Casi centenario murió el escritor argentino, Ernesto Sabato, uno de los últimos exponentes de la gran literatura latinoamericana.
José M. Poirier

Buenos Aires / Cultura – Hubiera cumplido un siglo de vida de no habérsele ocurrido morir dos meses antes. En efecto, el escritor argentino Ernesto Sabato había nacido en Rojas, una ciudad de la pampa situada a doscientos cuarenta kilómetros de Buenos Aires, el 24 de junio de 1911, en una numerosa y exigente familia de inmigrantes calabreses. Y murió el 30 de abril, en la semana de Pascua, en su vieja casa de las afueras de la capital argentina. No sin ironía escribió en Uno y el universo: “Un programa honesto requiere ochocientos años. Los primeros cien serían dedicados a los juegos propios de la edad (…); a los cuatrocientos, terminada la educación superior, se podría hacer algo de provecho; el casamiento no debería hacerse antes de los quinientos; los últimos cien años de vida podrían dedicarse a la sabiduría”.
 
En su juventud se había doctorado en Física (las ciencias duras y la música habían sido sus grandes pasiones) y había viajado como becado al Laboratorio Curie, de París y, luego, al Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Estados Unidos. Pero más tarde cayó en una crisis profunda por el rumbo “deshumanizante” de la ciencia y el “absolutismo” racional. Con su mujer —de origen judío— y sus dos hijos se refugió en un lugar paupérrimo de las sierras de Córdoba, en el centro norte de la Argentina, sin luz eléctrica ni agua corriente. Más tarde se dedicaría de lleno a la literatura y, posteriormente, a la pintura.
 
Fue autor de solo tres novelas (la primera se tituló El túnel y fue elogiada por Albert Camus, acaso por su cercanía con el existencialismo pesimista muy en boga en esos años) y de una serie de luminosos ensayos. Como bien observó el escritor italiano Claudio Magris, Sabato siempre diferenció la escritura diurna de la nocturna y practicó ambas: la primera es propia del pensamiento racional y de los ensayos, la segunda de la poesía y de la gran novela. Allí aparecen los fantasmas del alma, los protagonistas de las pesadillas, los representantes del dolor y del horror del mundo, del mal y del sinsentido, de la pureza ofendida.
 
Creo que Sabato hubiera querido ser una suerte de discípulo argentino del gran Hedor Dostoievski, pero sus lecturas privilegiaron a Melville, Poe, Conrad, Stevenson, London… (sentía una fascinación particular por Madame Bovary, de Flaubert). Y así quedó siempre, a medio camino entre la tortura interior rusa y las aventuras americanas o inglesas. Fue amado por los jóvenes: lo estimaban un escritor a la manera de Hermann Hesse. Fuera de los círculos literarios, donde era deliberadamente ignorado cuando no explícitamente aborrecido, Sabato era para el hombre de la calle la imagen misma del intelectual comprometido con lo social. En el ámbito del gran público poco preocupaban las frecuentes desprolijidades de su prosa o sus enfáticas aseveraciones sobre el hombre y sus contradicciones.
 
LA POLÍTICA Y LA FE RELIGIOSA
 
En juventud fue militante comunista pero luego abandonó el marxismo, escandalizado por la violencia estalinista y la incoherencia arrogante de muchos dirigentes europeos occidentales.
 
Tuvo en los años de la dictadura militar argentina (1976-1983) una postura que él llamó “de resistencia”. En efecto, el presidente argentino Raúl Alfonsín le confió en 1984 la presidencia de la CONADEP (Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas) que llevaría a juicio y condena a las juntas militares, una osada valentía cívica impensable en ese momento.
 
Fue un intelectual allegado afectivamente a los artistas surrealistas y a los pensadores existencialistas franceses (mantuvo con Jean Paul Sartre una relación de odio-amor), pero nunca abandonó la búsqueda de un sentido de la existencia. Ya en la madurez comenzó a definirse como un anarco-cristiano. En diciembre de 1990, recibió en secreto el sacramento del matrimonio con su mujer, Matilde Kusminsky Richter (siete años menor que él y que murió en 1998). En su juventud, a los 17 años, Matilde, estudiante de ingeniería, había abandonado a su familia para huir con Ernesto, su joven profesor de marxismo.
 
Sabato nunca dejaba de contestar a las innumerables cartas que recibía, sobre todo de jóvenes estudiantes o escritores. También yo fui favorecido con la sobria generosidad de sus misivas. Lejos del país, recibía atenta respuesta a mis líneas. Las suyas eran lacónicas, breves, llenas de pesadumbre ante el destino apocalíptico de la humanidad. Recuerdo que una vez, sorprendido, recibí una breve carta de un Sabato feliz: me contaba que releía a menudo el evangelio de Juan y que acababan de casarlo por la Iglesia dos obispos católicos a quienes apreciaba —Justo Laguna y Jorge Casaretto—, en su casa de Santos Lugares (no hubiera podido elegir mejor el nombre de la localidad donde vivir… y morir). Era la carta de un hombre atormentado, curiosamente, en paz. Me solicitaba discreción sobre el espinoso asunto que otros no hubieran comprendido.
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José M. Poirier. Director de revista Criterio, www.revistacriterio.com.ar

 
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