Treinta años después de su muerte, el arzobispo Óscar Romero sigue siendo un referente
Richard Amesbury / Andrew Kirschman

New York / Religión – El lunes 24 de marzo de 1980, el arzobispo Óscar Arnulfo Romero fue asesinado a tiros mientras celebraba misa en la capilla de la Divina Providencia del hospital oncológico de San Salvador. Romero, quien había sido considerado como un cura tranquilo, un ratón de biblioteca, tuvo la osadía de hablar en contra del terrorismo de Estado y a favor de las víctimas sin voz y a menudo empobrecidas. En su homilía en la basílica de San Salvador el día anterior, se dirigió directamente al ejército y a la guardia nacional: “Les imploro, les ruego, en nombre de Dios les ordeno: ¡paren la represión!” Trágicamente su llamado no fue escuchado. Al menos 75.000 salvadoreños murieron en los 12 años de guerra civil entre el gobierno salvadoreño apoyado por Estados Unidos y una coalición de grupos rebeldes conocida como el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional. A pesar que ha habido grandes progresos desde que terminó la guerra después de un acuerdo al que se llegó en 1992, aún quedan desafíos significativos. A 30 años de su asesinato, el arzobispo Romero sigue siendo un símbolo de esperanza para los que están en el último peldaño de la historia salvadoreña —una historia que está inextricablemente ligada, para bien o para mal, con la historia de los Estados Unidos—.

Hace un par de años, algunos de nosotros que marchábamos por las calles de San Salvador en la procesión anual en honor del arzobispo Romero tuvimos una experiencia colectiva que nos dejó sin respiración mientras doblábamos una esquina. Al lado del camino había un montón de partes de cuerpos humanos: brazos, piernas, torsos. Un vendedor callejero pregonaba sus maniquíes, pero en este país, traumatizado por la violencia, su pila de partes de cuerpos nos produjo una sensación que sólo la risa fue capaz de disipar. A 18 años del fin de la guerra civil, los salvadoreños viven con la ansiedad de “tener que aceptar la posibilidad de la muerte —y de la muerte violenta— a cada instante”, dice Juan Hernández Pico, S.J., profesor de teología de la Universidad Centroamericana de Sal Salvador. La tasa de homicidios en El Salvador está entre las más altas de América Latina, con cerca de 4.300 muertes denunciadas en 2009, un promedio de casi 12 diarias.

El Padre Pico dice que las raíces de la violencia radican en la “inequidad de riqueza y de bienestar”. Cifras conservadoras sugieren que la pobreza afecta a un tercio de la población salvadoreña, y por lo menos la mitad de ellos sobreviven con menos de un dólar diario. Los números reales, sin embargo, pueden ser muchísimo más elevados. La extrema pobreza es especialmente desenfrenada en áreas rurales. En contraste con ello, en los barrios pudientes de San Salvador, como Santa Elena y Colonia San Francisco, “podemos ver hermosas y enormes casas rodeadas de muros de piedra con cerco de alambre de púas electrificado”.

LOS POBRES MARGINADOS

A pesar de la rápida reconstitución de la sociedad civil en la post-guerra, la vida política en EL Salvador está marcada por fuertes exclusiones, principalmente de los más pobres. “En El Salvador, los pobres son el grupo social más marginado, y la razón es muy simple: ellos no tienen los recursos para tener influencia en el gobierno”, dice William M. LeoGrande, especialista en política Latinoamericana y decano del School of Public Affairs de la American University en Washington, D.C. Si bien estas exclusiones se pueden explicar como los inevitables problemas de un país en transición después de una guerra civil, su extensión e intensidad ha llevado a algunos observadores a concluir que la democracia en El Salvador sigue siendo sólo nominal y que las jerarquías sociales de los ’70 están básicamente intactas.

Sonja Wolf, investigadora sobre El Salvador de la Universidad Autónoma de México sostiene que El Salvador se caracteriza por “el autoritarismo electoral” en el cual los ropajes externos de la democracia como el multipartidismo sirven para ocultar desigualdades radicalmente no-democráticas en el poder económico y el acceso político. “Los acuerdos de paz y la introducción de la democracia formal a través de las elecciones no hicieron de El Salvador un estado democrático”, dice Wolf. “Muchas de las cosas que Óscar Romero dijo hace 30 años lamentablemente, todavía se mantienen vigentes”.

Desde el fin de la guerra civil, el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional se ha incorporado al proceso político como partido. En marzo de 2009, Carlos Mauricio Funes Cartagena se transformó en el primer presidente del F.M.L.N. en ser elegido presidente, rompiendo con 20 años de hegemonía del derechista partido Arena. Funes, un conocido periodista de televisión, hizo una plataforma moderada de reducción de la criminalidad y expansión del sistema de salud, y logró el 51% de los votos. Muchos analistas ven su triunfo como una indicación del aumento de la insatisfacción con las políticas del partido Arena, pero no necesariamente como un aumento en el apoyo al F.M.L.N. A pesar de ello, Wolf sostiene que “el triunfo fue significativo en el sentido que trajo alternancia en el poder, le envió un mensaje a la derecha que ésta no es dueña del país y le dio al F.M.L.N. la oportunidad de demostrar que puede gobernar el país de manera eficiente”. A pesar de las altas expectativas, el presidente Funes enfrenta una fuerte oposición política. “Él es joven, inteligente, futurista y pragmático —muy parecido al presidente Obama”, dice LeoGrande—. “No obstante, enfrenta duros desafíos. Tiene relativamente poca experiencia en política y enfrenta una oposición incondicional de la derecha que basa su propio camino de regreso al poder en impedir que gobierno tenga éxito”.

REFORMAS ECONÓMICAS

Durante la década pasada, El Salvador fue objeto de grandes reformas económicas en un esfuerzo por atraer la inversión extranjera. En el 2001 el país adoptó el dólar estadounidense como su moneda oficial, lo que ayudó a controlar la inflación y a mantener la tasa de interés en un nivel bajo, pero también produjo aumento de precios ya que éstos se redondearon hacia arriba. Como resultado de ello los salvadoreños no se han beneficiado de la actual debilidad del dólar. El 2003 El Salvador firmó el Acuerdo de Libre Comercio de América Central, pero el crecimiento económico fue un modesto 3% anual hasta el 2009, cuando la economía se contrajo en 3,3%. Los bienes se repartieron de manera desigual. A medida que la industria manufacturera y de servicios pasó a ser el motor de la economía, en reemplazo de la agricultura, una nueva élite económica reemplazó a la aristocracia terrateniente (conocida como las Catorce Familias) que controlaba el país en los tiempos de Romero.

En años recientes, los índices de pobreza han retrocedido, pero la disminución tiene menos que ver con mejoras en las políticas económicas que con las remesas provenientes de salvadoreños que viven en el extranjero, lo que representa el 18% del producto interno bruto del país. A pesar que en el corto plazo las remesas significan una ayuda bienvenida para muchos, también han provocado un incremento en los precios. Ya que las remesas están fuera del control de los que hacen las políticas públicas y dependen de las decisiones individuales de cerca de 2,5 millones de salvadoreños que viven en los Estados Unidos, poco contribuyen a los proyectos públicos y son una base para nada confiable para el crecimiento económico en el largo plazo. En enero, el Banco Central de El Salvador anunció que las remesas habían caído en 8,5% durante el año 2009, llegando a $3,460 mil millones, la primera caída de este tipo en 25 años.

Fisuras en la sociedad salvadoreña, que se hicieron más profundas y extensas durante los últimos 30 años por causa de la guerra civil y el conflicto económico, también dividen a la Iglesia católica. “Para algunas personas en la Iglesia, la misión de ésta es la de salvar almas, hacerlas llegar al cielo. Esto parece tener no tener mucha conexión o ninguna relación esencial con las condiciones sociales”, dice Dean Brackley, S.J., un teólogo de la Universidad de Centro América. “Para otras personas en la iglesia, los pobres son los vicarios crucificados de Cristo, y si no caminamos junto a ellos, no estamos caminando con Él”.

El sucesor del arzobispo Romero, arzobispo Arturo Rivera Damas, siguió concibiendo la iglesia como la voz de los que sufrieron injusticia, opresión y pobreza. Sin embargo, en 1995, el tono cambió cuando Fernando Sáez Lacalle, miembro del Opus Dei, fue nombrado como el sexto arzobispo de San Salvador. A pesar de ser un fuerte crítico de la violencia de las pandillas y la explotación internacional del oro, el arzobispo Sáenz Lacalle, español, fue un cooperador cercano del gobierno del partido Arena y aceptó premios de manos de los militares, incluyendo el grado honorífico de Brigadier General. Durante su tiempo como arzobispo, Sáenz Lacalle promovió la canonización de Óscar Romero, pero no participó en la procesión anual del 24 de marzo y la misa conmemorativa que se celebra al aire libre. A pesar que se dieron razones para su ausencia, muchos participantes creen que el arzobispo no estaba a tono con la iglesia de la que hablaba Romero, la Iglesia de los pobres. Durante la procesión los participantes repetían el cántico “Queremos obispos al lado de los pobres”.

EL CASO DE JON SOBRINO

En marzo de 2007, la Congregación para la Doctrina de la Fe emitió una notificación sobre las “proposiciones erróneas o peligrosas” supuestamente presentes en el trabajo del teólogo de la U.C.A., Jon Sobrino, S.J. El padre Sobrino, un teólogo vasco que trabajó como confidente y consejero teológico del arzobispo Romero, ha escrito vastamente sobre la difícil situación de los pobres visto desde el enfoque de la Cristología. El documento vaticano hace cuestión que el énfasis de Sobrino en la iglesia de los pobres como el “escenario” en el que se centra la Cristología y expresa preocupación porque su teología minimiza la divinidad de Cristo. Contrariamente a otros teólogos de la liberación en América Latina, el Padre Sobrino no fue acallado. Con todo, catequistas y feligreses locales tienen dudas de las razones que tuvo el Vaticano para hacerle una reprimenda pública al teólogo cuyo trabajo durante su vida entera ha sido estar decididamente al lado de los pobres y marginados del país. En tanto, la causa para la canonización del arzobispo Romero, abierta durante el pontificado de Juan Pablo II pareciera haberse estancado bajo el Papa Benedicto XVI.

Dado que la influencia social de la Iglesia católica salvadoreña ha caído, su feligresía también ha disminuido. De acuerdo con un informe de octubre de 2009 del Instituto de Opinión Pública de la U.C.A., los católicos hoy en día son un poco más del 50% de la población, mientras en 1988 eran el 64% Las iglesias protestantes, especialmente la Pentecostés, ahora tienen el 38,2% de la población. Sin embargo, hay señales que la dirigencia de la Iglesia ha empezado a recuperar su voz profética. En febrero de 2008 José Luis Escobar Alas reemplazó al arzobispo Sáenz Lacalle como jefe de la Iglesia en San Salvador. En un acto sin precedentes en la historia reciente, Escobar, de nacionalidad salvadoreña, invocó a Romero en su homilía inaugural, refiriéndose a él como “mártir… que nos ve desde el cielo, nos acompaña y nos bendice”.

Un informe de la Comisión de Verdad de Naciones Unidas de 1993 identificó al mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del partido Arena, como el arquitecto del asesinato de Romero, pero D’Aubuisson había muerto en año anterior y sus supuestos co-conspiradores nunca han sido llevados a juicio. En marzo de 2010, el gobierno de Funes aceptó la validez legal de los informes de Naciones Unidas y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y Funes dijo que el arzobispo Romero “fue víctima de la violencia ilegal llevada a cabo por un escuadrón de la muerte”. El gobierno también planea abrir una investigación sobre el asesinato, acatando una sentencia de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de 2000.

UNA POBLACIÓN JOVEN

Dado que el 35% de la población de El Salvador tiene menos de 15 años, muchos son demasiado jóvenes para recordar al arzobispo Romero. Pero a pesar de las continuas divisiones entre la iglesia y la sociedad, o tal vez a causa de ellas, su legado sigue siendo un poderoso motor de la vida salvadoreña. “Romero es importante independiente de la generación que se trate”, dice Ana Grande, de 30 años, una salvadoreña-estadounidense de segunda generación que organiza a la comunidad en Los Ángeles. “Para la generación más joven, a pesar que no tuvieron contacto de primera mano, es el recuerdo de la fe y la justicia. Otros perdieron seres queridos durante la guerra civil y reflexionan sobre la valentía de cada uno junto con Romero”, dice Grande. Su tío-abuelo, Rutilio Grande, S.J., fue asesinado el 12 de marzo de 1977, dos semanas y media antes que Romero fuera hecho arzobispo. El asesinato es considerado como la gota que colmó el vaso y que produjo el cambio del arzobispo de tener una posición moderada a convertirse en activista por los derechos humanos. “En este país azotado por la violencia, los salvadoreños apelan a San Romero de América con la esperanza de convertir a los niños pandilleros en ciudadanos productivos”, dice la señorita Grande. “Apelan a Romero en tiempos de enfermedad o desesperación. Cualquiera la causa, Romero siempre está presente”.

En los letreros camineros o en las carteras de las campesinas que venden fruta en las calles, la imagen de Romero es ubicua. “Lo que la gente recuerda es que él estaba allí”, dice el Padre Hernández Pico. “Esa presencia, esa cercanía, esa actitud misericordiosa ante el sufrimiento es lo que los salvadoreños recuerdan”. El resulta, observa, es que “Romero se ha transformado en santo mucho antes que la iglesia haya sentido la necesidad de canonizarlo”.
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Richard Amesbury. Profesor adjunto de ética en Claremont School of Theology y profesor adjunto de religión en Claremont Graduate University in California. Es co-autor del libro Faith and Human Rights (2008). Andrew Kirschman, S.J., enseñó sociología y ciencia política en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas en El Salvador desde 2005 a 2008. Publicado en revista America, www.americamagazine.org
 


 
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