Primer domingo de Adviento. Lecturas Is 63:16-19, 64:2-7; Ps 80:2-19; 1 Cor 1:3-9; Mc 13:33-37.
Peter Feldmeier

Toledo / Religión – “Lo que les digo a ustedes, se lo digo a todos. ¡Manténganse atentos!’” (Mc 13:37).

Adviento, del latín adventus, significa llegada o arribo. Algo viene, y el Señor nos ordena: “¡manténganse “atentos!” ¿Qué tipo de Adviento tenemos que esperar?

La primera lectura de Isaías es el lamento de una comunidad que regresa del exilio. En vez de estar dichosos por regresar a casa, están desanimados. La oración contiene todo, desde arrepentimiento (“nuestra culpa nos lleva lejos igual que el viento”), al llamado a la memoria de Dios (“regresa por amor a tus siervos, por las tribus que son tu herencia”), a la culpa (“nos desvías de tu camino… y endureces nuestro corazón”). No obstante, quizás la parte más dramática de esta oración es el ruego: “¡ojalá rasgaras los cielos y descendieras, y las montañas temblarían ante ti!” El clamor de Isaías por la intervención directa y definitiva de Dios en la historia representa la frecuente expectativa del “Día del Señor”. La lectura del Evangelio del capítulo de Marcos sobre el Apocalipsis se alinea con este deseo. Jesús habla de destrucción, de abominaciones, falsos mesías, y finalmente su partida a los cielos y su regreso: “verán entonces al Hijo del hombre venir en las nubes con gran poder y gloria…” (13:26).

Jesús termina su discurso con el pasaje que leímos hoy, una parábola sobre un hombre que se va de viaje y deja a sus sirvientes a cargo, cada uno con su propia tarea. El guardián, como también todos los sirvientes, están advertidos de estar atentos porque su amo puede regresar cuando menos lo esperan y están menos preparados.

Al comienzo del Adviento, la Iglesia entrega lecturas de las escrituras que nos señalan la segunda llegada de Cristo. No debe haber confusión en esto. El Adviento es, indudablemente, la preparación para la celebración de la Encarnación, la humilde llegada. Dirige nuestros pensamientos hacia un momento en la historia en el cual Dios se hizo uno con nosotros, y la eternidad de Dios, una con nuestro destino. La historia humana, e incluso el tiempo, se redimió en ese momento. Entonces, el regreso de Cristo —el glorioso regreso— es una finalización que Dios estableció en su persona por medio de la Encarnación. Mirar hacia atrás a la Encarnación y mirar hacia el futuro a la segunda llegada, son en realidad dos aspectos de la misma mirada eterna.

La misma mirada, la misma verdad eternal que nosotros vemos, es nuestra ahora. Dado que poseemos a Cristo, cuyo Espíritu vive en nosotros, poseemos nuestra propia gloria futura en él. Nuestro futuro es Cristo. En este sentido, la eternidad ya está en nosotros, ya es parte de nosotros, recreándonos y llevándonos a la gloria que ya es nuestra, aunque no plenamente realizada. Ahora es el adviento de Cristo en nuestras vidas —la llegada oculta—.

¿Qué debemos hacer con esta eternidad en el tiempo? Lo primero que hay que recordar es que los sirvientes siguieron trabajando esperando la llegada del amo, y que el guardián seguía atento. Ambas, estar atento y trabajar, son expresiones importantes. Una es una actitud contemplativa; la otra, activa. Quizás queramos calmarnos durante este Adviento con más oración. También podemos permitirnos estar más ansiosos de responder al trabajo de Dios de transformar este mundo y llevarlo hacia él (1 Cor 15: 24-28).

Trabajar y estar atentos están recíprocamente implícitos. Si cada momento de la historia tiene su significado en Dios, entonces nada es insignificante y cada hilo es parte del diseño que Dios teje. La acción auténtica es, de por sí, un encuentro divino. Estar atentos es a la vez un deber religioso y una posibilidad sagrada.

_________

Peter Feldmeier. Es el Profesor Murray/Bacik de Estudios Católicos en la Universidad de Toledo. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
Revista Mirada Global © Copyright 2009