No se puede contraponer la Iglesia al mundo como dos realidades diferentes, como si Dios estuviera del lado de la Iglesia y la salvación del mundo dependiera de ella más que de Dios.
Jorge Costadoat, S.J.

Santiago / Religión – La Iglesia está en crisis. Lo ha dicho Benedicto XVI respecto de la Iglesia europea. Por su parte, nuestros obispos están preocupados por el catolicismo latinoamericano. Este estado de cosas nos preocupa mucho.
 
Distinguiré aquí entre una crisis “mayor” y una “pequeña”. La primera es la interrupción de la transmisión de la fe. La segunda ocupa un lugar importante en la anterior y atañe a la autoridad de la Jerarquía eclesial (obispos y sacerdotes). Pero, antes de una y de otra, es necesario ubicar los problemas en el horizonte más amplio de una “crisis global” de nuestras sociedades y culturas. Esta tiene muchos aspectos. Y varias tesis pueden disputarse el diagnóstico.
 
Una de ellas llama la atención sobre el triunfo arrollador del capitalismo materialista y la conversión de las personas en individuos libres en teoría y consumidores en la práctica. ¿Cómo vivir en un mundo tan nuevo, tan extraordinario en un sentido y tan desgarrador en otro? ¿Quién podría enseñarnos a vivir, si no nos enseña a aprender? ¿Cómo pudiéramos aprender, si las antiguas seguridades no convencen o se han convertido en verdaderos obstáculos para nuestra adaptación a esta etapa de la historia de la humanidad?
 
Valga este alto para no atribuir tan rápido las responsabilidades a la Iglesia. Hay un malestar hondo y difuso en la cultura, malestar de causas profundas. Estas interactúan, haciéndonos difícil ponerle nombre a lo que nos está pasando. El caso es que la Jerarquía eclesial, en su representación de la salud/salvación, se convierte en un blanco fácil de reclamos heterogéneos y de raíces no siempre conscientes. No obstante esto, es preciso indicar dónde detectamos los problemas en la Iglesia. No sería serio echarle simplemente la culpa a la época. Esta salida, aunque practicada, no lleva lejos.
 
CRISIS DE AUTORIDAD
 
La crisis “pequeña”, pero importante, porque agrava la dificultad para anunciar el evangelio, se manifiesta en una desafección con la autoridad eclesial.
 
Las instituciones y las autoridades, en estos tiempos nuestros de individualismo rampante, son objeto de desconfianza. Se las confronta con facilidad. Se les exige —por qué no— conocimientos, autenticidad y honestidad. De ellas se quiere argumentaciones convincentes, en especial cuando sacan la voz en el foro público. Pero sobre todo se espera de ellas protección, comprensión y cercanía que las personas no encuentran en otras partes y que, talvez, nunca lograrían encontrar en sus pastores en el grado en que lo necesitan. Vivimos tiempos de desorientación y desamparo.
 
De aquí que los abusos cometidos por sacerdotes contra menores y fieles inermes —atropellos que han sido mal encarados por los obispos, como el mismo Papa lo ha lamentado— han dañado profundamente el crédito que la autoridad necesita para cumplir su misión. Los jóvenes, que constituyen la generación a la que hay que transmitir la fe, están estremecidos. Los adultos están, unos, muy apenados; otros, simplemente enfurecidos, renuentes por completo a oír cualquier palabra que provenga del sector eclesiástico.
 
Pero se da, además, una “crisis mayor”. Pablo VI nos diría que se ha acentuado el divorcio entre fe y cultura. La cultura secular predominante está más inclinada a no creer que a creer en Dios. Ante los enormes cambios culturales, la labor teológicopastoral parece deficitaria. La argumentación eclesial no está llegando a la gente. El lenguaje melifluo de los pastores irrita a los fieles. La Iglesia no convence con sus enseñanzas a los “suyos” ni tampoco a los “otros” en cuestiones decisivas de la vida humana. No se descubre en ellas un mensaje evangélico, sino imperativos que no se logran entender.
 
La dificultad cultural para transmitir la fe, sumada al desprestigio de la autoridad eclesial, constituye un problema para el sacerdote, singularmente considerado. La inmensa mayoría del clero nada tiene que ver con la pedofilia. Los sacerdotes pueden tener otros problemas; sería iluso ignorarlo. Sea lo que sea, se ha instalado en su corazón una inseguridad que no proviene simplemente de ser indicados con el dedo. Ellos deben empatizar con sus contemporáneos, conectarse vitalmente con sus inquietudes, a riesgo de no tener nada evangélico que anunciarles. Por esto, tienen que mirarse a sí mismos con extrañeza. “¿Qué pensar de un varón que renuncia a la necesidad de satisfacción humana profunda que le puede ofrecer una mujer?”. “¿Qué podría yo enseñar?”. Por cierto, los sacerdotes no debieran dar a nadie pruebas de bondad y, en cualquier caso, bien pueden enseñar muchísimo cómo se ama de verdad. Sacerdotes buenos los hay a montones. Qué duda cabe. Pero, ¿cuántos podrán enfrentar esta desconfianza si, además, no logran reducir en sí mismos la distancia entre fe y cultura en tiempos de globalización, de cambios incesantes y a una velocidad vertiginosa?
 
SUPERACIÓN DE “LAS CRISIS”
 
La pregunta por el tipo de autoridad que ha de tener un obispo o un sacerdote, debe ser asumida en los seminarios. La crisis “pequeña” no es tan pequeña. ¿Cómo formar personas genuinas, veraces, hondamente humanas, con autoridad, pero no autoritarias? El sacramento del Orden que inviste a los ministros de poder para comunicar el evangelio debe ser otorgado con responsabilidad, so pena de acrecentar el descrédito de la Iglesia institucional. ¿Qué tipo de seminario capacitará a los seminaristas para atender los signos de los tiempos y en ellos discernir la buena noticia del Dios que no abandonará nunca la historia a su suerte? Nada se sacará con neutralizar a los seminaristas contra su propia humanidad. Pero tampoco será fácil exponerlos, sin más, a todos los vientos. Personas con el corazón y la mente abiertas a las vicisitudes de los varones y mujeres de hoy, conectados con ellos y requeridos de su cercanía, si no aman y son amados, si no reciben el respaldo de sus pares y la confianza de sus superiores, si no están convencidos de lo que enseñan, si no llegan a ser personas arraigadas en el Señor y no se apasionan por el evangelio, probablemente sucumbirán.
 
La crisis “mayor” tampoco tiene visos de pronta superación. Quienes no son cristianos no entienden nuestro mensaje. La transmisión misma de la fe de una generación de cristianos a la de sus propios hijos, se ha alterado. Esta crisis, a mi entender, solo puede ser encarada de acuerdo a las indicaciones fundamentales del Concilio Vaticano II. Su olvido, por el contrario, nos está conduciendo a una fragmentación y a sectarismos fundamentalistas que nada tienen que ver con una Iglesia que debe ser católica, es decir, universal.
 
A este respecto, un grave problema lo representa el pre-conciliarismo que marca la distinción entre el sacerdote y los laicos, y entre la Iglesia y el mundo. Este reaparece particularmente como una desconfianza profunda en los cambios culturales, en el atrincheramiento en posiciones doctrinales —cada vez más incomprensibles para los fieles— y en retrocesos litúrgicos. Esta verdadera claudicación del Vaticano II no tiene futuro, porque se aleja derechamente del dogma de la Encarnación de acuerdo al cual el Verbo se hizo “historia y cultura” (Benedicto XVI, en Aparecida). No se puede contraponer la Iglesia al mundo como dos realidades totalmente diferentes, como si Dios estuviera del lado de la Iglesia y como si la salvación del mundo dependiera de ella más que de Dios. No fue esto lo que quiso Juan XXIII, el papa que miró el mundo con amor. Ni él ni Pablo VI quisieron que el gran Concilio emitiera condena alguna. No condenaron la modernidad, como lo hicieron muchos de sus predecesores, sino que se esforzaron por comprenderla y dialogar con ella.
 
El Vaticano II funda una amistad entre Iglesia y mundo, cuyo fundamento ulterior es aquella mundanidad que emparenta a los católicos con los demás hombres, que los abre a reconocer la acción de Dios en unos y otros, y a acompañarse en la tarea de hacer la historia, compartiendo sus cargas. Botón de muestra de esta simpatía conciliar es la reforma litúrgica que impulsó. La misa hubo de celebrarse en lenguas vivas y el sacerdote debió encontrarse con el rostro de los fieles en torno a la mesa eucarística. La participación de todos fue el gran criterio de la reforma.
 
El Concilio Vaticano II comprende a la Iglesia como “sacramento” de Dios en un mundo que no se debe considerar extraño pues este mundo, en virtud de la Encarnación, es sacramento de Dios aun antes que la Iglesia misma. Con otra metáfora, el gran Concilio habla de la Iglesia como “Pueblo de Dios” que se encamina al Padre con otros pueblos, significando entre ellos la pasión del Cristo resucitado por toda la humanidad.
 
La transmisión de la fe se interrumpe. La renovación de la Iglesia dependerá a futuro de un “recomenzar desde Cristo” (Aparecida, 12), de una experiencia de encuentro con Cristo que hará de los discípulos, misioneros, y de los misioneros, discípulos. Sin una opción y elección por Cristo, no se dará la transmisión de un experiencia de Dios que habrá que comunicar a otros, pero que solo podrá ser tal si transforma a las personas y si es también un encuentro “comunitario” con el Señor (Aparecida, 11). Esta es, me parece, la condición última del traspaso del cristianismo a las generaciones siguientes. La superación de ambas crisis —por cierto, no asegurada— dependerá del cultivo de un amor de la Iglesia por el mundo, de comprender que no hay verdad que no sea “mundana” y que no hay “mundo” que Cristo no ame. Esto es precisamente lo que hace a la Iglesia más necesaria que nunca.
 
El Vaticano II sentó las bases de una Iglesia cercana y acompañante cuando subrayó la importancia del bautismo como principio de igualación fundamental entre quienes comparten el sacerdocio de Cristo. Todos los bautizados, con su amor y su dolor, expresan el sacrificio de Cristo. Y todos ellos, no por ser católicos sino por su amor a la humanidad, anticipan la hermandad que supera verticalismos y privilegios, y que acerca a los marginados, haciendo más horizontales las relaciones humanas e imponiendo al sacerdocio ministerial las coordenadas precisas de su necesidad, en el horizonte del sacerdocio común de los fieles.
 
“CONVERSIÓN” INSTITUCIONAL
 
“Can the Catholic Church save itself?”: Así tituló la revista Times su edición de abril de 2002. Entonces, lo mismo que hoy, lo que causaba escándalo no era solo el hecho de los abusos sexuales contra menores, sino también su encubrimiento. No pocos piensan que la superación de las crisis de la Iglesia dependerá en buena medida de una reforma institucional. Otros no ven cómo una institucionalidad tan antigua puede “salvarse a sí misma”.
 
Por cierto, nunca podrá la institucionalidad eclesial impulsar los cambios que requiere si el Espíritu no los gesta. Así lo creemos los cristianos. La institucionalidad en la Iglesia tiene una dimensión carismática. Pero, sin duda, hay formas más inspiradas que otras de organizar, ejercer y controlar el poder. La institucionalidad eclesiástica, por tanto, puede por sí misma ser evangélica y, de este modo, favorecer el testimonio que cada cristiano debe dar del evangelio. Si ella no lo hace, ha de ser modificada.
 
A este propósito, cabe considerar la posibilidad de dar un paso adelante. ¿No podría la Iglesia renovar su institucionalidad adoptando, no sin correcciones, los modelos que le ofrecen las instituciones modernas? En relación con la monarquía absoluta, podemos reconocer que la división de poderes de las democracias constitucionales conforma un signo de los tiempos que puede orientar a la Iglesia a encontrar una institucionalidad más acorde con la época. Muchos de los abusos lamentados estos años habrían podido descubrirse, juzgarse y castigarse si hubiera habido formas efectivas de fiscalización de las conductas de los sacerdotes y de los obispos. Muchas víctimas, asimismo, hubieran podido evitarse o ser asistidas sin demora.
 
Urge una conversión institucional. Nada impide, desde el punto de vista de la doctrina, que la Iglesia se deje enseñar por el aprendizaje que la humanidad ha hecho, a estas alturas de la historia, sobre las estructuras de gobierno que engrandecen la vida humana. Por el contrario, es obligatorio que el evangelio demuestre, personal y comunitariamente, toda su capacidad humanizadora.
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Jorge Costadoat, S.J. Teólogo. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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