La prohibición en Francia de que las mujeres usen el burka (velo musulmán) en la vía pública se hace en nombre de una “neutralidad moral” que es claramente discutible.
Verónica Cano Christiny

Santiago / Temas – El burka es una prenda de origen afgano que cubre el rostro de la mujer musulmana con un gran velo, dejando solo una abertura para los ojos. Antiguamente, tenía la función práctica de proteger a las mujeres y su identidad, defendiéndolas de los secuestros que podrían sufrir cuando estaban en edad de procrear. Hoy para los musulmanes es más bien una manifestación de su tradición cultural y religiosidad.
 
Para Occidente, sin embargo, adquiere otros significados, pues es considerado tanto un atentado en contra de la libertad de la mujer como una amenaza a los valores laicos de las sociedades.
 
Existen dos niveles en el debate sobre el uso del burka. En primer lugar, la discusión está centrada en la defensa de la libertad. Mientras en territorio occidental tal atuendo puede representar una restricción a la libertad de las mujeres, para el Islam el uso de este es precisamente una expresión de libertad; es una manifestación de la opción religiosa individual. En segundo lugar, la discusión se enmarca en cómo integrar el Islam (y otras religiones) a las sociedades de Occidente, considerando los modelos de integración que se proponen para los inmigrantes y su religión.
 
En ambos niveles de discusión existen conceptos contrapuestos —libertad de la mujer/libertad de expresión de la opción religiosa, y laicismo/religión— que luchan por manifestarse en la sociedad. Entre ambas concepciones existe efectivamente una pugna, que da cuenta de la falta de un diálogo profundo que ayude a la coexistencia en la diversidad, con tolerancia y respeto.
 
En la díada libertad de la mujer / libertad de expresión, la libertad es entendida en Occidente como un valor inherente a la expresión humana y de la mujer. Según esto, con la prohibición del burka los franceses estarían haciendo un bien a las mujeres, pues estarían liberándolas de una opresión que han debido aceptar por su cultura y religión. Esta prohibición sería entonces un acto de heroísmo y respeto a su dignidad. El presidente francés Nicolás Sarkozy ha señalado que este no es un tema religioso, sino un problema acerca de la libertad y dignidad de la mujer; el burka no sería un signo religioso, sino más bien uno de servidumbre (1).
 
Pero, si observamos este debate desde la perspectiva de las mujeres musulmanas, podemos encontrarnos con dos actitudes diferentes. Por una parte, estarían las que podrían querer quitarse el burka por creer que este significa un acto de opresión hacia su ser mujer, coincidiendo así con la mirada de Occidente. Sin embargo, si todas estas mujeres usaran el burka por obligación, sabiendo que ello significa un acto de opresión hacia su libertad, esta discusión no tendría sustento y la señalada prohibición no sería controvertida. Pero el punto clave es que existe otro grupo de mujeres que usan el burka como genuina parte de la manifestación de su religión. Para ellas no hay en él un símbolo de opresión, de manera que quitarles esta forma de expresión de su religiosidad es ir en contra de su libertad de expresión. Abogar por la libertad en este caso sería dejar que las mujeres se expresen como lo deseen, teniendo la posibilidad de usar o no usar el burka, según el nivel de apego y significación que ellas tengan con este símbolo.
 
LAICISMO O RELIGIÓN
 
En tanto, la díada laicismo / religión que mantiene el argumento galo de prohibición del burka, también tiene sus contradicciones. En el modelo francés republicano, el ciudadano está dotado de igualdad ante la ley para participar en la vida pública y, por ello, la religión y sus manifestaciones específicas estarían en el ámbito de lo privado al no coincidir con el ideal republicano. Esto tiene que ver con la apuesta por el laicismo francés, cuyo modelo de integración cultural es de tipo asimilacionista. Es decir, es un esquema de integración con una inevitable invisibilidad de las diferencias en lo público, para poder mantener lo francés. El burka, en esta perspectiva, sería un elemento disruptor de esa identidad francesa; por tanto, debería ser prohibido.
 
Para contextualizar, señalemos que el laicismo francés tiene sus fundamentos en una ley de 1905 que postula la separación de la Iglesia y el Estado. Esta norma no pretende —en un espíritu de neutralidad que se dice que está solo guiado por el derecho natural— impedir ni imponer una religión particular, pero concede al ciudadano el derecho a practicar una religión. Ya en el primer artículo de su Constitución de 1958, Francia se define como “una república indivisible, laica, democrática y social”. La religión, en consecuencia, está relegada al ámbito privado y no debería interferir en los asuntos públicos. Esta república laica propone construir y mantener un Estado sin Dios, que es neutral teológicamente y que, por tanto, no privilegia un credo más que otro, ni rechaza uno más que otro.
 
Pero la neutralidad moral en la tradición política que predican algunos modelos de ciudadanía, como el francés y otros de corte liberal, es claramente discutible. En sus fundamentos contienen tradiciones culturales y morales particulares: el laicismo y el individualismo. Estas no podrían estar por sobre otras tradiciones culturales; en su supuesta neutralidad esconden las implicancias que tienen sus modelos para la convivencia ciudadana.
 
En el caso del laicismo francés, evitar la manifestación de la religiosidad es, en cierto modo, imponer un ateismo encubierto y de ninguna manera significa respetar las diferentes religiones. La religión no es solo parte del ámbito privado, pese a que es una opción personal preferencial de ciertos individuos. Ella tiene además un carácter público ya que es compartida por una comunidad y, por ende, genera efectos sobre el comportamiento en la vida cotidiana y en el ámbito político. Relegarla exclusivamente a lo privado es no hacerse cargo de un ámbito de la realidad social con indiscutibles efectos en la conformación y desarrollo de la ciudadanía.
 
El burka es un elemento que otorga identidad a quienes lo usan, ya que su uso es fruto de una imitación e identificación social que da sentido en la autoconstrucción del sí mismo. Responde a una tradición que da sentido. Pero, al entrar en contacto con una sociedad en la que no es parte de las tradiciones que conforman la identidad ciudadana, resulta un elemento más difícil de adaptar que otros rasgos de identidad. El burka no puede esconderse. Es un signo que remite a aspectos de la religiosidad que son importantes para quienes lo usan; es vinculante con la cultura en la que tiene sentido.
 
Uno de los argumentos aceptables en el debate sobre la prohibición del burka se relaciona con el tema de la seguridad debido a podría vincularse a acciones de suplantación de identidad u ocultamiento. Impide a las personas que lo usan afirmar que son ellas y no otras. Si el motivo de la restricción de su uso fuese únicamente ese, la regulación se acotaría a los momentos en que la persona debiese identificarse y no habría, quizás, polémica. Sin embargo, la discusión va más allá porque se enmarca en una ley de laicidad que prohíbe en virtud de ser una manifestación de religiosidad, no de mantenimiento de orden público.
 
Por otra parte, el problema francés de integración desde la laicidad no solo tiene que ver con la prohibición del burka en los espacios públicos. Se relaciona también con el modelo de laicidad que se propone traspasar e imponer en las escuelas. En algunas de ellas, por ejemplo, se prohíbe además todos los símbolos religiosos “ostensibles”, como el hiyab musulmán, la fipá judía, el turbante sikh y las grandes cruces cristianas; todo esto, con el objetivo de proteger a los menores de presiones externas (2).
 
Sin embargo, la intención de neutralidad que fundamenta esta construcción del laicismo anula aquella parte de la identidad privada del sujeto que se hace pública con estas manifestaciones. Estos signos son usados en representación de una tradición cultural que da sentido y que, por tanto, no constituyen una presión para quien lo usa (aunque sí pueda significarlo en algunos casos). Hay que tener en cuenta también que los padres tienen la libertad de elegir la educación que quieren dar a sus hijos (en el amplio sentido). En definitiva, cuando discutimos sobre los mejores modelos para la integración de los migrantes, no hacernos cargo de la importancia de la religión en la construcción de la identidad es negar parte fundamental de lo que ellos son. Implica, a su vez, exponerse al fracaso del modelo de integración. Siguiendo las premisas de no imposición religiosa, no debería obligarse al creyente a manifestarse como ateo. Prohibir el burka sería, desde los preceptos del laicismo, un hecho que va en contra de sí mismo porque esta ropa está indisolublemente unida a la religiosidad que se profesa. Su prohibición para la persona que lo usa significa un signo de atentado contra su fe, representa una imposición, en este caso no religiosa.
 
No todas las religiones alienan a las personas. Estos signos ostensibles son parte de la libertad —la misma que defienden los franceses— de poder manifestar su religión en formas que no atenten con la vida de las personas y que persigan el bien por el cual se adhieren.
 
A este respecto, es útil recordar una cita: “La realidad islámica es, al igual que la occidental, amplia, compleja y polimórfica; no podemos enmarcar a los hijos de la inmigración musulmana, ni tampoco a sus padres, dentro de un escenario conservador e invariable en el que las posibilidades de un diálogo para el intercambio resultan imposibles” (3).
 
La salida neutral que se da para la convivencia entre todos mediante la eliminación de las diferencias en el ámbito público, no hace sino alienar lo público de lo privado, no hace sino alienar la propia identidad, muy por el contrario de lo que se cree lograr.
 
Respetar la libertad de creencia es respetar los derechos humanos. Atender a las diferencias desde lo laico a lo religioso, significa entrar en un diálogo con respeto a la libertad sin imposición de la verdad. El prohibir lo religioso en lo público, reprimiendo manifestaciones de este tipo de signos, no va a impedir que se manifieste lo religioso en la forma de ser y de actuar en la vida pública. La laicidad como moral amoral llevada al extremo de imponerlo como la única vía republicana, es una forma de autoritarismo radicalizado que no logra entender aún el sentido de lo humano, que en muchos casos necesita la religión como guía o fundamento.
 
El papa Benedicto XVI, en su visita a Francia en 2008, dijo que “sería fatal si la cultura europea de hoy llegase a entender la libertad solo como la falta total de vínculos y con esto favoreciese inevitablemente el fanatismo y la arbitrariedad” (4). Pensar en que todos somos iguales en cultura implica inevitablemente la discriminación de quienes son diferentes. Los musulmanes tienen tanto derecho como los cristianos de manifestar públicamente sus fiestas y símbolos religiosos. Un Estado francés que permite los árboles navideños en el espacio público no es consecuente cuando prohíbe otros símbolos religiosos por atentar contra el laicismo. Construir desde valores comunes es aceptar la posibilidad de construir un laicismo inclusivo que genere espacios de discusión, respeto y valoración de las diferentes culturas, tradiciones y sentidos que constituyen a las personas y sus comunidades. Dar espacio a valores universales en un mundo altamente comunicado implica replantearse lo que se entiende hoy por laicismo y dar un salto en profundidad para tratar estos temas. El laicismo puede ser una alternativa en la medida en que no aliene identidades y contenga valores universales inclusivos.
 
(1) El País 22 / 06 / 2009 (revisado el 25 abril 2010). Link
(3) Santibáñez, R. y Maiztegui, C. (eds.): Inmigración: Miradas y reflejos. Historias, identidades y claves de intervención social. Bilbao, Editorial Universidad de Deusto, 2006.
 

 

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Verónica Cano Christiny. Socióloga. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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