¿Algo huele mal en el campamento Esperanza? Sí, algo huele mal. Lamentablemente los mineros parecen hasta ahora estar cediendo ante una amenaza mayor que la mina misma: la lucha mundial por el poder, el placer y los nuevos mitos.
Humberto Palma Orellana

San Vicente, Chile / Temas – A alguien escuché decir que la alegría y gratitud por el desenlace de la tragedia vivida por los mineros de San José es un sentimiento nacional chileno. Y es cierto, todos nos hemos alegrado, primero, de su hallazgo con vida y del rescate y reencuentro con sus familiares, después. Pero además hemos aprendido de su fortaleza y organización, de esa capacidad suya para rearmarse y volver a esperar y sonreír a la vida. Y sin embargo, notamos que algo no está bien, que esa alegría compartida por todos y con todos se ve opacada por un factor casi imperceptible, y que por lo mismo exige reflexión y discernimiento, sobre todo por respeto a esos hombres en cuyas personas están representados de alguna forma todos los obreros del país y del mundo, pero también porque entre tanta alegría y celebración es fácil perder de vista el fondo de la tragedia. Sobre ese fondo volvemos ahora nuestra atenta mirada, pues la mejor lección que podemos sacar de todo lo visto y vivido es aprender a cultivar en nosotros un corazón como el de esos mineros. Pero para ello es necesario y urgente abrir los ojos.

Ha sido prácticamente imposible en estas semanas sustraerse a la exposición mediática que gira como espiral creciente en torno al campamento Esperanza, como si estuviésemos a las puertas del capítulo inaugural del mejor de los reality shows de los últimos tiempos. Algo pasa en el ambiente. Como chilenos, tenemos la certeza de estar haciendo lo correcto, pero al mismo tiempo intuimos que algo no está del todo bien.
 
Un sentimiento visceral parece advertirnos que nos encontramos una vez más frente a un producto de mercado, de telerrealidad, que huele a esa mezcla salvaje entre solidaridad, morbo y oportunidades. Y a juzgar por el interés nacional y mundial, por las ofertas que llueven hacia el interior y exterior de la mina: viajes, entrevistas, plateas preferenciales en estadios del primer mundo, libros, cátedras universitarias y sumas millonarias, sospechamos que esto recién comienza a mostrar su verdadero rostro. Algo huele mal, algo parece escapársenos de las manos, pero no sabemos qué. Supe de un crítico que tuvo la osadía de cuestionar el show, y se ganó el escándalo de sus pares y de la teleaudiencia. Y es que quienes han invertido tanto para estar en el lugar preciso y en el segundo justo, no desean ser quitados de allí. Incluso más de alguno habrá deseado estar abajo, sepultado, mientras otros comienzan a cuestionar su aparente buena fortuna inicial, a renegar de un destino que les mantuvo siempre a salvo, lejos de la tragedia. Y es que el dinero fácil y la fama pueden hacernos perder el horizonte de la realidad y la ética. Y cuando este horizonte se pierde, cuando traspasamos las fronteras del bien y del mal, entonces hasta la desgracia más inmensa y fatal puede ser el mejor de los bienes posibles, reales, tangibles, inmediatos. No puedo dejar de recordar al pobre Baldomero Lillo, denunciando las injusticias vividas a diario en las minas de carbón de Lota. ¡Qué lejos, qué infinitamente distantes quedaron los dramas y las denuncias de Sub-terra ante un acongojado Don Francisco conduciendo “Corazón de Minero”! Más allá de las fallas técnicas, algo está mal en esos yacimientos, algo amenaza nuevamente las vidas de aquellos mineros.
 
Cuando escucho las repetidas y bien pensadas analogías para el momento del rescate: izamiento, verbo corrientemente atribuido al pabellón patrio; nuevo nacimiento desde las entrañas de la tierra, atribuible a seres legendarios..., insisto en mi sospecha: una atmósfera enrarecida amenaza la esperanza de esos hombres, algo más fuerte y desgarrador que todo el mal soportado hasta ahora, algo que tiene el rostro de palcos y estadios, de sets de televisión y toda la industria que les espera en “la sala de partos”; entidades ansiosas de poder lucrar con esas, sus nuevas vidas, hasta que ya no vendan más y vuelvan a ser extraños para todos, hasta el día en que la ilusión de ser personas sea rota por el impacto de un martillo mucho más sólido y penetrante que aquel que les ha abierto el paso a la luz; eso que llamamos oferta y demanda. Sin desconocer el esfuerzo dedicado al rescate, el manejo político y económico que se ha hecho de él nos recuerda la tesis de Milan Kundera en la Insoportable levedad del ser: una circunstancia fortuita puede cambiar la vida para siempre, y más aún si es bien aprovechada y hábilmente explotada logra sin duda cambiar el rumbo de personas y personajes hasta ahora empeñados como todo buen mortal en el intento de hacer las cosas bien. Pero Kundera advierte a sus lectores lo insoportable que puede resultar una existencia cuando constatamos que el edificio construido, llámese solidaridad, programas políticos, justicia, empatía, religión, o como usted quiera llamarle, no se fundamenta en convicciones éticas que trascienden las meras circunstancias, sino en la evanescencia del presente circunstancial, lo que muchos parecen hoy desconocer, callar u olvidar. Baldomero Lillo se convierte, así, en la sombra difusa y el recuerdo indeseable de una denuncia que ha quedado convenientemente en el olvido: la explotación de los obreros, de todos los obreros. Después de todo, el circo es siempre aplaudido por el pueblo, y muy bien lo saben los gobernantes. Pero vamos a un análisis mayor, e intentemos responder qué y por qué huele mal un campamento minero que ha llegado a ser la versión postmoderna de Sub-terra.
 
Pensadores como Sartre, Nietzsche, Freud, entre otros, nos enseñaron y habituaron a dudar y sospechar de la realidad y de toda experiencia humana, por muy loable que parezca. Pero fueron primero Habermas, Lyotard, y luego Maffessoli, Bauman, Fransen y Baijot, entre una lista de intelectuales que se hace casi interminable, quienes nos advirtieron que la razón moderna, con sus sistemas y meta-relatos, comenzaba a resquebrajarse al mismo tiempo que se hacía sentir la presencia de un movimiento cultural que algunos han coincidido en llamar postmodernidad. Sin adentrarnos en el debate de los conceptos mismos, lo importante aquí es la mutación cultural instalada y omnipresente, cuyo significado mayor es el paso de una cultura basada en la razón social, con sus ideales, proyectos y principios sólidos, a otra fundada en la autorrealización autónoma, es decir, en el beneficio y provecho personal.
 
La mutación no es menor si pensamos que toda la cultura occidental, tal y como la hemos conocido y vivido, es hija del logos, de aquella razón que se proyecta en idearios políticos, científicos, en la industria, en las artes y en la ciencia. Es esta razón la que ahora está cediendo lugar a un nuevo protagonista: el placer, en términos de emoción y pasión. El logos ha sido desplazado por el pathos, la razón por la pasión. No es tema nuestro analizar ahora las causas y el proceso en que esto se ha ido dando, pero sí los efectos que va provocando en las relaciones humanas. Maffesoli es enfático en advertirnos que la mutación de la que habla Baijot y Fransen es evidente en tres estadios claves para el hombre: los procesos de socialización, el consumo y el modo en que los políticos manejan el poder. Y son precisamente estos tres lugares los que están ahora invadiendo el campamento minero en el norte de Chile.
 
Hasta ahora las personas habíamos sido socializadas en al menos tres instancias comunes: la familia, que nos aporta los valores para la convivencia social; las escuelas y universidades, que nos transmiten los conocimientos acumulados por la generación anterior; y las instituciones sociales, que nos aportan los saberes específicos en materia de roles y tareas, haciendo las veces de seminarios para la formación de profesionales y expertos, en el amplio sentido de la palabra. Sin desconocer la validez de lo anterior, hoy estamos ante un nuevo y poderoso ente socializador: Internet. Y con él ha venido el apetito por las vidas expuestas en pantallas de tele-realidad. Poco nos importa lo que está detrás de los dramas humanos, las injusticias sociales, abusos de poder, sistemas económicos pensados para explotar al más débil y hacer a unos pocos cada vez más ricos. Es este apetito por las vidas y dramas humanos expuestos en las pantallas, difundidos en redes sociales de moda como Facebook y Twitter, lo que provoca la atención nacional y mundial por los mineros. Nadie ha querido ausentarse del instante primordial en que “vuelven a nacer”; nadie ha estado dispuesto a renunciar al registro de ese segundo electrizante en que el primero de ellos emerge desde las entrañas de la tierra para abrazar a sus seres queridos.
 
Los medios nos han habituado a la inmediatez, la que provoca placer aquí y ahora. Y las vidas de los mineros no son para la red más que eso: objetos de placer inmediato. Pero incluso no lo serían tanto si no fuese gracias a lo que ha ocurrido en el campo del consumo. La industria instalada después de los ochenta nos ha llevado a valorar lo que está detrás de una marca: estilo, fama, masculinidad, belleza... Lo que realmente nos importa no es el producto en sí mismo, sino lo que hay detrás de él. La atención hacia los mineros, desmedida y explotada hasta la saciedad, está lejos de aquello que llamamos humanidad, condolencia o solidaridad.
 
Los mineros se han convertido en una buena marca, en una marca que todos quieren registrar para el provecho y explotación propios. Sus vidas, esas existencias demasiado humanas, no han importado antes, ni lo harán ahora, ni a futuro. Lo que realmente interesa, la novedad, es la historia que ellos puedan contar, sus pequeños relatos cargados de emoción. Cada una de esas historias vale más que todas las historias de cientos y miles de obreros que padecen semejantes y peores dramas en todo el mundo, y en todos los tiempos. Si de verdad nos importasen sus personas, hace ya tiempo que estaríamos instalando la pregunta y el discurso por el motivo de su actual situación, que es la vergonzosa injusticia y desigualdad social que fragmenta nuestro país y cuestiona su desarrollo. Pero esto carece de peso y relevancia. Lo que todos esperan atrapar es lo que hay en las entrañas de cada minero, convertidos cada uno en un pequeño, emocionante y lucrativo relato. Porque una vez que han caído las grandes ideologías, son estas narraciones, cargadas de sentimiento y pasión, las que logran dar sentido a nuestras diminutas, vacías y estresadas existencias. ¿Hasta cuándo importarán los mineros? Me temo que hasta el tiempo en que el mercado haya explotado su último aliento, y sean otros quienes ocupen su lugar en el turno del morboso placer de los dramas humanos expuestos en la inmediatez de las pantallas mundiales. Es esta conveniencia la que han visto, también, los políticos. Su cercanía a las familias y lugareños crea la ilusión de compartir destinos comunes.
 
Es este el modo del nuevo poder, que ya no se juega en las arenas de los idearios filosóficos, sino en el cotilleo de las emociones cotidianas y callejeras. Y es que cuando la razón no tiene más sentido, lo único que nos queda es abrazarnos en un encuentro infinito y pasajero, único e instantáneo, sin mayores compromisos, para sentir que somos iguales, aunque en lo ordinario de la vida sean otros quienes sigan descendiendo a las profundidades de la tierra, del mar, del infierno; y cuya única posibilidad de ser un rostro real es aquella que intuyeron los mineros que escaparon antes del derrumbe: ser objetos de desgracia para el consumo de una sociedad que se mueve al ritmo del placer.
 
¿Algo huele mal en el campamento Esperanza? Sí, algo huele mal. Lamentablemente los mineros parecen hasta ahora estar cediendo ante una amenaza mayor que la mina misma: la lucha mundial por el poder, el placer y los nuevos mitos. En la medida en que consientan las invitaciones de amigos, ofertas de editoriales, casas de gobierno, estadios, farándulas y teletones, en esa misma medida comenzarán a desmoronarse sus vidas, sin que haya esta vez un solo medio para rescatarles, pues su corazón no será ya el de un minero sino el de quien cede al espejismo del mercado.
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P. Humberto Palma Orellana, Religioso Barnabita. Colaborador Mirada Global.

 
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