¿Por qué un país que hace gala de sus exitosos resultados macroeconómicos elige un cambio de dirección? Este parece ser un ejemplo de cómo el solo crecimiento no basta, si no beneficia a las mayorías y no va a acompañado de un buen desarrollo político institucional.
Cristóbal Emilfork D., S.J.

Lima / Política – ¿Ollanta o Keiko?... El pueblo peruano se enfrentará a una difícil disyuntiva el 5 de junio cuando dirima quién dirigirá los destinos del país hasta el año 2016: un ex-militar nacionalista que se ha querido desvincular del chavismo que antes lo caracterizaba, o la hija de un ex-presidente detenido por homicidio, que ha hecho lo propio, distanciándose de la corrupción y las violaciones a los derechos humanos registradas bajo el Gobierno de su padre.
 
¿Qué llevó a este escenario a Perú? ¿Qué mensaje envía el electorado al sistema político de nuestro vecino del norte?
 
UN PUNTO DE INFLEXIÓN
 
Caminar por las calles limeñas es exponerse a un permanente concierto de bocinazos. Despiertan antes de que salga el sol y campean todo el día, en todas partes, pareciendo pelearse por un trofeo invisible, una competencia que los nueve millones de limeños ya han olvidado y que solo parecen notar quienes recién llegan a la ciudad.
 
Como esas andanadas sonoras, peleándose a gritos por imponerse, las diez candidaturas a la presidencia del Perú lo dieron todo en la campaña cuya primera parte concluyó el pasado domingo 10 de abril. Los ataques personales fueron cosa cotidiana. Sus avisos publicitarios se escuchaban en todo momento y en todas partes. Sus carteles se disputaban ferozmente el espacio ante una ciudadanía acostumbrada a la invasión de rostros y promesas de cartón. Como las bocinas. Simplemente, eran parte del paisaje.
 
Un paisaje que vivió un verdadero punto de inflexión el día de los comicios. Cerca de veinte de los casi treinta millones de peruanos votaron por el próximo presidente y para renovar los ciento treinta “curules” del Congreso unicameral y los cinco sillones del Parlamento Andino. Toda la atención estaba puesta en las presidenciales: cinco opciones con posibilidades serias de triunfo, cinco formas de ver el futuro del país, aunque dos de ellas con propuestas que prometían un cambio de enfoque… Precisamente, las dos alternativas que el próximo 5 de junio disputarán el balotaje que proclamará al próximo presidente de Perú: Ollanta Humala o Keiko Fujimori.
 
Tras el intento fallido de 2006, Humala se presentó esta vez como una versión 2.0, más edulcorada que hace cinco años, cuando su antichilenismo era evidente, y su cercanía a Hugo Chávez y su amor estatizante hacían temblar a los peruanos defensores del modelo económico de libre mercado impulsado en los años noventa por Alberto Fujimori (1990- 2000), y continuado luego por Alejandro Toledo (2001-2006) y Alan García (2006-2011). La camisa roja se cambió por una azul y su campaña se desentendió de viejas amistades para dar paso a un discurso más moderado, sin por ello apartarse de su enfoque nacionalista, su énfasis en las políticas redistributivas y su interés en que el Estado recupere ámbitos de acción actualmente en manos del mercado.
 
La “K” y el naranja de Keiko parecía gozar del don de la ubicuidad. Con una campaña inteligente logró vincularse a los que, según la candidata, eran los principales éxitos del Gobierno de su padre: la derrota del terrorismo, la estabilización económica y la realización de grandes obras de infraestructura y servicios. Por el contrario, logró distanciarse de la rampante corrupción, las violaciones a los derechos humanos y la política clientelista, identificadas como las prácticas políticas más comunes durante aquella administración presidencial.
 
Con esfuerzos sobrehumanos por parecer más cercano, Pedro Pablo Kuczynski, el ex-ministro de Economía y Finanzas de Toledo, había aumentado su intención de voto a un 15% en solo dos meses y se encumbraba, peleando el segundo lugar con Fujimori. Prometía un manejo económico serio con un fuerte acento en el mercado, que garantizaría —señalaba— la consolidación del desarrollo para Perú. Junto a Toledo y al ex-alcalde de Lima, Luis Castañeda, la suya era una de las tres candidaturas “continuistas” del modelo.
 
El partido gobernante, el APRA, de García, extremadamente debilitado por peleas internas, no presentaba candidaturas al fin de la contienda electoral. La que había sido su carta, la independiente exministra de Economía y Finanzas, Mercedes Aráoz, había renunciado a su postulación en enero de este año, en medio de un partido cada vez más quebrado.
 
Y en ese escenario el electorado se pronunció, otorgando las dos primeras mayorías a Ollanta Humala (31,7%) y Keiko Fujimori (23,5%); y dejando a Pedro Pablo Kuczynski (18,5%) en tercer lugar (1).
 
TRIUNFAN LOS IGNORADOS
 
“No fue el triunfo de los ignorantes, sino el de los ignorados”, afirma tajante Luis Freire, intelectual y escritor peruano, respecto del resultado de los comicios. Cuando comenzaba a vislumbrarse el paso de Fujimori y Humala a la segunda vuelta, muchos se preguntaban cómo los peruanos habían optado por las candidaturas más “riesgosas” para tomar las riendas del país. Se hacía realidad el negro vaticinio de Mario Vargas Llosa, quien en las semanas previas a los comicios se negaba a creer en la “insensatez” del pueblo peruano, asegurando que si estos candidatos pasaran al balotaje sería como “escoger entre el cáncer y el sida”.
 
¿Por qué un país que en estos días hace gala de sus exitosos resultados macroeconómicos, y con perspectivas todavía más auspiciosas, elige un cambio de dirección?
 
Las cifras macroeconómicas oficiales del período 2004-2009 avalan una muy buena evaluación del país. La tasa de pobreza disminuyó catorce puntos porcentuales, pasando del 48,6% al 34,8% de la población. La pobreza extrema bajó del 17,1% al 11,5%. El total de hogares del quintil E se redujo de 19,4% a 13,7%, aumentando sus ingresos en un 84% entre el 2003 y el 2009. Una inflación de 2,08% en 2010, un desempleo de un solo dígito —en torno a un 9,5%— y una baja calificación de riesgo para los inversionistas extranjeros, parecían ratificar que se había llegado a un consenso sobre cómo buscar el bienestar de todos los peruanos.
 
Pero al parecer no de todos. “La política del chorreo de Toledo nunca fue cierta”, asegura uno de los miles de taxistas limeños que declara, con orgullo, su adhesión al “comandante” Humala. Para él, son esas cifras aparentemente exitosas las que provocan una suerte de resentimiento, porque los beneficios no han llegado a todos. Al menos, no de forma equitativa.
 
Las quejas de grandes sectores de la población con respecto a que no perciben mejoras sustantivas tienen un correlato directo con la forma de gobernar del presidente García. Esto es claro para Jorge Aragón, cientista político de la universidad Antonio Ruiz de Montoya: “Claramente, el Gobierno ha desestimado un importante factor simbólico: su estilo no ha mostrado preocupación ni apertura. Con ese estigma de que ‘el que protesta es un egoísta porque no quiere que el Perú avance’, ha desconocido las razones de la protesta social. Es un Gobierno insensible, soberbio, lo que sin duda ha exacerbado el voto de descontento”.
 
Los candidatos más afines al modelo consiguieron más apoyo en Lima y en la costa peruana: estos son tradicionalmente los sectores con mejores niveles de vida. Por el contrario, el apoyo de Humala fue mayoritario en la sierra y el sur, y Fujimori concitó gran votación en el extremo norte.
 
Para los analistas, el descrédito de la política del país fue un factor significativo en el apoyo a las candidaturas que se presentaban como alternativas al sistema imperante. Parte de la campaña de Kuczynski, por ejemplo, se sustentaba en afirmar que él no era político, sino profesional. “Es una clara muestra del interés por desembarazarse de una política tradicional que no ha sabido escuchar”, asegura el filósofo político Gonzalo Gamio.
 
LAS HUELLAS DEL AUTORITARISMO
 
Algo que ciertamente parece comprobable tras los resultados de los comicios es la volatilidad del electorado peruano. Es una característica que, para el cientista político Jorge Aragón, tiene relación directa con el sistema de partidos: “La naturaleza de los partidos es lo que explica que los electores hoy ‘estén sueltos’”. Son colectividades instrumentales que se arman y desarman conforme las elecciones de cada año y que, por lo general, terminan enormemente debilitados tras ser Gobierno. Es una característica bastante evidente de los últimos años y en esta elección también se manifestó. El APRA solo obtuvo cuatro de los ciento treinta “curules” (cupos) en el Congreso. Un electorado definido como “pasional” queda, por tanto, a disposición de las “ofertas de último minuto”.
 
Sin embargo, para Aragón, el problema de fondo no es que Fujimori y Humala estén disputándose la presidencia del país, como muchos aseguran: “El problema es que esto haya pasado en un sistema político débil. Aquí gran cantidad de actores tienen una relación ambivalente con el juego democrático”.
 
Millones de peruanos se resisten a olvidar los años de Fujimori, con prácticas de corrupción institucionalizadas y políticas reñidas con el respeto a los derechos humanos. Por otra parte, el apoyo de Humala al “andahuaylazo” —el levantamiento dirigido por su hermano Antauro contra Toledo en enero de 2005, que culminó con cuatro policías muertos— hace a muchos desconfiar de las credenciales democráticas de los candidatos.
 
Por otra parte, Steven Levistsky, profesor de la Universidad de Harvard y visitante en la Católica del Perú, aseguró en un artículo que “se puede tener dudas de Humala, pero de Keiko (Fujimori) tenemos pruebas”.
 
“El escenario en el que hoy nos encontramos es un claro ejemplo de la poderosa cultura autoritaria del Perú”, asegura Gamio. Es una cultura que, para este filósofo, encontró un nuevo exponente con Fujimori, ejemplo del “autoritarismo cívico-militar”. “Todavía nuestros gobiernos democráticos son pocos y breves (…). El problema es que no hemos sabido proyectar la democracia a los sectores más populares y, además, a la clase política no parece interesarle la práctica de la democracia interna”, afirma, categórico.
 
Al día siguiente de los comicios, las redes sociales se llenaron de comentarios racistas contra aquellos que habían votado por las candidaturas que pasaron al balotaje. Tratándolos de ignorantes, analfabetos o indios, los cibernautas auguraban un negro destino para el país. Comentarios que Aragón critica: “No hay que ser injustos, el electorado ha manifestado un voto propositivo que habla de la necesidad de cambio. Y las dos candidaturas reflejan una búsqueda de una alternativa política que muestre que deben llegar los beneficios a la gente. Es un pedido de ajuste”.
 
CONSTRUYENDO EL VERDADERO NOSOTROS
 
Son varios los retos obvios para la próxima administración. La distribución de la riqueza y el afianzamiento de las instituciones democráticas están entre los principales. Gamio agrega el objetivo de asumir la tarea de la justicia transicional y su correlato con el respeto a los derechos humanos, como consecuencia del período de violencia política que vivió Perú hasta mediados de los noventa. Para Aragón, el rol que puede jugar el Congreso es fundamental: “Frente a este escenario de preocupación, hay posibilidades. El Congreso ha quedado también dividido políticamente. Será, por tanto, indispensable un tipo de acuerdo para garantizar la gobernabilidad del país”.
 
Fujimori y Humala, en esta nueva fase de campaña, parecen marchar en esta misma línea. El voto moderado —dividido en tres opciones durante la pasada elección— representa cerca del 45% de los electores y los candidatos deberán hacer lo posible por ganar sus simpatías.
 
“Los momentos de crecimiento económico son momentos de desborde de expectativas y, por tanto, en ellos sube la conflictividad no porque se está mal, sino porque podríamos estar mucho mejor”, asegura Juan Fernando Vega, sociólogo de la Universidad Católica de Perú.
 
Ese potencial de conflictividad debe ser cuidadosamente manejado por los candidatos en aras de la estabilización de la sociedad peruana, asegura Vega. Para ello, se hace fundamental la consolidación de un sistema político que haga de la construcción de una noción de bien común su principal fuente de preocupación, más aún en una cultura autoritaria “que no es actual, sino que arrastramos desde la época incaica”, asegura el sociólogo.
 
“Los quechuas tienen dos formas de decir ‘nosotros’. Una es nocanchis, que significa un nosotros inclusivo, un ‘nosotros contigo’. El otro es nocaicu, que quiere decir ‘nosotros sin ti’, un nosotros excluyente. Fujimori y Humala han construido un nocaicu, grupos pequeñitos de gente, que se reconocen solo entre ellos. Ahora deben pasar a ese otro nosotros, inclusivo, que incorpore a todos”, afirma Vega. Y añade: “Pensaba que veníamos construyendo un interés general. Ojalá hayamos aprendido y ahora marchemos a construir ese nocanchis, que es un verdadero nosotros, no un nosotros de grupo. Finalmente, ahí está la apuesta de todo esto: saber convivir”.
 
(1) Cifras entregadas al cierre de esta edición de Mensaje por la Oficina Nacional de Procesos Electorales, ONPE, con el 99,796% de las actas de votación contabilizadas.
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Cristóbal Emilfork D., S.J. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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