Los problemas económicos que enfrentan los estadounidenses son reales y extremadamente serios. En el corto plazo es adecuado que Estados Unidos continúe con el déficit e incluso que lo aumente a través del estímulo al consumo.
Charles K. Wilber

Indiana / Economía – El viejo consejo: “Mantén el ojo en la pelota” es aplicable a las actuales discusiones sobre la economía estadounidense. Se ha desviado la atención del país del tema más apremiante, que son los puestos de trabajo, hacia un tema de importancia en el largo plazo, básicamente los déficits y la deuda pública. La afirmación que la deuda pública va a llevar al país a la bancarrota merece ser considerada con seriedad, pero más adelante, no ahora, en el corto plazo. La afirmación que la deuda entorpece la recuperación económica al copar la inversión privada no es significante en este momento. Los inversores privados no están invirtiendo en bienes de capital nuevos porque no hay suficiente demanda para el producto de dichos bienes de capital y, por lo tanto, las expectativas de obtener utilidades son bajas. La razón primordial no es —como algunos sostienen— porque el gobierno federal es más exitoso que el sector privado en captar los ahorros disponibles.

Sin embargo, hay un argumento para transformar la reducción de la deuda en un tema clave en este momento, y ese argumento es psicológico que es más o menos el siguiente: lo que motiva la inversión de las empresas, especialmente la pequeña empresa, es la expectativa de obtener ganancias futuras; el aumento del déficit presupuestario federal aumenta la incertidumbre sobre la estabilidad futura de la economía, con el resultado que las empresas invierten menos y contratan menos trabajadores. Esto, a su vez, impide que la economía se recupere. Lo que se necesita, dicen los que sostienen esto, es una señal clara que se trabajará en el tema de la deuda. Si esto resulta creíble, dicen los mismos, las empresas estarán dispuestas a invertir y a contratar trabajadores con la expectativa que el futuro será estable y habrá buenas posibilidades de obtener futuras ganancias.
 
El gran problema con esta teoría es que no hay mucha evidencia empírica que apoye esto como una manera de explicar el crecimiento o la falta del mismo. Por otro lado, existe evidencia para rebatirlo. Irlanda, por ejemplo, ha puesto en marcha un programa de reducción del déficit desde hacen dos años, pero la economía irlandesa no ha mejorado en absoluto. Más aún, ha caído más que las otras, con un desempleo promedio del 13% en este momento. Sin embargo, varios países europeos están ahora decidiéndose por la reducción de la deuda. No se puede ignorar el argumento, y volveré sobre ello.
 
La recesión de los últimos tres años ha frenado el aumento de los ingresos y, como resultado de ellos, la recolección de impuestos. La expectativa normal es que pronto debiéramos tener tres o cuatro años de mayor crecimiento económico, lo suficiente para reducir la deuda considerablemente. Pero el problema con esa expectativa es que el estímulo económico del 2009 fue muy tímido, demasiado pequeño para reactivar la economía hacia una senda de crecimiento que pudiese absorber el desempleo y crear trabajo para los que se incorporaban a la fuerza laboral. Ahora el congreso (básicamente los republicanos y los demócratas más conservadores) se está resistiendo a aprobar nuevos paquetes de estímulo basados en que ello aumentará el déficit.
 
La indeseable perspectiva que enfrenta el país es una década de estagnación del crecimiento y el empleo al estilo japonés, o incluso una doble recesión. Por lo tanto, la tarea principal en este momento, es aportar nuevas medidas económicas que generen puestos de trabajo y un aumento en los ingresos que tengan como resultado mayor recolección tributaria. Esto, a su vez, ayudaría a reducir el déficit, aunque no será suficiente por sí solo.
 
REDUCCIÓN DEL DÉFICIT EN EL LARGO PLAZO
 
En un plazo de entre tres a cinco años, el problema del déficit estructural, definido como déficit de pleno empleo, tendrá que ser considerado. El crecimiento económico continuo de los Estados Unidos requerirá un aumento del ahorro (definido como ahorro personal, más ahorro de empresas, más ahorro del gobierno, más ahorro extranjero), mediante la reducción del déficit federal crónico (que es “ahorro negativo”) para financiar la inversión pública y privada.
 
Una manera de enfocar la reducción del déficit en el largo plazo basado en el crecimiento económico para aumentar los ingresos fiscales se enfrenta con el dilema del huevo y la gallina: se necesita crecimiento económico para reducir el déficit, pero se necesita la reducción del déficit para asegurar el crecimiento económico en el largo plazo. A pesar que el control de los gastos tiene que ser parte de la solución, ni el crecimiento “natural” ni las reducciones de gastos pueden por sí solos eliminar el déficit. Se sabe que los aumentos de impuestos también son necesarios. En términos económicos, los déficits que resultan de las desacertadas reducciones de impuestos de comienzos de los años 80 y los primeros años del siglo, son ahorro negativo. Estos han reducido los ahorros totales nacionales disponibles para financiar inversiones de largo plazo en la economía, que son la fuente de incremento de productividad y crecimiento económico.
 
A excepción de los últimos años del gobierno de Clinton, los continuos déficits de las últimas cuatro décadas han obligado a basarse en los ahorros externos para financiar la inversión interna estadounidense, resultando en creciente déficit comercial.
 
AUMENTO JUSTO DE LOS IMPUESTOS
 
Debemos concluir que mientras la reducción del déficit no es el problema prioritario en este momento —lo es la creación de empleos—, la reducción del déficit es un problema serio en el largo plazo. La administración Obama haría bien en dar señales ahora que está analizando y planificando la mejor manera para reducir el déficit cuando llegue el momento de hacerlo. Aquí es donde los valores son esenciales a la hora de tomar las mejores opciones en relación a aumentos de impuestos y recortes en los gastos.
 
Dado que las instituciones y políticas económicas tienen un gran impacto en la dignidad del ser humano, no sólo plantean temas técnicos sino que morales también. Tal como dijo la Conferencia Nacional Episcopal en el primer párrafo de su carta pastoral de 1986, “Justicia económica para todos”, toda perspectiva de la vida económica que es humana, moral y cristiana debe ser definida por tres cuestiones: ¿Qué hace la economía por las personas? ¿Qué le hace a las personas?, y ¿Cómo pueden las personas participar de ella? Adicionalmente, los obispos argumentaron que en la búsqueda del bien común, se debe dar especial atención al impacto de la economía en los pobres y desposeídos, porque son especialmente vulnerables y necesitados (Nº 24). La equidad, por lo tanto, es un factor importante al decidir qué impuestos deben aumentarse y qué gastos reducirse.
 
Hay dos argumentos recurrentes contra el alza de impuestos: el primero es que los contribuyentes ya están sobrecargados y el segundo es que mayores impuestos reducirán el incentivo para ahorrar, invertir y trabajar. Pero en los hechos, la evidencia empírica disponible no apoya ninguno de estos argumentos. Entre los países desarrollados, los Estados Unidos y Japón tienen el rango de impuestos (federal, estatal y local) más bajo sobre ingresos (P.I.B.): 27% y 28%, comparado con un promedio de 45% en Europa. El argumento de la sobrecarga contra el aumento de impuestos es, por lo tanto, poco convincente.
 
¿Y qué hay del argumento que impuestos altos son un desincentivo que frena el crecimiento económico? Cuando se usan estudios de varios países para medir el crecimiento económico de países industrializados en comparación con las tasas impositivas, no hay una relación indiscutida. Algunos países que tienen impuestos altos crecen rápidamente, otro crecen más lentamente. Ocurre lo mismo en los países de impuestos (relativamente) bajos. Los intentos econométricos para deducir una relación han producido resultados mixtos, sin una línea definida. Algunos años atrás, Robert Barro de la Universidad de Harvard encontró una relación, y otros pocos después de él también lo han hecho, pero hay muchos otros estudios no encontraron nada. Estudios empíricos parecieran indicar que los impuestos más altos sí tienen un pequeño efecto en la inversión, pero los resultados son poco claros en cuanto al efecto en el ahorro y la creación de empleos.
 
¿Por qué los estadounidenses se resisten a los impuestos más que otros? La mayor razón para bajas tasas impositivas probablemente tiene relación con la cultura política de los Estados Unidos: los estadounidenses siempre han sido más suspicaces respecto a los gobiernos que los europeos. El presidente Ronald Reagan, que tenía una desconfianza visceral e ideológica de los gobiernos jugó con esa desconfianza para convencer al público que los impuestos estaban muy elevaos y que el gobierno los desperdiciaba. El presidente George W. Bush aprendió de la derrota electoral de su padre que la posición ganadora era la de reducir impuestos, no aumentarlos. Un político que se postula a la presidencia y defiende la subida de impuestos, corre un gran riesgo.
 
NUEVAS FUENTES DE INGRESOS
 
Desde mi punto de vista como economista preocupado por el bien común, las reducciones de impuestos de Reagan y Bush, acompañado de enormes aumentos en el gasto militar, han llevado no sólo a déficits federales estructurales, sino que también a un aumento récord en la diferencia de ingresos y distribución de la riqueza entre ricos y pobres. En el futuro cercano se necesitarán aumentos de impuestos para ayudar a tapar ese déficit estructural. Aumentar la progresividad del impuesto a la renta federal es un paso importante, pero también debieran existir otras opciones como parte del diálogo político.
 
En primer lugar, la adopción de un sistema de impuesto de valor agregado en los Estados Unidos. La exención de bienes básicos (comida, vivienda, salud) podría reducir la regresividad inherente a este impuesto específico. El nivel general de impuesto a la renta podría reducirse (mientras aumenta progresivamente) como un incentivo para aceptar el IVA. Sería fácil compartir los ingresos por IVA con los estados y los gobiernos locales para que éstos llevaran a cabo los programas que necesitan. Otra ventaja adicional es que el impuesto recaería en el consumo en vez del ingreso, por lo tanto, sería un incentivo para el ahorro.
 
En segundo lugar, el aumento de impuestos a la gasolina podría traer mayores ingresos y fomentar su uso racional. Los precios de la gasolina en los Estados Unidos todavía están entre los más bajos en los países industrializados, y en términos reales, no mucho más altos que lo que estaban antes de la crisis del petróleo de 1973. Los siguientes precios de la bencina, ajustados de acuerdo a la inflación, están en una base anual: 1958 US$ 2,24; 1968 US$ 2,11; 1978 US$ 2,16; 1988 US$ 1,75; 1998 US$ 1,35; 2008 US$ 3,23 y 2009, US$ 2,28. Si un incremento en el impuesto a los combustibles se usara para subsidiar el transporte público, esto sería de gran ayuda para los pobres.
 
Tercero, hay buenos argumentos para apoyar la creación de un impuesto a la transferencia de pagarés o bonos. Este impuesto podría producir ingresos de aproximadamente U$ 100 mil millones al año y frenaría las dudosas prácticas especulativas de corto plazo, a la vez que fomentaría mayor estabilidad en el capital de inversión de más largo plazo. Lawrence Summers expresó la siguiente opinión en un artículo publicado en los años ’80: “Este impuesto tendría los efectos beneficiosos de frenar la inestabilidad que fomenta la especulación al reducir la transferencia de recursos hacia el sector financiero de la economía e incrementar las expectativas de los gerentes de las empresas”. Sin embargo, en una reciente entrevista, Summers, que actualmente se desempeña como consejero del presidente en materias de política económica y director del National Economic Council (Consejo Nacional Económico), se ha retractado de apoyar un impuesto del género, quizás tanto por razones políticas como económicas.
 
REDUCCIÓN DE GASTOS
 
Si uno analiza el presupuesto federal para el 2010, se puede ver que hay tres ítems que opacan todos los otros: Seguridad Social (US$ 695 mil millones), Medicare más Medicaid (US$ 743 mil millones) y gastos militares (US$ 664 mil millones). La Seguridad Social es políticamente intocable en este momento, y, adicionalmente, se paga a través de un fondo separado que todos los años tiene excedentes y no ha necesitado subsidios desde el presupuesto federal. De hecho, el excedente ha sido usado para cubrir el déficit del presupuesto federal a través de la compra de bonos del tesoro. Mientras siga la guerra en Afganistán, habrán limitaciones reales a recortes en el presupuesto militar. La nueva ley sobre la salud puede o no reducir los costos en salud, pero las reducciones no se calcula que empiecen antes del 2014. Por lo tanto, la idea de que solo mediante la reducción de gastos se puede reducir el déficit de manera importante, está equivocada.
 
¿Cómo se pueden reducir los gastos federales? En el muy corto plazo, el fondo de Seguridad Social pasará de tener excedentes a tener déficit. El gobierno tendrá que aplicar las medidas correctivas para restaurar la sustentabilidad —medidas como reducir la inflación indexando y aplicando impuestos a las utilidades—. El gobierno y el público tendrán que enfrentar los temas de enfermedades terminales en Medicare y Medicaid. Actualmente, los gastos médicos de los últimos seis meses de vida absorben casi el 25% del total de los gastos médicos. Se necesita una reforma al procedimiento civil por daños por negligencia médica para detener las prácticas médicas defensivas. Finalmente, los votantes deben repensar si es necesario o viable que Estados Unidos tenga un presupuesto de defensa tan abrumadoramente más abultado que el de otros países.
 
Los problemas económicos que enfrentan los estadounidenses son reales y extremadamente serios. En el corto plazo es adecuado que Estados Unidos continúe con el déficit e incluso que lo aumente a través del estímulo al consumo. La economía necesita de políticas dirigidas específicamente a superar la estagnación y a la promoción de crecimiento equitativo y sostenible, sin dejar de tomar en cuenta el medioambiente. Sin embargo, en el largo plazo, no podemos alcanzar ninguno de estos objetivos ni podremos contribuir a la estabilidad económica mundial mientras sigamos sufriendo las consecuencias de las limitaciones fiscales impuestas por el déficit comercial y el déficit del presupuesto federal.
 
Muchos estadounidenses ya están convencidos de que no existen soluciones fáciles. En la práctica, todos los programas posibles tendrán que enfrentar la oposición de poderosos intereses particulares. Sin embargo, deben ser implementados y llevados a cabo a pesar de las grandes diferencias filosóficas que existen entre los estadounidenses en temas como libre mercado versus intervención gubernamental; libertad individual y responsabilidad versus obligaciones hacia la comunidad, y otras por el estilo. En pocas palabras, los tiempos demandan liderazgos políticos verdaderos. Como estadounidenses, debemos exigirlo y esperarlo de nuestros representantes.
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Charles K. Wilber. Emeritus professor of economics and a fellow at the Kroc Institute for International Peace Studies at the University of Notre Dame in Indiana. Published in America magazine, www.americamagazine.org

 
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