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A veces decimos algo así como “las cosas son más simples de lo que parecen”, o aconsejamos a alguien “no te compliques de más…” ¿Es la realidad simple o es compleja? Hay muchos ámbitos donde nos liamos en disquisiciones, sutilezas y matices, cuando lo mejor sería ser sencillos. ¿O más bien es que no se puede simplificar lo que es sofisticado? Al menos en tres ámbitos se me plantean de vez en cuando esos dilemas: la fe, el amor y la comunicación entre las personas.

No sé si es por ir haciéndome más sabio, mayor o más vago, pero últimamente me inclino por las soluciones simples. Menos teorías y más cotidianeidad. Menos puntualizaciones y más “síes” o “noes”. Menos sutilezas y más sinceridad. Tengo un buen amigo que en teología me decía que, en momentos de agobio, había que aferrarse a la espiritualidad de las cosas esenciales: “Dios es bueno, y nosotros somos limitados”, decía él.  A veces me acuerdo de la expresión. Y  me ayuda.

Más difícil sería explicar en qué consisten esas pocas verdades. Pero, sin duda, entre ellas habría que afirmar que uno busca el amor en la vida, aunque no esté en nuestra mano forzarlo, ni exigirlo, ni poseerlo; como mucho, ofrecerlo. Que es importante abrir los ojos, el corazón y el tiempo al prójimo, especialmente al que está más herido, aunque no lo vaya a apreciar. Que la fe siempre tendrá un punto de duda. Que Dios, quien quiera que sea, es bueno. Que la mayoría de las veces todos tenemos razón (las nuestras), y esto no es relativismo, sino sentido común. Que es mejor pedir perdón que levantar una muralla de justificaciones. Que el día solo tiene veinticuatro horas. Que hay que reírse todo lo que uno pueda, con risa sanadora, alegre, viva...

¿Se te ocurren a ti más ideas para este catálogo de las cosas esenciales?


 
 
Revista Mirada Global © Copyright 2009