|
|
Si bien muchos coincidirán en que la novela de Dan Brown y el film de Ron Howard no constituyen un verdadero fenómeno cultural, debemos admitir que su repercusión mediática y social es arrolladora
José María Poirier
|
José María Poirier
El revés de la trama
Buenos Aires - Cuando un fenómeno masivo alcanza las dimensiones de
El código Da Vinci es prácticamente indiferente hablar sobre él o callar, porque todo suma. Si se calla porque se otorga, si se habla porque se le da más importancia aún. Queda demostrado que frente a un caso como éste, las opiniones de críticos literarios y cinematográficos, la opinión de historiadores y religiosos… cuenta muy poco. El público masivo, así como compró y gustó de la novela, va febrilmente a las salas cinematográficas. ¿Por qué? Acaso lo explicaría mejor un entendido en marketing. Muy probablemente ni la novela de Brown ni la película de Howard marcarán la historia de la literatura contemporánea o del cine. Sin embargo, los críticos -entre los que me incluyo consciente de mis límites- insistimos en señalar exageradamente los defectos de una y otra, sin preguntarnos demasiado sobre el por qué del éxito. Y conviene anotar que, por más que las dos obras en cuestión no aporten mucho en lo artístico y en lo histórico, tienen cierto atractivo suspenso y no son ciertamente lo peor que nos tocó leer o ver en pantalla. ¿Qué puede decirse sobre
El código Da Vinci que no haya sido dicho ya? Muy poco.
La historia como sospechaSi algo subyace claramente en esta ficción es la antigua y siempre vigente sospecha de que la historia, tal como nos ha sido referida, es sólo una pantalla que cubre la verdad. ¿Dónde está la verdad? Detrás de esa cortina, escondida, y necesitamos una clave y una brújula para descubrirla. El eterno encanto de la literatura policial o de la novela de tesis.En este caso, la aparente verdad es la que predica el cristianismo (en especial la Iglesia católica, para Dan Brown); la clave es precisamente el código Da Vinci (¡pobre Leonardo!); y además hay peligrosos enemigos que harán de todo para impedirnos llegar al revés de la trama (los miembros del Opus Dei).Llegados a este punto, todo enriquece el guiso: desde los Templarios hasta las Cruzadas y, sobre todo, el misterio del grial-María Magdalena. En toda la literatura medieval el tema de la búsqueda del Santo Cáliz, donde Jesús habría convertido el vino en su sangre durante la Última Cena, es un punto central. También lo son los requisitos de caballeros que juegan su vida por encontrarlo y los de sus prometidas doncellas. Algo así como hablar de unicornios y dragones.Si, además, sumamos a los cuatro evangelios canónicos (los tres sinópticos y el de Juan) los numerosos fragmentos de los evangelios llamados apócrifos, el universo de la narración alcanza complejidades infinitas. Jorge Luis Borges conocía bien las bondades literarias y las repercusiones hipotéticamente teológicas de ciertos textos que supo utilizar con maestría. El “caso Judas” plantea, desde siempre, apasionantes debates sobre dónde se conjugan libre albedrío y plan divino. Volviendo a Borges, conviene recordar sus “Tres versiones de Judas” en
Ficciones: “Para salvarnos, pudo elegir
cualquiera de los destinos que traman la perpleja red de la historia; pudo ser Alejandro o Pitágoras o Rurik o Jesús; eligió un ínfimo destino: fue Judas”. El escritor griego Nikos Kazantzakis (1882-1957) también se sintió profundamente atraído por la relación entre Jesús y María Magdalena. Pero volveremos sobre el tema más adelante.
¿Una sospecha ignorante?Tres materias parecen constituir el terror de los jóvenes que pretenden seguir estudios universitarios: matemáticas, lengua e historia. El lector convendrá conmigo en que el problema no es menor, ya que compromete la capacidad de abstracción, de expresión y de contextualización. Algo así como estar parado en la nada durante una noche cerrada. Desde hace años la historia ha caído en desgracia. Primero fueron ciertos revisionismos y hoy las infinitas versiones paralelas o antagónicas de lo que se denomina sin más “la historia oficial”. Cuando hay una historia canónica, caben ciertas sospechas y reformulaciones. Pero cuando ya no hay canon, ¿qué explica la sospecha? Y aún más: ¿de qué se sospecha?El polémico crítico norteamericano Harold Bloom se sintió en la obligación moral de escribir un canon de la literatura occidental, atormentado por pertenecer a una generación que había acabado con todas las categorías canónicas. Ante la feroz ignorancia de muchos de sus alumnos, no sin arbitrariedad decidió componer un canon personal. Era una manera de decir: estas obras y estos autores son importantes, son mayores, son referenciales. Es mentira que todo da lo mismo. Y para colmo de males, como advertía un agudo docente argentino de la primera mitad del siglo XX: “No hay tiempo para leerlo todo, de manera que hay que saber elegir”.Ante la ausencia de cánones, criterios, jerarquías y versiones autorizadas, la historia se convirtió en un motín de saqueo. No queremos poner ejemplos argentinos contemporáneos, pero sobran. Al concluir la función de la película de Ron Howard, tuve ocasión de oír las más inverosímiles versiones –a veces en forma de juicio taxativo- sobre templarios, dogmas, sagradas escrituras, historia del papado y razones en pro y en contra de la existencia histórica de Jesucristo o de los más variados concilios.
Historia de un film imposibleEl siempre inexpresivo Tom Hanks y la bella Audrey Tautou corren desesperadamente por el museo del Louvre y por las calles de París y de Londres, siempre perseguidos por asesinos y policías, al tiempo que tratan de descifrar los signos que revelen la verdad de la historia. Ninguno de los dos parece saber muy bien qué hacer con sus respectivos papeles. Quizás uno de los momentos más simpáticos de la película es cuando la protagonista, con una pizca de ironía, al constatar que no puede caminar sobre las aguas, agrega que quizás le vaya mejor con el vino (haciendo alusión al milagro de las Bodas de Caná).Ella sería, inexplicablemente, descendiente directa de la estirpe real judía que parte del matrimonio entre Jesús y María Magdalena. Ni siquiera la pirámide de cristal en el ingreso del Louvre puede develarnos el secreto.El mayor mérito y, al mismo tiempo, el mayor inconveniente de la película es su férrea literalidad con respecto a la novela. Dicen que Dan Brown quería repetir el éxito del libro. Y no se equivocaba.Salvo notables excepciones, como por ejemplo la estupenda versión de Ermanno Olmi sobre
La leyenda del santo bebedor de Joseph Roth, la narración novelística y la fílmica recorren caminos marcadamente disímiles. El
Código Da Vinci, como novela y como film, agrega poco y nada a la relación entre literatura o cine y religión o espiritualidad. Baste pensar autores como Graham Greene o Georges Bernanos, o a cineastas como Robert Bresson, Ingmar Bergman, Manoel de Oliveira, Pier Paolo Pasolini o Luis Buñuel. Por sólo nombrar algunos.
Un problema teológicoComo bien señala en el último número de la revista “Criterio” el biblista Ariel Álvarez Valdés, demasiada gente está dispuesta a creer en lo que cuenta
El código Da Vinci. A este propósito, recuerda la célebre novela de Kazantzakis
La última tentación de Cristo (llevada al cine con menos fortuna), a la que hacíamos referencia más arriba. Explica con erudición el conflicto entre los gnósticos y la iglesia jerárquica, entre “Pedro” y “Magdalena”; así como las versiones del evangelio de María y el de Felipe, arbitrariamente citados e interpretados por Dan Brown. Luego de considerar las costumbres de época y las distintas fuentes, Álvarez Valdés concluye afirmando que, contrariando incluso la mentalidad de su época, Jesús no se casó porque sabía que era un “maestro especial, que había venido para anunciar algo que nunca antes ningún profeta había anunciado: la llegada del Reino”. A esa tarea consagró todo su tiempo y sus fuerzas, y a sus seguidores les pidió que lo abandonaran todo, tal como refiere el evangelio de Lucas. Muy probablemente
El código Da Vinci siga dando que hablar. Hasta hay quien busca el santo grial en la patagonia. Pero, como sucedió antes con
La Pasión de Mel Gibson (film antagónico pero igualmente menor) las generaciones guardarán poca memoria del acontecimiento.
__________________
José María PoirierDirector Revista CristerioArgentina .