa en el libro de Ángel Parra para narrar, con profundo lirismo y sensibilidad, la vida de Violeta Parra no como una cronología sino desde lo que pareciera ser un mosaico de impresiones. De tal forma, el relato presenta alternadamente la niñez, la juventud y diferentes momentos de adultez de la cantautora. El enlace es la recreación de la entrevista que mantuvo por la televisión de Suiza en 1964, la patria de su gran amor, Gilbert Favré. El 5 de febrero de 1967, como es conocido, Violeta se suicidó en la carpa folclórica que había instalado, dos años antes en la comuna de La Reina, con la colaboración del intendente democristiano Fernando Castillo Velasco. La película de Andrés Wood posee varios méritos. En primer término, superar las expectativas del desafío que implicaba retratar a una de las figuras de Chile de mayor proyección internacional. Lo consigue con un relato no lineal cargado de sensibilidad y poesía. También con una ajustada descripción de época y notables actuaciones. Francisca Gavilán construye una Violeta Parra de notable mímesis con la original, otorgándole a su personaje toda la personalidad en estado de ebullición que a priori puede imaginarse de la arrolladora cantautora. El aporte argentino al elenco es el siempre convincente Luis Machín como el periodista —émulo de Pipo Mancera— que realiza la entrevista. Allí se suceden algunos de los diálogos más filosos e inteligentes del relato: “Usted es comunista”, afirma el periodista, para agregar Violeta en la ficción: “No, para nada, quién dijo eso, mire soy tan comunista que si me pegaran un balazo saldría la sangre roja”; “A mí también me saldría la sangre roja”, añade su interlocutor. Violeta, extendiendo su palma generosa concluye: “¡Qué bueno compañero!”

La otra película devolvió al primer plano internacional al director de Las alas del deseo, con la que pareciera reconquistar el prestigio que el tiempo y la crítica le habían quitado. El documental Pina posee indudables méritos artísticos e incluso conceptuales. En primer término, no es un registro convencional (aquello que con sorna los cineastas llaman talking heads, cabezas parlantes), y en rigor quien no conozca muchos datos personales de la inolvidable coreógrafa alemana Pina Bausch, seguramente siga sin conseguirlos al finalizar la proyección. Pero el aporte será indudablemente mucho más importante, porque el registro que Wim Wenders impone al trabajo permite al espectador involucrarse de manera sensorial con la pasión y la energía creadora de una artista para la cual la danza no fue un medio de vida o una profesión sino la vida misma.

Aquí las cronologías imponen señalar su nacimiento en Solingen el 27 de julio de 1940, y su muerte en Wuppertal el 30 de junio de 2009. Con sólo 19 años viajó para estudiar en la Julliard School y bailó en el MET y en la Ópera de Nueva York. A su regreso a Alemania tiene una ascendente y continua labor que la erigió figura alemana de la danza en todo el mundo.

Pinautiliza por primera vez el recurso del 3D en el cine no como mera distracción espectacular, sino como una posibilidad técnica consustanciada con la creación artística. Este es otro de los hallazgos. También el de conseguir transmitir el proceso creador de diversas coreografías, como por ejemplo la impactante “Café Müller”, o indagar en la relación humana que Pina Bausch había establecido con los diferentes bailarines de su compañía, quienes la siguen añorando. Todos hablan, pero parecieran ser el eco de la expresión más importante: la danza como lenguaje. Así desfilan también la sublime “Le sacre du printemps”, con música de Stravinsky y donde Wenders expone una exquisita maestría en el montaje, “Vollmond” y “Kontakthof”. Todo en las instalaciones del Tanztheater de Wuppertal, espacio creativo de Pina y sus artistas.

La síntesis que logra en la fusión cine y danza gracias al uso de la tecnología tridimensional quizás empuje a estos lenguajes a un espacio no explorado antes. Por fortuna, la utilización de materiales de archivo aquí también es escasa confirmando que un documental no necesariamente implica la compilación de viejos álbumes de fotos.

La última curiosidad: al morir, la coreógrafa desarrollaba con su grupo un fragmento de la canción “Volver a los 17”, “Como el musguito en la piedra ay, sí, sí, sí”. Violeta y Pina, en vida y obra, como una síntesis de la evocación un mundo hecho poesía.

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Pablo De Vita. Artículo publicado en revista Criterio, www.revistacriterio.com.ar


 
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