Nos acercamos aceleradamente al umbral de una gran extinción, a un colapso biológico en el que desaparecerán las especies vivas que conocemos (extracto).
Ramón Fernández Durán

Nicaragua / Ecología – El sistema urbano-agro-industrial ha tenido una repercusión directa y negativa sobre la Biosfera, sobre todos sus ecosistemas y sobre las especies vivas, sobre la suma de todos los hábitats donde se desarrolla la vida, influyendo en la Biosfera, incapaz de poder aceptar por mucho más tiempo este ritmo, desbordada ya hace décadas su biocapacidad.

RESPONSABLE: NUESTRA ESPECIE
 
Hasta el siglo 20 el desarrollo de la vida estuvo marcado por la evolución genética, con importantes convulsiones históricas en ocasiones, con grandes extinciones de especies como resultado de cambios cósmicos, impactos de meteoritos y causas endógenas de la transformación de la propia Biosfera (supervolcanes, grandes glaciaciones…).
 
Hasta ahora ha habido cinco extinciones masivas, la última la del Cretácico, hace 65 millones de años, cuando desaparecieron los dinosaurios, entre otros muchos millones de especies. Ahora estamos ya entrando en la sexta extinción, la que según científicos se extendería desde el Holoceno —el período geológico más reciente de la evolución, cuando inicia la agricultura, los últimos 12 mil años— a la que ya algunos denominan como una nueva era geológica: el Antropoceno.
 
En esta nueva era la causa principal de la extinción masiva no es ya el cosmos, los meteoritos, los volcanes o las grandes glaciaciones, sino el presente capitalismo global y la Sociedad Industrial. No es el conjunto de Homo sapiens como especie quien provoca la extinción, sino un determinado sistema, que es una construcción humana que ha ido involucrando a una parte cada vez mayor de nuestra especie a su dinámica infernal y que tiene ya una repercusión biosférica. Actividades humanas que hasta el siglo 20 habían sido en mayor o menor medida sostenibles y renovables (agricultura, pesca, gestión de los bosques) dejaron de serlo como resultado deltriunfo planetario de la presente Megamáquina Global de origen antrópico.
 
La intensificación del uso de recursos, en teoría renovables, mediante la industrialización masiva, se convirtió en el siglo 20 en una actividad cada vez más insostenible. Su funcionamiento bajo la lógica del mercado, basada en el imperativo del crecimiento continuo y la aplicación de tecnologías que serían impensables sin el consumo masivo de combustibles fósiles, han sido la causa, siendo especialmente el petróleo el que en última instancia lo hace factible.
 
LA REVOLUCIÓN VERDE: UN GIGANTE DEPREDADOR Y TÓXICO
 
La globalización de la agricultura industrializada y su evolución ha tenido impactos ambientales gravísimos. El balance energético de la agricultura industrializada es absolutamente deficitario: consume bastante más energía que la que produce, en contraste con la agricultura tradicional. Su gran incremento de productividad y su “éxito” los causa un enorme consumo de energía fósil, especialmente petróleo, y el consumo de fertilizantes químicos, la mecanización, el bombeo de agua y el transporte. Todo esto es lo que ha hecho factible que en el siglo 20, a pesar del enorme crecimiento poblacional mundial —se multiplicó por 4 el número de habitantes y aumentó la esperanza de vida—, la extensión de la superficie agrícola mundial “tan sólo” se multiplicara por 2.
 
En 1900 la agricultura que se practicaba en el mundo era una agricultura no industrializada, que empleaba en lo fundamental las técnicas de hace mil años, dedicando una cuarta parte de la tierra a mantener ganado, que proporcionaba gran parte de los nutrientes necesarios. A finales del siglo la agricultura industrializada se extendía ya por gran parte del planeta, alimentando a un 50% de la población mundial, ya notoriamente urbanizada y acogía a enormes cantidades de ganado, destinados principalmente a abastecer de carne a las clases medias y altas del mundo, en especial en los países centrales.
 
Este agrobusiness estaba organizado en centros y periferias claramente diferenciados, siendo las periferias las que proporcionaban los insumos principales al sistema agropecuario y alimentario de los centros, comprometiendo así seriamente su soberanía alimentaria, a la vez que los grandes agroexportadores centrales erosionaban gravemente la viabilidad de las agriculturas autóctonas periféricas —poco o nada industrializadas— en base a un comercio mundial totalmente asimétrico.
 
Esta Revolución Verde —como se la ha denominado— ha provocado crecientes impactos ecológicos. Por un lado, los ocasionados por la extensión de la “frontera agrícola”, lo que ha alterado ya más del 10% de la tierras emergidas del mundo —cinco veces la extensión del espacio construido en el mundo—, sobre todo las tierras más llanas y en principio las más fértiles. A la vez, presionaba para desplazar la llamada agricultura de subsistencia y el pastoreo hacia tierras más marginales y con orografía más accidentada, acentuando el impacto ambiental.
 
Están también los impactos derivados del metabolismo agrario sobre los ecosistemas acuáticos y terrestres: la eutrofización de recursos hídricos subterráneos y superficiales, la degradación de los suelos como resultado de la intensificación de sus ritmos naturales, la salinización creciente del suelo, y el grave incremento de las tasas de erosión. En definitiva, la pérdida de suelo fértil.
 
La agricultura industrializada ha incrementado entre dos y tres veces los ritmos naturales de erosión, acentuando los problemas de desertificación que afectan a un tercio de las tierras emergidas del mundo y ha degradado una cuarta parte de la superficie cultivada mundial. La agricultura industrializada también ha fomentado los monocultivos, siendo impensable sin recurrir al monocultivo. Esto ha provocado una importante pérdida de biodiversidad.
 
YA NO ESCUCHAMOS “LOS SONIDOS DE LA PRIMAVERA”
 
Todo esto ha generado auténticos “desiertos verdes” donde no se escuchan “los sonidos de la primavera” y ha provocado la proliferación de las plagas, al alterarse los equilibrios ecológicos, haciendo necesario un cada vez mayor aporte químico (pesticidas y herbicidas) para mantener la productividad, y ampliando el impacto tóxico sobre los ecosistemas agrarios. Todo esto se ha agravado con la introducción de la agricultura transgénica, creando la posibilidad de mutaciones incontrolables, potenciales Frankensteins jugando con la biodiversidad.
 
Los impactos globales de la Revolución Verde no son homogéneos. Se concentran donde la agricultura industrializada se ha extendido más y lleva más años de existencia, sobre todo en Estados Unidos y en la Unión Europea, aunque también en los grandes países agroexportadores (Australia, Brasil, Argentina, Paraguay, Indonesia, Colombia…). La producción a gran escala que existe en estos países está dominada por los conglomerados del agrobusiness, que controlan también la producción de semillas.
 
A pesar de todo esto, todavía casi la mitad de la producción agrícola mundial se realiza al margen de este modelo, y en gran parte al margen del mercado, con muy bajo consumo energético fósil y un bajo impacto ambiental, en base a conocimientos locales ancestrales y al trabajo humano y animal. Pero su existencia está amenazada por la expansión irrefrenable de la agricultura industrializada global.
 
A finales del siglo 20 la destrucción ambiental promovida por la expansión de la agricultura industrializada ya empezaba a pasar factura. Los altos rendimientos de productividad alcanzados en los últimos cincuenta años del siglo 20, cuando casi se triplicó la producción mundial agraria, excediendo el crecimiento poblacional global, se empieza ya a erosionar, haciendo cada vez más necesarios aportes químicos crecientes, con el estancamiento de la producción mundial. A la vez, se empezaban ya a percibir los primeros síntomas del impacto del Cambio Climático sobre la productividad agraria.
 
LA EXPLOTACIÓN INDUSTRIALIZADA AMENAZA LOS BOSQUES DEL MUNDO
 
Más de la mitad de los bosques originarios del mundo han sido ya talados o han sufrido un deterioro irreversible. Aunque este proceso se ha llevado a cabo desde hace unos 8 mil años, se intensificó y aceleró desde la Revolución Industrial, sobre todo en el hemisferio norte y explosionó especialmente en el siglo 20, principalmente por las posibilidades que brindó la explotación mecanizada e industrializada de las masas forestales. Se acrecentó en la segunda mitad del siglo 20 con la imprescindible ayuda del petróleo.
 
Hasta entonces, el enorme requerimiento de mano de obra había frenado la tala rápida y masiva, sobre todo en el Sur del planeta. Pero la aparición de la motosierra y de la maquinaria pesada eliminó cualquier traba a la explotación forestal intensiva. Desde 1950 la deforestación se instaló prioritariamente en el hemisferio sur, en especial en sus selvas tropicales, verdaderos paraísos de biodiversidad, mientras que la destrucción arbórea en el hemisferio norte remitió en gran medida, salvo en las zonas boreales, donde se intensificó por presiones sociopolíticas, por consideraciones estratégicas y por políticas de reforestación —y explotación— con “ejércitos de árboles”.
 
Más de un cuarto de la superficie emergida de nuestro mundo tiene todavía cubierta forestal, aunque tan sólo la mitad aproximadamente mantiene aún el bosque originario. Las causas del proceso que nos ha llevado hasta ahí son múltiples. La tala y destrucción de bosques la ha causado sobre todo la expansión de la frontera agrícola, más intensa en la segunda mitad del siglo 20 en el hemisferio sur; la paralela explotación industrializada de las selvas tropicales en América Latina —en especial el Amazonas—, en el África Subsahariana —principalmente en la cuenca del Congo— y en Asia Oriental y Pacífico (Indonesia, Filipinas); la explosión del crecimiento urbano-metropolitano y la consiguiente construcción de infraestructuras de conexión; la gran expansión de la minería y las graveras; la apertura a la explotación de las bosques boreales en Canadá y Rusia; la creciente presión del Norte sobre los recursos forestales del Sur para poder conservar sus propios bosques; y el consumo humano de leña sobre todo en el Sur por la presiónpoblacional. Todas estas dinámicas se aceleraron en las últimas décadas del siglo 20, llegando a alcanzar cifras espectaculares al final del milenio: más de 200 mil kilómetros cuadrados anuales de deforestación.
 
UNA REFORESTACIÓN CUESTIONABLE
 
La reforestación, y la posterior explotación de lo que se reforesta, se debe principalmente al fomento de la industria papelera, como resultado del incremento exponencial de la demanda mundial de papel. La reforestación no sólo se realiza en el hemisferio norte. Se intensifica también cada vez más en el hemisferio sur, como expresión de la explotación industrializada de los bosques.
 
El creciente deterioro de las masas arbóreas viene determinado también por el incremento de la contaminación —en especial las lluvias ácidas—, la expansión de plagas —acelerada por los monocultivos forestales—, las estrategias de lucha militar para “desemboscar” al enemigo —uso de defoliantes químicos como el agente naranja en Vietnam— y el incipiente cambio climático, con el auge de incendios y sequías.
 
Las consecuencias de esta pérdida de masa forestal mundial y de su deterioro son dramáticas. En primer lugar, por la pérdida de biodiversidad que conlleva —de microorganismos, vegetales y plantas—, sobre todo en las selvas tropicales, donde se hallan los grandes almacenes de la biodiversidad planetaria, más de la mitad de la existente en todo el mundo. La pérdida de biodiversidad se da también en los bosques secos y montes bajos tropicales, los más afectados por la presión agraria, por el sobre-pastoreo, por la expansión urbano-metropolitana y por la búsqueda humana de leña, el combustible que emplea prácticamente la mitad de la Humanidad, el combustible de los pobres del mundo.
 
La pérdida de bosques provoca otros procesos que acentúan indirectamente todas estas dinámicas. Los más notables son la pérdida de pluviosidad y de suelo fértil, así como el incremento de la sequedad del suelo y la erosión. Asistimos también a un creciente troceamiento del territorio forestado, debido al auge de construcción de infraestructuras, lo que empobrece adicionalmente la biodiversidad y daña los ecosistemas forestales, al no alcanzar la masa crítica suficiente para su mantenimiento.
 
Igualmente, la sustitución del bosque originario por “ejércitos de árboles” reforestados, muchas veces no adaptados a la vocación de los suelos —por ejemplo, plantaciones de eucaliptos, especie no autóctona y de crecimiento rápido—, produce una fuerte degradación de los ecosistemas, lo que implica una caída abrupta de la biodiversidad previa y una aguda degradación del suelo, sobre todo por el manejo mecanizado que supone la explotación industrializada.
 
Toda esta destrucción no se ha llevado a cabo sin fuertes resistencias sociales, que en ocasiones han conseguido frenar o revertir, en parte, los procesos. El movimiento Chipko de las mujeres del Himalaya es quizás el más conocido a escala mundial, principal exponente de estas luchas y también testigo de sus éxitos limitados. Las mujeres de la región de Uttar Pradesh, en el norte de la India, se abrazaban a los árboles —Chipko significa “abrazar” en hindi como forma de defensa no violenta activa de sus recursos comunales y vitales—. Otro ejemplo es el movimiento Cinturón Verde en Kenia, también protagonizado por mujeres, entre ellas la Premio Nobel Wangari Maathai. Son algunas, no las únicas, muestras del llamado Ecologismo de los Pobres, que se desarrolla en muchas partes del mundo ante la agresión de la Sociedad Industrial contra los recursos naturales de los que depende la vida de comunidades enteras.
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Ramón Fernández Durán. Miembro de Ecologistas en Acción. Ingeniero y Urbanista. Profesor Universitario. Este texto es parte del núcleo de un libro que se elabora sobre la crisis del capitalismo global y el previsible colapso civilizatorio. Publicado en revista Envío. Artículo completo en www.envio.org.ni

 
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