Las expresiones más veraces de Henri Matisse. “Todo arte digno de llamarse tal es religioso”, dijo hacia el final de su vida. Pero no se aventuró a decir que él mismo lo era.
Leo J. O’Donovan, S.J.

Washington / Cultura – Luego de la exitosa muestra “Matisse Picasso” organizada por el Museo de Arte Moderno de New York en 2003, Glenn Lowry, director del Museo, le preguntó al curador John Elderfield cuál sería su próximo proyecto. “Bueno, por cierto que no será un Matisse”, contestó.

Afortunadamente, algún tiempo después, el Instituto de Arte de Chicago invitó al señor Elderfield a participar en la conservación y los estudios técnicos que llevaba a cabo en la monumental obra de Matisse “Bañistas en el río”. De esta manera comenzó una colaboración de cinco años que ha tenido como resultado una exposición co-curada por Stephanie D’Alessandro: “Matisse, invento radical, 1913-1917”. Se abrió primero en Chicago y actualmente está en el Arte Moderno hasta el 11 de octubre.

 
Mientras estudiaba con el pintor simbolista Gustave Moreau, Henri Matisse (1869-1954) aprendió a copiar cuadros en el Louvre y durante todo el resto de su vida estudió a sus predecesores. “Debo mi arte a todos los pintores”, dijo. Al principio un alumno lento que empezó pintando obras tradicionales, sombrías, más adelante, aclaró su paleta en escenas pastorales de principios del 1900. Durante el verano de 1905, Matisse visitó Provence con su amigo y artista André Derain y empezó un original uso de brillantes colores que no siempre correspondían al del objeto que estaba pintando. Expuestos en el Salón de Otoño del siguiente mes de octubre, sus pinturas les valieron el nombre de “les Fauves” (las fieras”).
 
En 1909, el coleccionista ruso Sergei Shchukin le pidió a Matisse decorar las escaleras de su casa de Moscú. El artista propuso escenas de danza, música y bañistas. Shchukin se inclinó por las dos primeras. Pero por medio de un boceto que había enviado a su mecenas, siguió con el tema de las bañistas de manera independiente durante los ocho años siguientes, culminando con la enigmática pintura que dio origen y con la cual concluye la actual exhibición.
 
“Invención radical” abre con obras figurativas de 1907 a 1909, incluyendo el potente “Desnudo azul” (1907). El primeros de sus cuatro relieves “Espalda”, de dimensiones mayores a las reales y donde se documenta la visión crecientemente abstracta del artista y su práctica de rehacer obras para lograr un “carácter más real, más verdadera”. Pero el cuadro “Tres bañistas” de Cézanne (1879-92) le da el tono a la exhibición. En 1899, Matisse le compró la pintura a Ambroise Vollard y más tarde dijo: “Esta obra me ha dado sustento moral en los momentos críticos de mi devenir como artista. De ella ha extraído mi fe y perseverancia”.
 
Matisse fue tratado con gran dureza en dos importantes exhibiciones en 1910 y se abstuvo de involucrarse en el mundo artístico parisino. Dos posteriores viajes a Marruecos resultaron ser muy vigorizantes. La exhibición del Museo de Arte Moderno se centra en los años que mediaron entre su regreso a París en 1913 y su partida hacia Niza en 1917.
 
A través de su vida con su esposa en el suburbio de Issy-les-Moulineaux para luego, en 1914, trasladarse a un departamento en el Quai Saint Michele, Matisse revivió temas familiares —escenas interiores, naturalezas muertas, retratos—, pero con un nuevo enfoque de la estructura formal. Según dijo, usó “los métodos de la construcción moderna”, refiriéndose a la ascendencia contemporánea del cubismo y al estilo más fracturado de otros modernistas. En la búsqueda de revisiones y simplificaciones, empezó a raspar y cortar, a dejar a la vista los borrones y permitir que lo que originalmente se había pintado quedara a la vista, debajo de lo que se había pintado encima.
 
Efectivamente, al entrar a la galería donde se exhibe la mitad de las principales 12 telas de los primeros seis meses de 1914, uno siente como si estuviera viviendo dentro de la imaginación del artista, mirando obras familiares como si fuera la primera vez. Se pasa de los colores brillantes a los negros, azules oscuro y grises. Fuertes franjas verticales organizan el espacio de las obras, curiosamente, juntando y separando a la vez. La organización geométrica y plana de “Interior con pecera con peces rojos”, el primero de una serie que muestra la vista desde el estudio hacia el Sena y la Île de la Cité, y desemboca en “Peces de colores y paleta”, una muestra de la más absoluta magia, con los peces de la felicidad y la paleta del artista anclada por una ancha banda negra a la izquierda del centro y un tramo angular sobresaliente hacia la derecha. Cerca de esto encontramos el sorprendente “Retrato de Yvonne Landsberg”, que presenta a una hermosa joven cuyo rostro parece máscara, y cuyo cuerpo irradia curvas como un campo radioactivo.
 
El comienzo de la guerra en agosto de 1914 conmocionó a Matisse. Habiendo sido rechazado para el servicio militar en razón de su edad y condición de salud, se lamentaba que “Derain, Braque, Camoin, Puy, todos están en el frente arriesgando sus vidas… ¿cómo podemos servir a nuestro país?” Compró una prensa manual e hizo gran cantidad de grabados, litografías, xilografías y agua fuertes, muchos de los cuales vendió para recaudar fondos y enviar alimentos semanalmente a las familias y amigos deportados a Alemania. Continuó imprimiendo sus experimentos en retratos al óleo o grabados, colocando un cuadriculado sobre el dibujo de su esposa, aplanando sus sensuales líneas curvas produciendo interpretaciones severamente abstractas tanto de los moldes como de la modelo. Pero también continuó a deleitarse con el color, el que volcó en “Naturaleza muerta según ‘Los postres’ de Jan D. Heem” (1915), una repetición de un ejercicio como estudiante, hecho en 1893.
 
1916 fue un año horrible para Francia, pero Matisse consideró que era su deber seguir con su actividad como artista. Su esfuerzo produjo trabajos extraordinarios como “La ventana”, el salón familiar en Issy-les-Moulineaux, interpretado como una armonía turquesa, pero desmaterializado por una franja de pintura blanca al centro de la tela. “Los marroquíes” fue incluso más importante para Matisse. Representa dos figuras ante un edificio violeta a la derecha, una explosión de melones amarillos y hojas verdes hacia la parte inferior izquierda y un complejo arquitectónico en la parte superior derecha. Pero la sorprendente innovación es que las distintas partes están sobre un fondo completamente negro. Matisse usó negro puro, diciendo: “como un color de luz y no como un color de oscuridad”.
 
La última galería lo deja a uno boquiabierto. Aquí encontramos en tercer relieve de “Espalda”, “La lección de piano” y “Bañistas” —todos del estudio de Matisse de 1917—. “Bañistas” (alrededor de 8,5 pies x 13 pies) no es un cuadro fácil, tanto como “Las señoritas de Aviñón” de Picasso, al cual es una respuesta obvia. Aquí hay una grandeza, casi una inevitabilidad, sorprendente. Esta es nuestra condición, nos dicen las cuatro figuras en su Edén contaminado (una culebra surge de la parte inferior de la tela). Dos de las mujeres están en un banco verde al lado de la franja negra del río; dos miran al espectador, no tienen cara pero cuestionan; todas habitan una estéril geometría de franjas negras, blancas y azules. En esta versión del tema de la Edad de Oro, las figuras están juntas, y sin embargo solas; idílicas pero exiliadas; arrancadas de su época y adentradas en un siglo de grave conflicto, pero con esperanza para el humano.
 
En su año de cuestionamiento radical, Henri Matisse luchó por mantener la continuidad a través del cambio. Llegó a privilegiar el proceso de su arte por sobre el resultado. Su pintura sigue preguntando cómo nuestros sentimientos pueden ser visualizados en una nueva era y cómo la inseguridad de nuestros cuestionamientos, sus riesgos y orígenes pueden ser abordados con honestidad. El humanismo recorre la exhibición del Museo de Arte Moderno, una preocupación valiente por la vida humana y su expresión, que conlleva algo engrandecedor.
 
El riesgo inherente en el arte de Matisse durante estos años se hace cada vez más evidente a medida que él busca la real expresión de sus sentimientos ante el mundo. Tiene cierta analogía con el riesgo que acepta el creyente cuando se prepara para convertirse en un discípulo que no puede saber y al que no se le dice exactamente adónde lo llevará su recorrido. Para un artista moderno como Matisse, todo llamado hacia una finalidad está más allá de él —de hecho es rechazado como ideología—. Pero el creyente moderno también reconoce que la finalidad de la esperanza es un regalo de un Misterio Sagrado digno de confianza, pero imposible de calcular.
 
“Todo arte digno de llamarse tal es religioso”, dijo Matisse hacia el final de su vida. Pero no se aventuró a decir que él mismo lo era. Más bien, nos mostró cómo existía él mismo: sin terminar, incompleto, luchando por permanecer fiel a su talento, a menudo jubiloso sobre cómo veía la vida, sin embargo inseguro acerca de su resultado. Para cualquiera que crea en un Amor antes y más allá del nuestro, en una Palabra que conlleva nuestras preguntas más profundas y es, a la vez, su respuesta, en un Espíritu que a diario se vuelca sobre este mundo que es bueno, pero fracturado, la autenticidad del arte de Matisse llama a que esa fe sea igualmente fiel a sí misma.
 
Las palabras de Marie-Alain Couturier, el gran sacerdote Domínico y quien apoyó a Matisse, son dignas de considerarse: “Creo que los artistas tienen un Dios y que se junta con ellos al final de ese camino que toman todos los hijos pródigos”.
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Leo J. O’Donovan, S.J. Rector emérito de la Universidad Georgetown. Publicado en revista America, www.americamagazine.org

 
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