No importa el destino, una mente abierta es fundamental para aprovechar al máximo cualquier compromiso voluntario.
Kerry Weber

New York / Religión – Seis años atrás, David Haeussler no tenía el más mínimo interés en viajar a El Salvador y quizás un poquito más de interés en la religión católica, de modo que cuando un aviso en el boletín de la parroquia hizo que su esposa Mónica se inscribiera para un viaje a El Salvador con el FIAT Volunteer Program, David se preocupó. Le preocupaba que el viaje no fuera seguro y le recomendó no viajar sola. Entonces Mónica lo invitó a que la acompañara.

“Me dije solo voy a ir a El Salvador, trabajo y regreso”, dice David. Pero no pasó mucho tiempo después que llegó al país para que cambiara sus planes. “Me enamoré de la gente” dice, “mi manera de ver las cosas no concordaba con la realidad. El viaje cambió la manera como veo la inmigración, el tercer mundo y los lazos que tenemos todos.”
 
El Programa de Voluntariado FIAT, a cargo de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, es una de las muchas organizaciones católicas que ofrecen viajes para llevar a cabo servicios de corto plazo a personas que quieren vivir su fe más allá de las fronteras de sus pueblos o ciudades. Según voluntourism.org, 4,7 millones de personas desde adolescentes hasta jubilados, combinaron los viajes con oportunidades de servicio en el 2007, un millón de los cuales viajaron al exterior. Entre ellos hay muchos católicos.
 
A pesar que los programas de corto plazo a veces son criticados porque se centran en la caridad en vez de la sustentabilidad, tanto los voluntarios como aquellos a quienes van a servir tienen efectos en el largo plazo. David, de 62 años, y Mónica, de 53, han regresado a El Salvador siete veces, y David ha comprometido la ayuda de organizaciones como Ingenieros Sin Fronteras y el Rotary Club para finalizar un proyecto de distribución de agua en un poblado, mientras que Mónica ha ayudado a recaudar fondos para un programa de almuerzos escolares para los niños, entre otros proyectos.
 
El potencial de crecimiento personal y espiritual incluso en viajes cortos es enorme, dice Gloria Patrone, O.S.B., directora de voluntariado de FIAT. La hermana Patrone dice que los voluntarios a menudo sienten que reciben más de lo que dan. “Ellos preguntan: ‘¿qué estamos haciendo acá?’ y yo les contesto ‘construyendo relaciones’. Las relaciones son la base de todo”.
 
Los potenciales voluntarios no necesitan salir de Estados Unidos para construir relaciones y dejar una huella. Anualmente, Nazareth Farm en Salem, W.Va. ofrece retiros de servicios que duran una semana para alrededor de 2.000 estudiantes de secundaria y universitarios. La hacienda, que tiene 31 años, también tiene semanas de retiro especiales para adultos y familias. Los voluntarios ayudan al personal de la hacienda en las reparaciones de las casas de las a menudo pobres comunidades rurales de los alrededores, y ayudan en las tareas de la hacienda. “Muchos de los niños jamás han hecho trabajo físico antes”, dice Jordan Schiele, un miembro del personal de la hacienda. “Hacer el trabajo y darse cuenta que tienen la capacidad para ello los impacta. A través del contacto con los dueños de casa y ver cómo esta gente vive, los voluntarios tienen una experiencia diferente de Dios.”
 
Dado que la mayoría de los programas de servicio de corto plazo disponen de tiempo para reflexión de grupo, los voluntarios tienen la posibilidad de alimentar su lado contemplativo. Las mujeres pueden buscar en las Benedictine Lay Volunteers (Voluntarias Benedictinas Laicas). Los de 18 años y más pueden tomar parte en la rutina de oración de la vida benedictina mientras hacen servicio en el Mother of God Monastery en Watertown, S.D. El tiempo y las áreas de servicio son flexibles –van desde enseñar inglés como segundo idioma, ayudar un día en el campamento en la reserva Crow Creek, que se encuentra cerca. “No se trata de una gran aventura en algún lugar lejano, a pesar que aquellas son maravillosas”; dice Rose Palm, O.S.B., directora de voluntariado. “Hay más momentos de tranquilidad espiritual porque está inmersa en nuestra vida diaria. A mucha de la gente que viene le gusta la idea de compartir la comunidad y las comidas y las oraciones con nosotros.”
 
Aquellos voluntarios que se interesan más por el lado político de la injusticia pueden considerar el Columban Volunteers, que ofrecen viajes de corto plazo a lugares como Perú o la frontera entre EE.UU. y México. Estos viajes se centran más en el entrenamiento del voluntario que en el servicio directo propiamente tal. “Es como un encuentro en una mesa, “dice Amy Woolam Echeverría, directora del Columban Center for Advocacy and Outreach. “Les damos a los voluntarios la oportunidad que escuchan a los necesitados relatar su situación y que entiendan las condiciones en las cuales viven.” El Columban Volunteer también hace un esfuerzo consciente para hacer un seguimiento con los participantes y alientan a los jóvenes participantes que hacen servicio en la frontera a que sigan prestando apoyo a través de pasantías en el Columban Center en Washington, D.C.
 
Cualquiera sea el destino, lo fundamental es mantener la mente abierta para aprovechar el compromiso del voluntariado al máximo, dice Mónica Haeussler. Ella está consciente que sus viajes a El Salvador pueden sonar exóticos, pero insiste en que no ella no es nadie especial. “Dave y yo no somos ningunos beatos”, dice riéndose. “Mucha gente cree que estos viajes son el equivalente religioso de los deportes extremos para los atletas, pero es algo que todo el mundo debiera hacer, al menos una vez.”
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Kerry Weber. Editor asociado de revista America. Publicado en America, www.americamagazine.org

 
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