“La Esperanza esa niñita alegre y bulliciosa que nació en la última Navidad” (Charles Peguy).
Mons. Antonio Celso de Queirós

Brasil / Religión – Quien vivió más de cerca el clima eclesial de mediados del siglo pasado (antes del Concilio Vaticano II) no puede dejar de percibir la situación actual como algo similar. En aquella época, como hoy, una mezcla de perplejidad y esperanza preocupaba a muchos cristianos. Sólo aquellos que vivían completamente en otro mundo no percibían que algo grande estaba por ocurrir. El anuncio de un Concilio Ecuménico fue recibido con una mezcla de sorpresa y temor. Sorpresa por el anuncio de algo a lo que la Iglesia no estaba acostumbrada. Temor a que ello pudiese terminar con las reflexiones y las búsquedas, debido a un gesto autoritario de la jerarquía. Con el tiempo, el temor se fue superando. La superación fue más amplia ante los textos conciliares, especialmente las cuatro grandes constituciones y las encíclicas papales contemporáneas: Mater et Magistra y Pacem in Terris de Juan XXIII, y la posterior a la elección de Paulo VI. La recepción del Concilio fue positiva y desarrolló un proceso de reflexión en América Latina, facilitado por las Conferencias Episcopales de Medellín, Puebla, menos en Santo Domingo, y de nuevo positivamente en Aparecida.
 
En Brasil, como en otros países, los primeros promotores fueron los obispos, fuertemente amparados por la reflexión constante y actualizada de teólogos y pastoralistas. Fue la generación de los “obispos conciliares” y de las inmediatamente posteriores a ella, las que hicieron recorrer los caminos abiertos por el Concilio. El episcopado brasileño que volvió de la cita era muy distinto del que llegó a Roma. Allá, los obispos se hospedaron en una misma casa donde tenían conferencias a las que eran invitadas las personas más capaces en teología y en áreas de interés pastoral. Eso sirvió como un verdadero curso de actualización que posibilitó una gran renovación dentro del episcopado, y fue la ocasión para que se preparara, estando todavía en Roma, un Plan de Pastoral. Así fue que cuando algunos episcopados, por disposición del Concilio, comenzaron a organizar sus conferencias episcopales. El episcopado brasileño regresó de Roma con un “Plan de Pastoral de Conjunto” cuya meta era “renovar la Iglesia en Brasil conforme a la imagen de la Iglesia del Vaticano II”.
 
Los obispos brasileños ya tenían suficiente organización. La CNBB fue fundada diez años antes por la intuición y trabajo de Dom Helder Cámara y los buenos oficios del cardenal Montini, entonces Secretario de Estado. Los primeros secretariados nacionales estaban organizados y actuando. Un Primer Plan de Pastoral (Plan de Emergencia) fue llevado a la práctica. La renovación eclesial, llevada a efecto por los “obispos conciliares”, se dio en América Latina con la ayuda del CELAM, y se concretó enseguida en la Conferencia de Medellín.
 
Mucho se habló en aquella época de la “Primavera de la Iglesia”, y con plena razón. La Iglesia, de puertas abiertas al mundo moderno, acogedora y deseosa de diálogo, respiraba un aire nuevo y estimulante, viviendo lo que Juan XXIII tenía en mente al convocar el Concilio: un aggiormento, una renovación. La elección de Pablo VI, los primeros sínodos, sobre todo el de la “Evangelización del mundo de hoy” (1974)... parecían garantizar para la Iglesia un largo camino abierto, a pesar de la oposición numéricamente pequeña que sobrevivió a la asamblea conciliar. La Iglesia renacía como Pueblo de Dios, constituido por todas las personas, pueblos y naciones amantes del bien, de la justicia y de la verdad. Iglesia comunión viva de todos los miembros y no más Iglesia piramidal dominada por el clericalismo. Iglesia mirando hacia los grandes y reales problemas de la humanidad, buscando asumir la realidad actual. Iglesia que supera la pretensión de saberlo todo y enseñar todo, y que se presenta como Iglesia humilde, respetuosa de la autonomía del mundo, valorando a las otras Iglesias y religiones, servidora de todos, especialmente de los pobres. Iglesia que renuncia a formas culturales pasadas y acepta buscar nuevas expresiones de fe y de su celebración. Iglesia colegiada que reencuentra la verdadera naturaleza de las Iglesias particulares, de la misión de los obispos, del colegio episcopal, de los sínodos y concilios. Iglesia de la evangélica opción por los pobres, que asume las carencias y la liberación del pueblo excluido de los beneficios más fundamentales y necesarios para la vida. Ésas y otras notas de la Iglesia que emergiera del Concilio continúan siendo enfatizadas por los teólogos de hoy.
 
Hay un aspecto, sin embargo, que es necesario valorar siempre más y más: el clima de libertad, de apertura y alegría traído por el Concilio. Las coacciones eclesiásticas, la imposición obligatoria de leyes sobre numerosos aspectos de la vivencia de la fe parecían superados. El respeto a la persona y a su conciencia como última instancia de decisión ante Dios, acababa con los moralismos y la casuística de una moral sobrepasada. Además de las reflexiones teológicas para abrir nuevos caminos, el Concilio trajo un nuevo clima para la Iglesia. Nada más expresivo de ese nuevo clima que la queja amorosa y dolorosa de un sacerdote anciano, muy preparado y mortalmente enfermo en los primeros años de la era conciliar: “Muero pero protestando, porque es ahora cuando comenzaba a estar a gusto de pertenecer a la Iglesia”. Para las Iglesias de América Latina, que sufrían dictaduras represivas, torturadoras y asesinas, la Iglesia salida del Concilio era el instrumento luminoso que sustentaba la evangelización y la lucha por la justicia.
 
A partir de los años '80, los termómetros teológicos y pastorales comenzaron a indicar una temperatura declinante, haciendo temer la aproximación de un invierno eclesial. Claro, ya había teólogos que mostraban que algunos problemas serios no habían sido afrontados con profundidad en el Concilio. Había claras señales de soluciones de compromiso en más de un documento. No obstante, pocos preveían hasta qué punto serían llamados a vivir y enfrentar procesos. Ciertamente el Concilio demoró demasiado en ser convocado. Entre el Vaticano I y el Vaticano II hay siglo y medio, en un periodo histórico de graves problemas que hizo que la Iglesia se desacostumbrase a proceder conforme a su naturaleza comunitaria y sinodal. Se añadió a ello el hecho de que el Concilio haya dejado a la Curia Romana la responsabilidad de crear caminos para concretar las disposiciones conciliares. La Curia, como institución burocrática, no sería capaz de repensar las organizaciones eclesiales a partir de las reflexiones innovadoras del Concilio. Cualquier institución burocrática está más interesada en su sobrevivencia y aumento de poder que en alcanzar los fines para lo que fue creada. Ese poder aumenta terriblemente cuando es ejercido como “secreto pontificio” y en nombre de una autoridad que no admite recurso y es infalible. El centralismo eclesiástico regresó, dejando muy reducido el poder del obispo en su diócesis y el papel de las conferencias episcopales. El poder de los nuncios creció mucho y asumió prácticamente el papel de intermediario entre los obispos y el Papa. El concepto de fidelidad al Papa y a la unidad eclesial fue entendido dentro de la estrechez de la sumisión pasiva. Las prohibiciones volvieron a crear desconfianza; el ambiente de presión regresó, por el silencio impuesto o asumido por miedo.
 
En Brasil ese ambiente difícil se manifestó de modo muy agudo en relación con la Conferencia Episcopal, que tenía la tradición de animar una evangelización liberadora, de lucha reconocida incluso por la sociedad a favor de los pobres, de los indígenas, de los negros; por su denuncia de encarcelamientos arbitrarios y torturas de la dictadura militar. Señal importante de ese ambiente difícil es la clara preferencia de la Curia por movimientos de cuño espiritualista y hasta de orientación fundamentalista. De su medio son nombrados preferentemente los nuevos obispos, en detrimento de toda una generación de sacerdotes de comprobada capacidad, dedicados a la pastoral de conjunto. De esos mismos movimientos son nombrados también los participantes, incluso laicos, para los eventos eclesiales internacionales. Frente a la apertura conciliar hay claras señales de retroceso en la liturgia, en la vuelta al clericalismo, en el mirar hacia dentro de la estructura eclesiástica en detrimento de la primacía del anuncio del Reino.
 
Actualmente la Iglesia vive problemas que durante el Concilio no fueron afrontados, o no eran tan claros, tales como:
 
- el abandono de la práctica religiosa y referencia a la fe en la vida de los cristianos;
- el crecimiento continuo de nuevas denominaciones religiosas cristianas; la ausencia o el exiguo número jóvenes en comunidades eclesiales;
- la necesidad del reconocimiento práctico de la misión de las Iglesias particulares en la inculturación de la fe y en la organización eclesial y evangelización de los grandes conglomerados urbanos;
- la disminución de los candidatos al ministerio sacerdotal y a la vida religiosa en los países de antigua tradición católica y también en otros países, y el concomitante aumento de la población;
- la necesidad de redefinir los ministerios y sus campos; el ensanchamiento del campo del ministerio del diaconado permanente; la apertura de ministerios para sacerdotes que se apartaron del ministerio ordenado;
- la realidad de las comunidades eclesiales sin eucaristía por falta de ministros ordenados;
la cuestión de un nuevo tipo de sacerdotes no obligatoriamente célibes, al lado de los sacerdotes que asumen el celibato;
- los ministerios femeninos;
- la relativización o igualmente el simple desconocimiento práctico de ciertas normas del magisterio (misa dominical, guarda de los domingos, abstinencia y ayuno…; confesión individual y numérica de los pecados como única forma del sacramento de la penitencia);
- el “tranquilo” desacuerdo, por parte de los matrimonios que participan en la Iglesia, de las orientaciones del magisterio en cuanto a ciertas normas de moral conyugal, matrimonios de segunda unión, paternidad responsable, uso de preservativos en prevención del sida.
 
Claro que no se trata repentinamente de elaborar leyes y disposiciones que de inmediato atiendan a todos esos problemas. Entre éstos hay también una jerarquía de importancia y de urgencia, incluso el encauzamiento de algunos, depende del tiempo de la experiencia de otros. Es necesario es que la Iglesia se abra y profundice en esos temas a través de un diálogo serio y respetuoso; que la estructura eclesiástica cambie de actitud, evitando la simple prohibición de tratarlos, lo que sólo aumenta el riesgo de descrédito y distanciamiento.
 
La historia de la Iglesia enseña que el destino de algunos problemas complejos y difíciles, cuando no son resueltos por la reflexión y el diálogo sereno sino por vía autoritaria, es que serán superados por la propia fuerza de la realidad.
 
Muchos se preguntan si no es el momento de un nuevo concilio ecuménico... ¿Tal vez preparado por concilios particulares de las Iglesias de cada nación? ¿O tratar de esas cuestiones con libertad, sin temor a los medios, en sínodos de obispos, preparados realmente por las Iglesias particulares y conferencias episcopales? Tales sínodos serían más fructíferos que continuar reflexionando en ellos sobre asuntos sin duda muy importantes pero sobre los que la Iglesia ya dispone de rica y suficiente reflexión.
 
Volviendo al inicio de estas reflexiones, ahora, como en el período que precedió al Concilio, los que están atentos a las señales de los tiempos perciben que algo tiene que ocurrir. Como en aquellos años, es preciso superar la mera perplejidad y el temor, y abrirse a una gran esperanza. Recordando a Santo Tomás de Aquino, las condiciones de la esperanza son la búsqueda de un bien costoso que todavía no tenemos y un motivo firme para apropiárnoslo. Nuestra esperanza para la Iglesia se basa en la presencia del Espíritu en la historia, en las simientes abundantemente sembradas por el Concilio Vaticano II y en la actuación del Espíritu Santo. Aquél que plantó las simientes es también capaz de hacerlas nacer, crecer y dar fruto. De nuestra parte es necesario proseguir la búsqueda, viviendo la paciencia activa que sabe soportar las “demoras de Dios”, y vivir las sorpresas y contradicciones sin dejarse abatir. Al mismo tiempo ayudando a sembrar lo que ya dijo sabiamente alguien: “Las decisiones más perfectas, más tardías, acostumbran a ser peores que las decisiones menos perfectas pero tomadas prontamente”. De cualquier manera, estamos ciertamente en un tiempo apropiado para vivir con mayor intensidad la recomendación del Apóstol ser “alegres en la esperanza, firmes en la tribulación, constantes en la oración” (Rm 12, 12).
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Mons. Antonio Celso de Queirós. Obispo emérito de Catanduva, Sāo Paulo, Brasil. Este artículo es parte del número colectivo de revistas latinoamericanas de teología animado por la Comisión Teológica Latinoamericana de la ASETT/EATWOT. Fue también publicado en revista Acción, www.cepag.org.py

 


 
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