Mire el mapa. Borre las líneas que separan Cisjordania y Gaza; imagine carreteras conectado todo el territorio con Jerusalén, la capital compartida.
Raymond A. Schroth, S.J.

New York / Política – Lo que en septiembre empezó como la esperanza de una solución de dos estados para Israel y Palestina ha fracasado. Palestina se niega a negociar en tanto Israel continúe construyendo asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este, los que para el derecho internacional son territorios ocupados; Israel se niega a prorrogar la “moratoria” en la construcción de asentamientos, durante la cual Israel continuó construyendo asentamientos, segregando caminos y demoliendo hogares palestinos.

Estados Unidos le ofreció concesiones a Israel para que renovara la moratoria, pero el señor Netanyahu propuso una ley exigiendo que todos los posibles ciudadanos israelíes, incluyendo los árabes israelíes (el 20% de la población de Israel), juren lealtad a Israel específicamente como un estado judío —en los hechos un compromiso forzado con creencias que no comparten—. Ahora los palestinos deben considerar las alternativas. ¿Debieran declararse un Estado de forma unilateral y solicitar el reconocimiento de EE.UU. /N.U.? ¿Fusionarse con Jordania? A medida que la situación se deteriora, es el momento de buscar ideas nuevas.
 
Las hostilidades a través del mundo árabe y dentro de Israel crecen. Incluso si Cisjordania y Gaza se convirtieran en un estado, los colonos que ya están instalados se rehusarían a emigrar. Tal como Hanan Ashrawi, representante de la Organización para la Liberación de Palestina le comentó al Washington Post: “¿Cómo se puede tener una solución en base a dos estados si te estás comiendo el territorio del otro estado?”
 
Muchos israelíes, especialmente en Tel Aviv, distraídos por la prosperidad, parecieran no darse cuenta que dentro de unos pocos años surgirá una mayoría árabe y el “Gran Israel” (Israel, Cisjordania y Gaza) ya no será judío. Si a los árabes no se les reconocen derechos ciudadanos, Israel tampoco será una democracia. En este contexto, Israel debe elegir. Sus opciones son: (a) desmantelar los asentamientos y regresar a las fronteras de 1967; (b) tratar de mantenerse en los territorios ocupados como una minoría en el poder, lo que en los hechos es apartheid; o (c) desplazar a la población árabe, lo que equivaldría a una limpieza étnica.
 
Pero los israelíes también podrían considerar otra alternativa, una con raíces históricas, recientemente desarrollada por intelectuales judíos, estadounidenses y palestinos: una solución de un solo estado.
 
Una nación-estado construida en torno a una única religión podría haber funcionado en el contexto único post-holocausto de los años de la post guerra (2a Guerra Mundial); pero hoy en día los israelíes deben preguntarse si la idea de un estado étnico no se ha convertido en un anacronismo. Más aún, una promesa prehistórica hecha a Abraham de darle tierras para sus descendientes no le da a ningún grupo étnico o religioso del siglo 21 el derecho legal sobre un territorio en particular bajo el derecho internacional moderno.
 
Una vez existió una “Europa cristiana”. Pero hoy en día las grandes ciudades occidentales —Londres, New York, París, Ginebra— están repletas de cristianos, judíos, musulmanes, hindúes: personas de todas las latitudes y colores. La definición que hace Israel de sí misma como un estado de una sola religión, encapsulado por una muralla de 28 pies de altura, una red de asentamientos y carreteras segregadas, proyecta una imagen inquietante para muchos, incluyendo generaciones más jóvenes de judíos estadounidenses alienados por las políticas de Israel. Palestina siempre ha tenido una identidad multi-étnica; y los primeros sionistas, incluyendo a Hannah Arendt y Martin Buber veían a Palestina como un centro espiritual que promocionaba la cultura judía, no como una nación-estado.
 
Un plan para una solución de un solo estado podría incluir lo siguiente: (1) Tomando a Bélgica y Suiza como modelos, una nueva constitución establecería ya sea un estado binacional o un estado unificado con una estructura de un hombre-un voto. (2) Con sus fuerzas armadas y policiales unidas, el más seguro estado de Israel-Palestina podría ser parte de la Organización del Atlántico Norte. (3) Una ley de retorno se aplicaría de alguna manera tanto a judíos como a árabes. (4) Un nuevo currículo escolar enseñaría historia con mayor grado de fidelidad a ambos pueblos. (5) Se establecería una comisión de verdad y reconciliación.
 
Mire el mapa. Borre las líneas que separan Cisjordania y Gaza; imagine carreteras conectado todo el territorio con Jerusalén, la capital compartida. Todos los ciudadanos tienen el mismo derecho a voto, el mismo acceso al agua, tierra, educación, matrimonio, salud, empleo, propiedad, y libertad de expresión y religión. Desaparecen los muros. Los asentamientos pueden permanecer, pero los palestinos pueden construir al lado de éstos. Una clase dirigente emergente guiará a Israel-Palestina hacia un futuro de paz. Los judíos son gente dotada y enérgica. Aunque en el futuro sean una minoría numérica en Israel-Palestina, de todas maneras demostraran liderazgo en la nueva Tierra Prometida.
 
Hace unos 25 años, cuando estaba nadando en el Mar Muerto, dos hombres jóvenes que vieron mi máquina fotográfica me pidieron que les sacara una foto. Al escribir sus direcciones para mandarles la foto, no pude dejar de preguntarles: “¿Ustedes son israelíes o árabes?”
 
Me contestaron: “¿Cuál es la diferencia? Somos todos hermanos”. ¿Adónde estarán ahora?
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Raymond A. Schroth, S.J. Publicado en revista America, www.americamagazine.org.ar

 
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