Cuba es símbolo de quien ha sabido plantarse con dignidad ante el más fuerte. Esa dignidad ha representado recuperación de la autoestima para poblaciones que la habían perdido por su marginación.
Juan Víctor Vázquez

Buenos Aires / Economía – Una lectura sobre la identidad y el patrimonio cultural de Cuba y de los cubanos a partir de visitas recientes. Cuba ha vivido un largo período de escasez y dificultades económicas. Primero fue el bloqueo, suavizado después por la época de colaboración con el bloque socialista. Luego vino el período especial tras la caída del bloque, hasta que apareció la alianza con Venezuela. En la actualidad —ante la situación mundial y el futuro incierto del país de Hugo Chávez— aparece de nuevo la dura escasez y la crisis económica.
 
Desde hace 52 años los cubanos viven estoicamente en la austeridad. Las primeras generaciones lo hicieron por el idealismo, por la revolución. Y siguieron algunas medidas para enfrentar la crisis. Pero el tiempo ha ido desgastando la esperanza de mejora.
 
En Cuba no se encuentra, como en otros países latinoamericanos, pobreza extrema y mucho menos miseria; el gran logro cubano ha sido abrir el acceso a los bienes básicos para todos. Pero se mantuvieron demasiado bajos los límites de la aspiración a una mejor vida hasta estrechar los sueños y desanimar los esfuerzos de crecimiento. En este momento el modelo hace crisis y se plantean cambios radicales para enfrentar la situación, lo cual genera pánico en una población que siente que sus pocas seguridades se acaban.
 
El impacto se da sobre todo en las nuevas generaciones, que no conocieron los duros tiempos pasados ni vivieron la experiencia revolucionaria como un triunfo propio. Sólo conocen la escasez prolongada y creciente y el impacto del consumismo exhibido por los turistas, las instalaciones para ellos construidas, el progreso de los emigrantes que regresan de visita y las oportunidades de negocios y buen vivir para los extranjeros que eligen radicarse en la isla.
 
Cuando la obsesión por la comida se vuelve tema omnipresente en toda conversación, cuando el deterioro de las viviendas llega a su límite y se convierte en la causa principal de divorcios, cuando el transporte requiere cada vez más tiempo y esfuerzo, cuando incluso se presiente que acaban las certezas (fin de la cartilla de racionamiento y del empleo asegurado) y los servicios se deterioran (educación, salud), las condiciones materiales atrapan la existencia y toda la energía, tiempo y creatividad se concentran en “resolver” las necesidades básicas. La obsesión por la supervivencia se va comiendo el día a día, que se vuelve monótono y sin horizonte. El goce de la vida se da sólo en instantes, no en procesos, y la esperanza se disuelve en la repetición de los ritos que permiten resistir. El carpe diem, aprovechar la oportunidad presente, se convierte en meta y termina por ahogarlos en la carrera desenfrenada por el placer instantáneo y pasajero. Y la rebeldía se vuelve sueño de consumo y de escape de esa geografía y esa historia: gran parte de la población vive en el anhelo de poder huir a la tierra de la abundancia, no importa a qué precio.
 
Lo ilegal se justifica por la necesidad. Pero cuando traspasa esos límites sigue justificándose, y la única ética existente es la del “sálvese quien pueda”. Se vive engañando, simulando, contradiciendo valores en los que todavía se cree pero no se practican, en la falta de transparencia y honestidad. El recurso del humor sigue siendo la manera de escapar de una realidad humillante.
 
El desborde popular ante el recorrido de la imagen de la Virgen de la Caridad habla de un espíritu desencantado, amargado con su suerte. Un pueblo cansado de esperar sale a buscar su salvación. Es posible preguntarse si al paso de la Virgen el pueblo siente la fuerza de Dios que lo anima y le da esperanza o si cumple el rito para volver a sentarse a esperar. Posiblemente la respuesta sea una mezcla de ambas posibilidades. El carácter masivo, emotivo, festivo, de movilización, indicaría que se trata de algo más que un rito de negociación.
 
En Cuba se da una ruptura de los espacios que habitan los afectos y el sentido más profundo de la vida: patria, familia y religión. El 14% de los cubanos vive en el exterior. Y la distancia no sólo son las noventa millas geográficas porque van cargadas de ideología, de la dificultad para perdonar las rupturas provocadas, del dolor por la imposibilidad del regreso. Hay muchas heridas que han quedado enquistadas como odio y aversión.
 
La distancia supone intentar borrar los tiempos vividos con familiares y amigos en la patria, comenzar la historia de nuevo, dejando atrás los procesos afectivos cotidianos. De alguna manera la identidad personal y colectiva ha sufrido y quedado herida, rota, con la familia y la patria dividida, espacial y afectivamente. Por eso es tan honda la amargura de la separación; y tan difícil, pero al mismo tiempo ansiada, la reconciliación. El dolor es compartido por los que se fueron y por los que quedaron.
 
Sin embargo, no es sólo negativo el panorama: hay logros, y muchos. Cuba cuenta con un pueblo instruido, con capacidad para la construcción de la sociedad y para la reflexión: la mitad de la población tiene nivel universitario o técnico medio y otro 19% ha cursado el nivel preuniversitario. También la revolución se construyó sobre ideales ciudadanos en los que jugaba un papel muy importante la solidaridad. Aunque no todos lo hayan vivido y el tiempo y el desencanto la hayan desgastado, la solidaridad ha sido tema recurrente de educación, cultura y propaganda. Ser solidario es un valor importante en la sociedad cubana, que se expresa con los ideológicamente afines, y también como apertura generosa al otro que ha supuesto muchos sacrificios a la economía cubana y a los miles de cubanos que han ido en misiones al exterior y han dado realmente lo mejor de sí mismos a cambio de prácticamente nada.
 
Muchos de esos sacrificios han tenido su causa en la defensa de la dignidad frente al abuso y la opresión. Y para América latina, Cuba es símbolo de quien ha sabido plantarse con dignidad ante el más fuerte. Esa dignidad ha representado recuperación de la autoestima para poblaciones que la habían perdido por su marginación.
 
Otro valor cultivado ha sido la capacidad de resistencia. Es un pueblo que ha sabido transitar con dignidad el bloqueo o embargo y sus consecuencias, las limitaciones económicas y muchas trabas para la convivencia y la libertad. Esta capacidad se ha valido de otros recursos como el voluntarismo, la creatividad y la capacidad de tomar con humor las cosas más duras y las situaciones más humillantes.
 
La isla cuenta con recursos para enfrentar los desafíos del futuro inmediato, que se anuncia como de fuerte escasez y tensión, pero que puede estar también preñado de esperanza.
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Juan Víctor Vázquez. Artículo publicado en revista Criterio, www.revistacriterio.com.ar

 
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