Programas basados en la fe crean una cultura de servicio en medio de la crisis económica.
Kerry Weber

New York / Economía – Antes de que Stephanie Gullotti empezara a trabajar en la agencia de servicios humanitarios MercyFirst en Brooklyn, N.Y., creía que ese sería una parada transitoria en el camino hacia una carrera en los servicios de salud. Pero desde el pasado mes de agosto, cuando empezó su trabajo allí con niños en crianza temporal, ha adquirido experiencia en la organización de talleres sobre educación, empleo y cuidado de la salud para adolescentes; ha construido relaciones, planificado viajes y alentado a los alumnos de secundaria a que se inscriban en la universidad. “Entré a esto pensando que aprendería algo y tal vez aplicar esos conocimientos a lo que fuera que haga en el futuro, pero me gusta tanto lo que hago ahora, que estoy dividida”, dijo. Hay múltiples razones por las cuales la señorita Gullotti adora su trabajo, pero un gran cheque a fin de mes no es una de ellas.

 Por su trabajo como voluntaria a tiempo complete para la agencia, a través de la Mercy Volunteer Corps, Stephanie Gullotti, de 23 años, recibe un estipendio de US$ 210 mensuales, de los cuales US$110 son para la compra de abarrotes para su comunidad de voluntarios, que está formada por ella y otra persona más. M.V.C., que tiene base en Gwynedd Valley, Pa.; provee a las dos mujeres con vivienda y seguro de salud. Ellas comparten la vivienda e intentan poner en práctica en sus vidas diarias los principios de vida sencilla, comunidad, justicia social y espiritualidad.
 
A pesar que este estilo de vida pueda parecerle a algunos como radical, atrae a más y más adultos jóvenes que buscan programas de voluntariado basados en la fe que les permiten postular a puestos de trabajo a tiempo completo que van desde una semana hasta dos o más años. A menudo los voluntarios eligen este camino como una manera de “retribuir”, de tener una experiencia de servicio de corto plazo, o de explorar opciones laborales. La mayoría vive de un pequeño estipendio en una comunidad, junto con otros voluntarios que comparten su manera de pensar.
 
Según una encuesta hecha por el Catholic Network Volunteer Service, entre 2008 y 2009, más de 13.000 personas se ofrecieron como voluntarios a través de programas basados en la fe. Casi la cuarta parte de estos trabajó durante nueve meses o más. La creciente popularidad de estos programas de voluntariado basados en la fe entre adultos de menos de 25 años refleja un incremento general en el número de adultos jóvenes en los Estados Unidos que decidieron hacer trabajo voluntario durante un plazo significativamente largo, que subió de 7,8 millones a 8,2 millones entre 2007 y 2008, de acuerdo con la Corporation for National and Community Service. Pero a pesar de la abundancia de individuos que buscan trabajo voluntario a tiempo completo después de la universidad, el número total de programas basados en la fe está disminuyendo, y muchos programas están buscando nuevos fuentes de financiamiento a consecuencia de la caída en la economía estadounidense.
 
MÁS NECESIDADES, MENOS RECURSOS
 
Desde el año 2004 el número de programas registrados como miembros del C.N.V.S. ha caído de 236 a 182. De los restantes, 175 ofrecen colocaciones de servicio que duran nueve meses o más tanto en programas en el país como en el extranjero. El programa de voluntariado laico, católico de más largo plazo y también uno de los más antiguos es el Jesuit Volunteer Corps, con sede en Baltimore. Este año las postulaciones para el J.V.C. han aumentado significativamente: 36% desde el año pasado. La oficina principal dejó de recibir más postulaciones luego de haber recibido 650 postulantes para 370 plazas. La organización expandió sus plazas nacionales e internacionales en 12% en un esfuerzo para cubrir la demanda. Pero esto, a su vez, ha planteado una serie de nuevos desafíos.
 
“La necesidad se está expandiendo, y el número de personas que quiere ser voluntario está creciendo”, dijo Kevin O’Brien, el director del Jesuit Volunteer Corp. “Lo que no ha aumentado son los recursos”. Incluso con una base de ex alumnos de más de 12.000 y varios miembros del equipo que trabajan a tiempo completo, el J.V.C. aún no logra los recursos para este año. “Estamos tratando de hacer cosas nuevas y recurrir a nuestros ex alumnos para que nos den su apoyo”, dijo. “Estamos solicitando más becas. La situación no es desesperada, pero el ritmo al cual nos podemos expandir está limitado por las realidades económicas”. El señor O’Brien dice que ha derivado a muchos postulantes calificados hacia otros programas que comparten valores similares.
 
La caída en la economía también ha afectado programas que reciben el grueso de sus fondos de una simple congregación religiosa. Las órdenes se achican y deben ajustar sus presupuestos a medida que muchos de sus miembros se acercan a la edad de jubilarse. Mientras, el crecimiento de programas seculares sin fines de lucro crea más oportunidades para los potenciales voluntarios. Hoy en día, la mitad de todos los programas para post-graduados basados en la fe son administrados por congregaciones religiosas, un 20% menos que hace 14 años, según Jim Lindsay, director ejecutivo de C.N.V.S.
 
Este mes de Julio será el fin del Providence Volunteer Ministry, un programa que duró 22 años y que fue administrado por las Hermanas de la Providencia de Saint Mary-of-the-Woods, en Indiana. Como su primera directora laica, Julie Szolek-Van Valkenburg trabajó durante varios años para construir el programa; estableció dirección espiritual y retiros para los voluntarios. Pero los directivos de la comunidad decidieron cerrar el programa debido a sus costos, las dificultades para alojar a los voluntarios, la disminución en el número de hermanas y la caída en las inversiones de la comunidad religiosa. “Los voluntarios tuvieron una reacción mucho mejor que yo”, dijo la señorita Szolek-Van Valkenburg, al describir su reacción ante tal decisión. “Dijeron que este ministerio como se le conoce, se termina, pero que ya surgirá otra cosa”.
 
A pesar de las dificultades económicas y logísticas, nuevos programas voluntarios siguen apareciendo y 17 personas se inscribieron en los últimos talleres anuales para la formación de líderes de potenciales nuevos programas impartidos por la C.N.V.S. Entre el grupo del año pasado está Ellen Mommarts, la primera directora ejecutiva de Norbertine Volunteer Community, patrocinada por los Norbertines de St. Norbert Abbey en De Pere, Wis. Ella se pasó el año pasado reclutando, buscando alojamiento, desarrollando un presupuesto y estableciendo relaciones con agencias en un sector de Green Bay de gran diversidad cultural. Allí, los seis voluntarios de la organización se comprometieron a trabajar 30 horas semanales con distintas agencias y 10 horas de desarrollo comunitario dentro de los barrios.
 
Si bien las agencias de Green Bay conocen los programas gubernamentales como AmeriCorps, los voluntarios Norbertine son los primeros en el área patrocinados por una comunidad religiosa. Por el momento los Norbertines no piden a las agencias participantes que cubran alguna parte del costo del voluntario, lo que sorprendió a muchas agencias, que agradecieron la ayuda. “Cuando se dieron cuenta que somos serios, estaban fascinados”, dijo Mommarts. “Sabemos que tendrá que haber ajustes en base a las necesidades de los barrios. Ese es el ejemplo que St. Norbert le dio a la orden: cubran las necesidades de las personas, donde éstas se encuentran”.
 
UNA CULTURA DE SERVICIO
 
El boca a boca e Internet sigue siendo la principal vía por la cual los estudiantes universitarios se informan sobre un programa en particular, pero se requiere algo más que buenas relaciones públicas y tácticas de reclutamiento para inspirar a las personas a incorporarse.
 
“Hemos hablado mucho sobre lo que podemos hacer para crear una mayor cultura de servicio, en la cual [el voluntariado de largo plazo] no es visto como algo fuera de lo común, sino como una posibilidad que nos gustaría que la gente al menos considerara”, dijo Jim Lindsay, de la C.N.V.S. “La gente está muy preocupada… por las finanzas, los préstamos estudiantiles; muchos tienen que convencer a sus padres que es algo que vale la pena hacer. Pero creo que finalmente están llegando al punto en que un año de servicio no es un año en banda, un año perdido. Es un año de experiencia en el mundo real, y es una excelente manera de empezar una carrera [o]… de vivir nuestra fe en el servicio por los más pobres”.
 
Según las estadísticas de la C.N.V.S., el 44% de los voluntarios ingresa a la fuerza de trabajo inmediatamente después del completar su servicio; de éstos, el 53% elige las áreas de educación o trabajo social. Otro 12,2% entra a estudios de postgrado, 61% de ellos a medicina, trabajo social o educación. Sin embargo, el trabajo voluntario no es sólo para aquellos que quieren ser profesor o asistente social. “Para algunos el trabajo voluntario les permite seguir una carrera; otros, gracias a este trabajo, adquieren habilidades que se pueden transferir, habilidades para la vida”, dijo Mike Goggins, director ejecutivo del St. Vincent Pallotti Center en Washington, D.C., que ofrece recursos de oración, redes de grupos comunitarios y boletines informativos para los voluntarios potenciales, actuales y pasados. “Creo que muchas de las personas que optan por el servicio voluntario de largo plazo tienen los medios económicos para permitirse trabajar un año sin que le paguen… A veces, el llevar una vida simple en una comunidad muy rural, o en un país extranjero, o en un ambiente muy urbano puede ser una experiencia asaz diferente para ellos”.
 
John Mullman, de 49 años, está plenamente consciente que fue sacado de su elemento cuando se unió al J.V.C. en 1982, después de hacerse graduado del College of the Holy Cross en Worcester, Mass., con un título en economía. En aquel tiempo no se había aventurado muy lejos de su pueblo natal en Long Island, de manera que el puesto como profesor y coordinador de programa de actividades extra-curriculares en Washington, D.C. era toda una aventura.
 
“Existe un elemento en esto que es incómodo, y que es parte del valor de esta experiencia”, dijo. “Una cosa es tener que vivir con US$ 60 mensuales por año, cuando al final de ese período puedes elegir no hacer eso”. “La gente con la cual estás trabajando no tiene esa elección. Y te afecta”. El señor Mullman, que en la actualidad está casado con otra ex voluntaria de los jesuitas, se dedica al negocio financiero y es parte del directorio del J.V.C. “Las lecciones que uno aprende permanecen. La idea de retribuirle a las personas que son menos afortunadas es algo que hemos traspasado a todos nuestros hijos —eso espero—”.
 
Para algunos, la transición desde el voluntariado a lo que venga después, puede ser difícil. “Los voluntarios sufren cambios profundos, luego vuelven a casa y tratan de hablar de ello y la respuesta es: ‘Sí, claro, fantástico. Vamos a hacer pizza para cenar.’ O ‘ya llegó el filántropo’”, dice Marian Uba, directora ejecutiva de Mercy Volunteer Corps. “Tratamos de ayudar a los voluntarios a comunicar su experiencia de manera constructiva”. Enseñarles a ritualizar sus despedidas” también es parte del ministerio. Muchos ex voluntarios se sienten cómodos en trabajos o comunidades que conservan los valores de su programa de voluntariado.
 
La experiencia de voluntariado de Cinnamon Sarver la inspiró a “profundizar más en los temas de pobreza voluntaria”. Después de trabajar como terapeuta y administradora de casos en un hospital mental a través de Channels —un programa asociado a la Diócesis de Seattle, Ms., que ya no existe—, la señorita Sarver, de 39 años, se unió a una comunidad de trabajo católica. “Fue muy difícil para mí imaginarme en un trabajo de tiempo completo donde no comprometiera valores fundamentales mediante el pago de impuestos a un gobierno que apoya la guerra, la pena capital y el aborto”, dijo. Desde entonces ha pasado seis años en varias casas de trabajo católicas, siete años trabajando de profesora a tiempo completo y recientemente terminó un Masters en teología en la Universidad de Notre Dame, que es considerada por muchos programas de voluntariado como la mejor universidad para reclutamiento de voluntarios. A pesar de sus quejas, Sarver descubrió que unirse a la fuerza laboral tiene su lado bueno. “He podido explorar mi faceta como educadora, y tengo muchas aptitudes en esa área que no pude explorar a cabalidad en mis experiencias como voluntaria”, dijo.
 
Para Ellen Derby, de 26 años, el valor de la comunidad se quedó en ella después de los dos años que pasó como profesora en Micronesia a través del J.V.C. Se quedó un año adicional en calidad de directora del colegio. En el otoño Derby será profesora de religión y consejera religiosa en una escuela secundaria de California. A ella le agrada hablar de su experiencia como voluntaria, pero a veces se siente frustrada cuando algunos tratan de etiquetar su experiencia como un recreo.
 
“Hay gente que dice ‘Qué bueno que te estás dando el tiempo para hacer eso’, y me dan ganas de contestar, ‘es el trabajo más duro que he tenido en toda mi vida’”,, comenta. “Todos los días estaba trabajando de sol a sol. No fueron para nada unas vacaciones… Al irme no me imaginé lo importante que esto sería para mi vida. No es un desvío en el camino. Este voluntariado fue parte del camino”.
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Kerry Weber. Editor asistente de revista America, es un Mercy Volunteer Corps alumna. Publicó este articulo en revista America, www.americamagazine.org

 
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