En la encarnación, el Dios infinito agarró los confines de la carne y la historia en la forma de un siervo y nos mostró que el amor está más poderosamente presente en la auto-limitación voluntaria.
Kyle T. Kramer

New York / Religión – Cuando estaba creciendo tenía muchos amigos evangélicos que vivían preocupados por una inminente segunda venida de Cristo. Nunca pude enganchar con esa cosmovisión apocalíptica —creo que me preocupaba demasiado el vivir un momento de pánico al darme cuenta que los realmente fieles habían sido transportados y yo había sido dejado atrás—. No obstante, en el pasado Adviento nuevamente me encontré pensando en el futuro en términos escatológicos.

Es probable que el próximo par de décadas sea el Adviento de lo que el autor Richard Heiberg describe en su libro Peak Everything. En pocas palabras, esto significa que la creciente tasa de energía global promedio y la producción de recursos se nivelarán y empezarán a caer —quizás lentamente, quizás de manera precipitada—. En ambos casos, una población cada vez mayor se enfrentará a la escasez de energía barata y de recursos naturales, como también la posible reducción de la productividad agrícola y menor disponibilidad de agua fresca, entre otros cambios.
 
Más allá de la simple negación producto del desaliento o de la ignorancia deliberada, hay dos enfoques básicos en relación a un futuro con dichas limitaciones. El primero es de temeroso pesimismo, una mirada anti-utópica que considera que la disponibilidad de recursos y energía va cayendo en picada. Esto podría llevar a lo que llamo la “pesadilla republicana”: la aparición de regímenes centralizados, autoritarios, regímenes tipo Gran Hermano (o corporaciones), que imponen medidas draconianas a la ciudadanía y se involucran en guerras por el control de recursos que escasean. O podríamos tener la “pesadilla democrática”: una falla catastrófica de la economía, escasez dramática de comida y agua potable, y la desintegración del gobierno y la sociedad. Lo que sobreviva de la civilización lo hará a bordo de “botes salvavidas”: pequeños grupos de sobrevivientes en un mundo sin ley, similar a La carretera de Cormac McCarthy. En ambos casos: ¡uuuuuh!
 
Una actitud más optimista hacia un futuro con limitaciones admite que teniendo en cuenta nuestra falta de visión y del pecado, los humanos somos increíblemente adaptables. Hemos sobrevivido en casi cualquier parte de la tierra. Nos sobreponemos a los desastres, como hicieron los benedictinos después de la caída del Imperio Romano, cuando ayudaron a la reconstrucción de la base agrícola de Europa y conservó su patrimonio intelectual a través de la Alta Edad Media.
 
La adaptabilidad podría tomar la forma de una suave transición tecnológicamente verde, sin grandes trastornos económicos, políticos o climáticos. De alguna manera el ingenio científico encuentra medios alternativos para proveer un estilo de vida de primer mundo y suficiente energía, materias primas, agua, comida y fibras para nueve mil millones de habitantes. O, con algunos estorbos en el camino, tal vez la adaptabilidad podría significar un futuro donde menos-es-más. Lo “menos” de ese futuro probablemente llevaría a una reducción general de la producción económica global y del uso de energía, menos bienes materiales, menos facilidad para desplazarse y asentamientos más pequeños, menos centralizados. En el lado positivo, este futuro probablemente implique economías fuertes basadas en la información, servicios y agricultura en vez de manufactura. Podría resultar en trabajo más significativo, lazos más fuertes en las comunidades, estándares de vida más equitativos entre las naciones y (eso esperaríamos) mayor sensibilidad estética y espiritual.
 
¿Qué pueden sacar los cristianos de estos escenarios si tomamos el futuro de Dios en serio y rezamos “venga a nosotros tu reino”? ¿Cómo pueden ayudarnos las épocas esperanzadoras de Adviento y Navidad a ser como las cinco sabias vírgenes que estaban preparadas para el arribo del novio? El nacimiento de Jesús reveló que el amor de Dios no es meramente un principio filosófico; se encarna completamente en el meollo de la creación y la historia. Fe en un mundo imbuido de amor no significa un talismán que nos protegerá del desastre, pero puede alejar el miedo existencial que el desastre dirá la palabra final. También puede inspirar nuestra propia encarnación: cambiando la anestesia de la realidad virtual y consumismo por las satisfacciones y las penas genuinas de las relaciones responsables con los demás y con la creación. La vida encarnada es la vida de verdad.
 
La vida encarnada también es una vida de límites. En la encarnación, el Dios infinito agarró los confines de la carne y la historia en la forma de un siervo y nos mostró que el amor está más poderosamente presente en la auto-limitación voluntaria.
 
El amor de Dios indudablemente estará activo en medio del cataclismo. Pero los cataclismos, insisten los profetas, no son lo que Dios sueña para la creación. El Adviento describe un futuro más gentil, más amable: un futuro de cooperación y adaptabilidad inteligente pero también de simplicidad y sobriedad en vez de extravagancia.
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Kyle T. Kramer. Autor de A Time to Plant: Life Lessons in Work, Prayer, and Dirt (Sorin Books, 2010). Publicado en revista America, www.americamagazine.org

 
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