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La pregunta surge una y otra vez cuando nos encontramos claramente con las consecuencias del mal: asesinatos, injusticia, robos, desaparecidos, tortura, hambre… y podríamos seguir. ¿Por qué existe el mal? ¿De dónde viene el mal?

Los creyentes, y aún los no muy creyentes, siempre miramos de reojo a Dios. Alguna responsabilidad debe tener quien se supone creador de todo. ¿Cómo puede ser que haya creado todo bueno y sin embargo el mal se enseñoree por el mundo de tal modo que pareciera incluso más poderoso que el Bien?

¿Creó Dios el mal? Los cristianos afirmamos que no. Que el mal no es creación de Dios. ¿Y entonces?

Volviendo a los mitos…

Los judeocristianos tenemos una fuente común que puede echar un poco de luz, aunque no termina de dar razón del misterio que el mal encierra. Se trata del relato mítico de lo que conocemos impropiamente como el “pecado original”, y deberíamos llamar más bien, “pecado de los orígenes”, o el arquetipo del pecado.

El texto, del libro del Génesis en su capítulo tercero, dice que Dios creó todo y vio que todo era muy bueno y se lo dejó al cuidado de los seres humanos. Pero que en el desarrollo de la vida cotidiana, la serpiente tienta a la mujer en primer lugar con un engaño: “¿es verdad que Dios les prohibió comer de todos los frutos del jardín?” Una mentira ya que la prohibición es respecto de un solo árbol. Pero esta pregunta sirve como para entrar en conversación. De a poco siembra la sospecha (el mensaje es: Dios no es tan bueno como ustedes creen porque no los deja comer nada).

A la respuesta de Eva, de que sólo del árbol del conocimiento del bien y del mal es vedado comer, viene un paso más: en realidad Dios lo hace de envidia, sugiere la serpiente: No quiere que ustedes sepan lo que es bueno y lo que es malo, porque van a ser semejantes a Él. Aquí viene lo “apetitoso”: poder ser como Dios, es decir, decidir lo que es bueno o malo de acuerdo a los propios criterios (y el criterio es lo que es apetecible). ¿Y qué tiene de malo eso?, podríamos preguntarnos. Una primer respuesta es que decidir qué es lo bueno y qué es lo malo, según el texto, significa ponerse por encima del ser humano, pretender ocupar un lugar que no corresponde, no estar conformes con lo que estamos llamados a ser: seres humanos. Implica asumir el rol de Dios

Eva come y da de comer a Adán. El resto de la historia ya la sabemos: primero es la vergüenza, se dieron cuenta de que estaban desnudos y sintieron vergüenza. El texto unos versículos antes había señalado que estaban desnudos y no sentían vergüenza. Aquí con fina psicología, el autor del texto señala que el primer efecto de la lucidez es la vergüenza. La mirada se ha empañado. Ya no se ve con buenos ojos el ser humano, comienza la devaluación. Se hace necesario taparse, y luego ocultarse (incluso de Dios) porque al pretender ser como dioses, sin serlo, ya lo humano se mira con vergüenza.

Pero hay algo más: en la acción de Adán y Eva hay una definición acerca de la identidad de Dios y del ser humano. Veamos: la atención al analizar este texto siempre se pone en la acción aislada de ambos. Y entonces nos preguntamos ¿qué tiene de malo lo que han hecho? Pero creo que nos situamos en un lugar equivocado: la pregunta es otra. A Adán y Eva les ha sido dirigida la Palabra de Dios (esa palabra encuentra por primera vez interlocutores. Antes –en Gén 1– esa palabra dijo y todo fue hecho, pero su interlocutor era la nada, de la cual salió todo). Como interlocutores de Dios, la cuestión es guardar su Palabra o no guardarla. Si ellos guardan la palabra, es decir, si obedecen, reconocen a Dios como el Dios que trasciende lo que ellos pueden decir o pensar, el que les muestra el camino de la Vida. Ellos –Adán y Eva– han de decidir sobre la identidad de Dios y sobre la suya propia. Porque o bien Dios es justo incluso en su prohibición y el ser humano se hace entonces responsable de la justicia de Dios, más allá de toda explicación. Comprende así la profundidad de su identidad personal: es un ser capaz de reconocer a Dios más allá de que lo entienda o no. O bien Dios es un tramposo, entonces el hombre y la mujer se encuentran solos, “como dioses”, pero ya no hay Dios y su palabra no significa nada. Y entonces, siguiendo el texto, si ya no hay Dios parece que tampoco hay ya ser humano, dado que inmediatamente no se reconocen el uno al otro (sienten vergüenza de su desnudez) y la tierra, a su vez, les opondrá resistencia (“maldito sea el suelo por tu culpa…él te producirá cardos y espinas”).

Algo inexplicable

Seguramente a esta altura el lector debe estar pensando: este hombre quiere explicarme la existencia del mal con un cuento de hace más de tres mil años. No, no quiero explicarle nada. Es más, no puedo explicarle nada, porque la presencia del mal es un misterio, es una presencia oscura. Lo que intento es decirle que la explicación de la Biblia no es tan inofensiva o inocente como parece y nos da algunas claves para comprender cómo ingresa el mal en nuestras vidas.

El miedo, otra consecuencia

El segundo hecho es el miedo respecto de Dios.  El texto dice que por la tarde, cuando Dios se paseaba por el jardín de Edén, Adán y Eva se ocultaron. Ante la pregunta de Dios, Adán responde: “Oí tus pasos por el jardín y tuve miedo, por eso me escondí.”

El texto dice que cuando Dios les pide cuentas, Adán acusa a Eva “la mujer que me diste como compañera, me dio y yo comí”; luego la mujer le echa la culpa a la serpiente “la serpiente me sedujo y comí”. Como se ve, el no hacerse cargo –oficio en el que muchos de nuestros políticos y gobernantes son maestros– es también fruto de ese querer ser como dioses.

El texto en el fondo no explica el por qué de la existencia del mal, pero sí explica como actúa la entrada del mal en el corazón humano, Y en el fondo el mundo está como está, porque los hombres y mujeres de este mundo le damos entrada al mal en nuestras relaciones. Sospechamos de un amor incondicional como el de Dios, queremos ser más de lo que somos (decidir teniendo como criterio lo apetitoso –lo que nos gusta–, qué es bueno y qué es malo), y ahí vienen la vergüenza, el miedo, el no hacerse cargo…

Esa secuencia sí nos es familiar, y tiene que ver con el mal existencial y no con el mal metafísico u ontológico.

El que introduce el mal…

La existencia de un ser que es el creador del mal (el demonio, por ejemplo) es un tema que algunos coligen de este texto. Pero si se mira bien, el texto no dice en ningún momento que esa serpiente sea el demonio. Escrito en el siglo X o IX antes de Cristo, la imagen de la serpiente representaba a divinidades de la fertilidad y de la sabiduría, de los pueblos vecinos a Israel, y a la que algunos –entre ellos el rey Salomón– le rendían culto. El texto sindica a ese culto la responsabilidad de la confusión y la introducción del mal. La idolatría es en el fondo la causa primera del mal. Creerle a alguien que no es Dios, pero que se presenta en su lugar. La idolatría es la raíz del pecado.

Nuevas idolatrías

Un ídolo es algo que ocupa el lugar de Dios. Hoy las imágenes son distintas, pero también ocurre que los sustitutos de Dios suelen ser quienes siembran la sospecha respecto de su amor, los que nos incitan a que seamos más (hay que competir, ser más que el vecino, que el pariente, que los que tienen más que uno…), hay que hacer las propias reglas, “por qué atenerse a un código ético dado, hay que ser como dioses y definir el propio código, de acuerdo a lo que nos apetece”, “ningún Dios, ni ninguna religión nos va a decir qué hacer”. El resultado es que cada uno hace lo que le apetece, el otro es una amenaza, y hay que esconderse de las miradas ajenas, porque la avidez y la vergüenza han venido para quedarse y ya no nos miramos con comprensión, sino malamente.

Desandar el camino

¿Qué hacer ante el mal? es la pregunta. Desterrarlo es imposible. Habrá que comenzar, eso sí, el camino contrario: si no se cree explícitamente en un Dios compasivo y cercano, al menos ayudará no ocupar su lugar con nada ni nadie; así evitaremos la idolatría. Deberemos también reconocernos seres humanos y actuar con humanidad, valorarnos con una mirada positiva, unos a otros, no huir, sino hacernos cargo de lo que nos toca y probablemente el mundo –nuestro mundo– ande un poco mejor, vuelva a relucir lo que Dios ha visto siempre en nosotros: que todo era muy bueno.

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Este artículo es parte del libro En el nombre del padre y del rabino.


 
 
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