Imaginar la paz en áreas devastadas por la guerra es un gran desafío, pero un primer paso fundamental en conseguir la paz.
Maryann Cusimano Love

Washington, D.C. / Temas – Una linda tarde de verano llevé a nuestros hijos a su primera salida nocturna al cine al aire libre. Estaba admirando lo bien que se portaban, cuando un indignado grito —¡NO — interrumpió el programa. ¡Ooops, esa potente voz en un cuerpecito me resultaba familiar! Nuestra hija de dos años estaba parada frente a la gran pantalla y encaraba al villano de celuloide.
 
En Enredados, la versión de Disney de la historia de Rapunzel, el adversario explica que el mundo brutal forzaría al villano a encarcelar a Rapunzel por seguridad, para protegerla, ya que el mundo era un lugar malo y cruel. Nuestra hija sencillamente no lo aceptó. “¡No! ¡Eso no es cierto!”, gritaba. “El mundo no es malo. El mundo es…”, abrió sus brazos y apuntó al apacible cuadro de familias y amigos compartiendo frazadas, almohadas, colaciones y palomitas de maíz en el pasto. “El mundo tiene…”. Su caudal de emociones pronto inundó su limitado vocabulario y terminó su apasionado soliloquio diciendo: “¡pasto!, ¡pasto verde!”. Y con un movimiento de cabeza terminó su alegado, convencida que un mundo tan lleno de pasto verde y exuberante, y gente que compartía el pan, sólo podría ser un lugar bueno y lleno de amor.
 
¿Cuál es el mundo que vemos? ¿Es la vida tan mala, brutal y corta que justifique o incluso requiera que uno sea malo para asegurarse su propia sobrevivencia, o son posibles la paz, el amor y la comunión?
 
No se trata sólo de una pregunta retórica. Hay vidas que dependen de ello. ¿Cómo pueden construir paz personas que nunca la han conocido? En St. John’s Seminary en Los Ángeles (LA), un joven seminarista de la República Democrática del Congo me contó que lo único que había conocido en la RDC era guerra, y que hasta que llegó a LA nunca había experimentado la paz. Quería creer que la paz era posible para su país, pero no podía imaginársela.
 
Sus comentarios eran iguales a los hechos por un funcionario del Ministerio de Defensa en Washington, D.C. Estábamos analizando prospectos para la reconciliación en Afganistán, cuando él se desahogó, frustrado: “Es imposible. Debiéramos dejar de hablar de esto y concentrarnos en cosas que tengan alguna posibilidad de concretarse”.
 
Los constructores de paz saben que un factor fundamental para la construcción de una paz sustentable en comunidades que han sido despedazadas por la violencia, es la imaginación moral. El experto y profesional de la construcción de paz, Johan Paul Lederach pregunta en su libro Moral Imagination, “¿Cómo transcendemos los ciclos de violencia que embrujan a nuestras comunidades humanas mientras viven en ellos? Trascender a la violencia se logra mediante la capacidad para general, movilizar y construir imaginación moral… que requiere la capacidad de imaginarnos en una red de relaciones que incluya a nuestros enemigos”.
 
La Iglesia católica tiene muchos activos en la construcción de la paz, que se hallan destacados en un nuevo libro titulado Peacebuilding: Catholic Theology, Ethics and Praxis. Muchos de estos temas fueron examinados en una conferencia que se llevó a cabo en Roma el 30 de junio sobre “El futuro de la construcción católica de la paz”. El Cardenal Peter Turkson, presidente del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, enfatizó el compromiso de la Iglesia con la construcción de la paz, mientras que los representantes de Caritas Internationalis, Pax Christi, Catholic Relief Services, Sant’Egidio y la Catholic Peacebuilding Network se refirieron a la enriquecedora labor de las organizaciones católicas en áreas de conflicto. Con operaciones por más de 2.000 años, presencia en todos los países del planeta, la Iglesia tiene mucha “banda ancha”. Las capacidades prácticas, funcionales e institucionales que la Iglesia puede aportar a la construcción de la paz son importantes.
 
Apuntalando más a todos estos activos prácticos, están los mayores dones de la Iglesia: principios que alimentan y sostienen la imaginación moral y las comunidades bajo asedio y las personas que hacen manifestación de dichos principios. Con mucha frecuencia los gobiernos se imponen metas muy bajas para la construcción de la paz; su visión es la misma del villano de Disney, sólo un conjunto de malas elecciones entre lo menos malo. Los constructores de paz católicos ven otro mundo, un mundo donde la comunión, la paz y el amor son posibles. A través de nuestros sacramentos de Comunión y reconciliación, nuestra fe en Dios resucitado, relacional, y nuestras estructuras institucionales que buscan hacer realidad las relaciones de la iglesia local y global, del cuerpo de Cristo, ejercitamos con regularidad los músculos morales para la imaginación moral que el mundo necesita. Imaginar la paz en áreas devastadas por la guerra es un gran desafío, pero un primer paso fundamental en conseguir la paz.
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Maryann Cusimano Love. Profesora del Institute for Policy Research and Catholic Studies, The Catholic University of America, Washington, D.C. Publicado en revista America, www.americamagazine.org

 

 


 
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