Igual que en el montañismo, el progreso en la vida espiritual depende de progresar hacia arriba, descubriendo a medida que avanzamos, como hizo Teilhard.
Drew Christiansen

New York / Religión – El ‘Himno a la Materia’ puede ser uno de las oraciones más extrañas que un sacerdote jamás haya escrito. Los cristianos le rezan a Dios, a los santos, quizás a los ángeles, y en ocasiones a sus seres queridos fallecidos. ¿Pero un himno a la materia? ¿A los átomos y las piedras, los gases y el plasma, a los minerales y al polvo de estrellas? Suena como a idolatría y de hecho, cuando el autor del himno era un niño estaba tan fascinado con las piedras que se refería a ellas como “mis ídolos”. Explicó: “en toda mi experiencia infantil, no había nada en el mundo tan duro, pesado, resistente y más durable que esta maravillosa sustancia…”.

Luego, cuando vio que el fierro se oxidaba, se dio cuenta de la inestabilidad de la substancia más dura que conocía y nació su hambre espiritual. El autor de la oración, Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), en vida un conocido paleontólogo y geólogo, se hizo más conocido después de su muerte como filósofo de la evolución y escritor espiritual. Pero el sacerdote jesuita jamás abandonó sus piedras. Tal como el descubrimiento de sus defectos lo había iniciado en la búsqueda mística de un objeto permanente y universal merecedor de su devoción, Teilhard creía que sin la materia —sin la resistencia, decepciones y desafíos que la materia le plantea al hombre— nuestro desarrollo intelectual y espiritual como especie se vería frenada.
 
RIGUROSO MAESTRO
 
El “Himno a la materia” de Teilhard alaba la material del universo como el riguroso maestro del espíritu humano. “Sin ti, materia, sin tus ataques ni tus arranques”, escribió, “viviríamos inertes, estancados, pueriles, ignorantes de nosotros mismos y de Dios”.
 
“Tú que rompes a cada momento nuestros esquemas y nos obligas a buscar cada vez más lejos la verdad”, escribió. “Tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las dimensiones de Dios”. La materia, como describiría Teilhard, es la “’matriz del espíritu’: aquella de la cual la vida emerge y le da soporte, no el principio activo del cual surge”.
 
Haciendo uso de su itinerario personal, intelectual y espiritual como naturalista y sacerdote, Teilhard consideraba la obstinación de la materia y la necesidad del esfuerzo humano para descubrir sus secretos como el punto de partida para el crecimiento espiritual. Mientras otros gigantes jesuitas del siglo 20 como Pierre Rousselot, Joseph Maréchal y Karl Rahner construyeron sus teologías filosóficas sobre el dinamismo inherente de la mente hacia Dios, Teilhard consideró que el duro esfuerzo del aprendizaje como una apertura privilegiada hacia lo divino. La atención que el científico le da al problema que él o ella está estudiando sirve de práctica para la atención que el místico le presta a Dios. En este descubrimiento, Pierre Teilhard estaba en la línea de otra filósofo francesa, Simone Weil, cuyo ensayo “Sobre el correcto uso de los estudios escolares” argumentaba que ya fuera traduciendo a Homero o solucionando un problema de geometría euclidiana, el estudio fomenta la esencial concentración para la oración. La enérgica y desenvuelta abertura del interrogador está emparentada con la disposición alerta y reverente de una persona frente a Dios.
 
EL ASCETISMO DE LA ATENCIÓN
 
Teilhard ofreció sus bendiciones en el “Himno a la material”:
 
Tú que castigas y que curas, tú que
resistes y que cedes, tú que destruyes y que construyes, tú
que encadenas y que liberas: eres tú, materia, a quien bendigo.
 
Contrariamente a algunos que creen que una vez que entran en el mundo del pensamiento pueden dejar atrás el mundo físico, Teilhard propuso que el espíritu humano madura en su esfuerzo por comprender (dominar y respetar) el mundo natural. Esa comprensión del mundo físico, no obstante, llega a través de una disciplina que el científico debe soportar. Ya sea el tema es la naturaleza o la naturaleza humana, enfocar nuestra mente en un problema involucrará gran esfuerzo (incluyendo el esfuerzo físico para un naturalista como Teilhard), decepción y desilusión. Sólo entonces se encuentra la felicidad en el descubrimiento y placer en el crecimiento acumulado del conocimiento.
 
Teilhard propuso que en la medida en que la disciplina de la ciencia nos ayuda a comprender mejor la creación de Dios, ésta es una suerte de ascetismo, una práctica espiritual con el potencial de profundizar la vida espiritual. La espiritualidad tradicional enfatizaba el control del cuerpo a través de la simplicidad, el ayuno, la castidad y la disciplina física. Por su parte, Teilhard apuntaba a la discipline inherente en la vida activa y especialmente en la aplicación de la mente al aprendizaje, una disciplina que él practicaba en el trabajo de campo como asimismo en las investigaciones en museos y laboratorios: identificar y analizar hechos distintivos, clasificar y relacionar los descubrimientos, proponiendo hipótesis y verificar o desmentirlas. Tal como nosotros, los cristianos practicamos la mecánica del aprendizaje, también nuestros espíritus pueden crecer. Tal como el impulso de la mente interesada despierta su particular entusiasmo en el alumno, el proceso de investigación guarda el potencial para estimular nuestro apetito por el infinito misterio de la existencia.
 
Un problema que nos afecta hoy en día, tal como lo hizo en la época de Teilhard, es que a menudo hay muy poca disciplina intelectual en aquellos a quienes se considera como las autoridades de la vida espiritual. Confunden la totalidad de la fe con sus expresiones más elementales y consideran la catequesis de pregunta-y-respuesta como equivalente a la teología seria. No hay duda, tal como escribió Alfred North Whitehead, la religión ocurre “en todas las latitudes” a lo largo de una escala de potencialidades humanas. Sin embargo, una vida intelectual más rica a menudo puede dar lugar a una experiencia espiritual más rica y a una teología más profunda. Teilhard nos enseña no sólo que los descubrimientos de la ciencia pueden aportar a nuestro asombro religioso, sino que la manera científica del conocimiento puede reforzar la ascensión de la mente hacia Dios.
 
BUEN OJO PARA LAS ROCAS — Y PARA DIOS
 
Como científico de terreno, Teilhard tenía gran reputación de tener muy buen ojo para las rocas, dándose cuenta rápidamente de características que habían escapado a la observación de sus colegas, y comprendiendo sus implicancias. No es sorprendente, por lo tanto, que mientras los antiguos maestros de la oración enseñaban a liberar la mente de preocupaciones para estar más abierto a la divinidad, Teilhard creía que la atención de la ciencia en los detalles más pequeños del mundo físico hacía la mente aún más capax dei, “radicalmente abierta a Dios”. Él creía que el secreto tanto para la vida espiritual, como para la ciencia, radica en la más absoluta atención a los detalles. A medida que empezamos a apreciar la riqueza y complejidad del universo, así también crece nuestra percepción de la gloria de Dios.
 
Desde luego hay otros maestros espirituales que también enfatizaron el poner atención a los detalles. El “pequeño camino” de Santa Teresa de Lisieux, por ejemplo, consiste en hacer las pequeñas cosas de la vida diaria con devoción. No obstante, la manera de Teilhard difiera de la de Teresa o la de los Padres del Desierto, en dos aspectos. EN primer lugar, se trata de la vida activa, en la cual los humanos ejercitan su creatividad e inventiva. La creatividad del artista, la solución de problemas del científico, la inventiva del ingeniero en computación, el diagnóstico del médico, todos brindan la oportunidad para crecer en santidad tanto como la atención a las rutinas de los monasterios o la sacristía.
 
Segundo, la atención a los detalles se relaciona especialmente con la actividad intelectual y especialmente con la investigación científica. La erudición bíblica y los clásicos habían tenido un rol en la espiritualidad benedictina y después en el humanismo cristiano, pero la ciencia involucra la investigación activa y más que eso, la revisión de los pensamientos originales. A medida que la mente se encuentra con la resistencia del universo material —las rocas, átomos, genes y galaxias— “nuestros esquemas” se rompen y “nuestras pequeñas unidades de medida” se destruyen. La investigación del mundo natural nos hace abandonar los preconceptos a los cuales, de otra forma, nos aferraríamos; y a medida que descubrimos las infinitas maravillas del universo, la mente se abre a las insospechadas dimensiones de Dios.
 
El ascetismo nos llega al aplicarnos en el aprendizaje, abandonando los prejuicios y las teorías obsoletas y adquiriendo nuevas destrezas. Al principio el desarrollo de la mente del estudiante implica aprender de memoria, pero la esperanza es que la tabla atómica y el ADN se transformen en algo tan natural que los alumnos sean capaces de aplicarlos en los ejercicios del colegio, diseñar sus propios experimentos, observar las anomalías y finalmente verificar sus descubrimientos a través de la duplicación. Todas las etapas —aprendizaje de memoria, aplicación, experimentación, examen de anomalías, duplicación— implican disciplina. Para el científico o el estudiante consciente de sí mismo, el esfuerzo que implica probar un hecho simple le da una pista de la dedicación que también requiere el crecimiento en el espíritu. De la misma manera, para el creyente o el buscador espiritual, la práctica de la ciencia debiera sugerir el gradual incremento de las habilidades, incluyendo las habilidades espirituales, implícitas en la cooperación humana con la gracia divina.
 
AVANZANDO
 
Con el correr del tiempo, Teilhard llegó a considerar la materia en un sentido más lato, no solo como el objeto de la ciencia física, sino que como todo en la vida que al oponernos resistencia nos ayuda a avanzar, ya sea en conocimiento, progreso material o desarrollo espiritual. En El medio divino ofreció una analogía iluminadora que es la clave para la apreciación espiritual de la materia. “Es la ladera desde la cual podemos ya sea subir como también bajar”, escribió, “el medio que puede sustentar o dejar caer, el viento que puede voltear o elevar”. El rol adecuado de la materia es el de ser el camino a la santificación. “Las cosas creadas no son exactamente obstáculos, sino que puntos de apoyo, intermediarios para ser usados, nutrición que debemos tomar, savia que debe ser purificada y elementos con los cuales nos asociamos y que acarreamos con nosotros” en nuestro viaje hacia la luz.
 
La material no es una cosa estática. Es el libro que recién se ha leído, la hipótesis que se ha confirmado o desmentido. Son las líneas de telefonía, los faxes, los módems y el computador Apple. Es los experimentos de Gandhi con la verdad y el movimiento Tea Party. Es el pasado que nos ha traído al futuro y el pasado que nos ha retenido. La materia es el punto de apoyo del espíritu en la historia. Ese punto de apoyo define dos zonas:
 
la zona que ya hemos dejado atrás o a la cual hemos llegado, a la cual
no hemos de regresar, o en la cual no debemos detenernos,
a menos que retrocedamos —esta es la zona de la materia en el
sentido material y carnal; y la zona que se ofrece a nuestros
renovados esfuerzos hacia el progreso, la investigación, la conquista y
la ‘divinización’, la zona de la materia tomada en el sentido
espiritual; y la frontera entre ambas es esencialmente
relativa y cambiante.
 
Debemos apoyarnos en las cosas de este mundo para hacernos avanzar o cuando ellos ceden, retrocedemos. La apreciación espiritual de la materia involucra tanto contar con su resistencia para soportarnos a medida que nosotros presionamos hacia adelante como esperar el esfuerzo que se nos exige para avanzar. Ambas fuerzas son necesarias.
 
Al igual que el montañismo, la vida espiritual requiere de un movimiento ascendente constante, reflexionaba Teilhard. A menos que el montañista que está afirmado en su punto de apoyo se mueva hacia arriba, se resbalará y caerá. “Aquello que es bueno, santificador y espiritual para mi hermano que está más abajo o a mi lado en la ladera de la montaña, puede ser engañoso o malo para mí”, advierte Teilhard. “Lo que me permití ayer con justicia, quizás hoy deba negármelo”.
 
Cómo funciona la materia depende de la ruta del progreso espiritual de cada persona. Lo que yo haga de las preguntas que enfrente en mi trabajo, lo que yo haga de las cosas que ocurren en mi vida, cómo transforme las crisis que enfrente en oportunidades, todo ello determinará cuan profundamente participaré (y el grado en el cual los demás comparten) en la divinización de nuestro mundo en Cristo. Igual que en el montañismo, el progreso en la vida espiritual depende de progresar hacia arriba, descubriendo a medida que avanzamos, como hizo Teilhard, que la materia de nuestra vida es “la sabia de nuestras almas, la mano de Dios, el cuerpo de Cristo”.
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Drew Christiansen, S. J. Redactor jefe de America; preparó versiones anteriores de este ensayo para la United Methodist-Catholic Dialogue on Creation, Eucharist and Ecology (2009) y el Star Island Conference of the Institute on Religion in an age of Science (2010). Publicado en revista America, www.americamagazine.org

 
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