Niveles de falta de alimentos severos y recurrentes, o lo que el Departamento de Agricultura de los EE.UU. (U.S.D.A.) llama “inseguridad alimentaria con hambre”, han estado creciendo a tasas alarmantes entre los jóvenes.
John J. Diiulio Jr.

New York / Economía – En su alocución de noviembre de 2009 ante la Cumbre sobre Seguridad Alimentaria patrocinada por Naciones Unidas, el Papa Benedicto XVI ha dicho que el hambre “es la demostración más concreta y cruel de la pobreza” y prometió que la Iglesia siempre luchará para “derrotar la hambruna”. La Iglesia está practicando lo que el Papa predicó sobre alimentar a los hambrientos. Misiones católicas internacionales para aliviar el hambre salvan vidas en todo el globo. Y lo que hacen las organizaciones católicas sin fines de lucro para aliviar el hambre en los Estados Unidos es igualmente impresionante y, lamentablemente, necesario.

 Por ejemplo, durante este verano, la arquidiócesis de Philadelphia, a través de su Departamento de Servicios Nutricionales (N.D.S. en inglés), proveerá más de un millón de raciones a los niños más desposeídos de Philadelphia. Durante el próximo año académico, proporcionará más de nueve millones de raciones a los niños pobres.
 
La organización recibe la mayor parte de su financiamiento básico de parte del gobierno, por lo tanto debe cumplir con normas, reglamentos y burocracia. Sin embargo, las extraordinarias mujeres que dirigen el N.D.S., el resto del personal de la agencia, los voluntarios y los católicos que trabajan para programas similares en otras ciudades, de alguna manera se las arreglan año tras año para ayudar a alimentar a los niños hambrientos con un cuidado y compasión comparables a la de Cristo.
 
Esas son las buenas noticias. Sin embargo, las malas noticias son que, a pesar de los esfuerzos contra el hambre que hace la Iglesia, a pesar de otros esfuerzos similares que llevan adelante otras importantes organizaciones confesionales, y a pesar de los programas del gobierno federal que ya tienen décadas de funcionamiento —el Programa de Asistencia de Nutrición Suplementaria, que antes se conoció como Cupones de Alimentos, el Programa Nacional de Desayuno y el Programa Nacional de Almuerzo Escolar—, Estados Unidos está perdiendo terreno en la lucha contra el hambre en el país.
 
La última encuesta del Departamento de Agricultura de los EE.UU. sobre seguridad alimentaria doméstica indica que en 2008, cuarenta y nueve millones cien mil estadounidenses no tuvieron suficiente comida en algún momento del año anterior, superior a los 35,5 millones del 2006
 
Niveles de falta de alimento severos y recurrentes, o lo que el Departamento de Agricultura de los EE.UU. (U.S.D.A.) llama “inseguridad alimentaria con hambre” ha estado creciendo a tasas alarmantes entre los jóvenes. Entre 2006 y 2008, el número de niños en esa categoría subió a más del doble: de 430.000 a 1.077.000. Esto es más de un millón de niños, que en la jerga del U.S.D.A. estaban “sujetos a una ingesta de alimentos reducida y patrones de alimentación desordenados” porque sus “hogares no tenían los ingresos suficientes u otros recursos para obtener alimentos”.
 
Hay quienes dudan que realmente existan carencias humanas tras las duras cifras del U.S.D.A. sobre el hambre entre los niños estadounidenses. Harían bien en leer un nuevo libro de Janet Poppendieck, Free for All: Fixing School Food in America (Univ. of California Press, 2010).
 
Poppendieck, una socióloga de Hunter College, destaca que mientras el gobierno federal trata de obviar el término hambre, basta con conversar con el concesionario de cualquier cafetería de colegio de algún barrio de bajos ingresos sobre el apuro de los niños por tomar desayuno los lunes en la mañana después de un fin de semana largo y “lo convencerán que aunque lo llamemos de cualquier otra manera, el hambre es igual de dolorosa”.
 
Poppendieck dice que demasiados niños pobres “se alimentan de comida sazonada con vergüenza” y en las cafeterías escolares y las tiendas flanqueadas por máquinas de autoservicio, demasiados niños prefieren la comida chatarra que las compañías que tienen mucho poder político trafican junto con los programas federales de alimentación reglamentada nutricionalmente.
 
“Ha llegado el momento”, aconseja Poppendieck, “de eliminar la prueba de medios” y “trasladarse a la alimentación escolar universal gratuita”. Esto también “beneficiaría los niños de ingresos medios para quienes los alimentos saludables se transformarían en regla”.
 
Amén. A principio de los ’90, el U.S.D.A. hizo la prueba de proporcionar alimento gratis para todos en los colegios de Philadelphia. La U.S. General Accounting Office analizó los resultados: la participación aumentó drásticamente y con una administración racional incluso se ahorró dinero.
 
Poppendieck calcula que implementar alimentación escolar universal gratuita costaría 12 mil millones de dólares más por año. Incluso si el costo fuese el doble de esa cantidad, incluyendo más fondos para programas de alimentación durante el verano, sería una inversión sabia y provechosa. La Conferencia Episcopal Estadounidense debiera abogar por la proposición de Poppendieck, y todos debiéramos rezar para que un millón de niños hambrientos reciban su pan diario.
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John J. Diiulio Jr. Autor de Godly Republic: A Centrist Blueprint for America’s Faith Based Future (Univ. of California Press, 2007). Publicado en revista America, www.americamagazine.org

 
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