Como estadounidenses debemos estar dispuestos a sacrificar un poco de nuestro interés personal si queremos que nuestra economía y nuestro sistema de salud sobrevivan.
John F. Kavanaugh, S.J.

St. Louis / Política – A principios de febrero recibí un paquete de cartas de niños de 8º año del Saint Joseph School de la ciudad de New York. Los alumnos sugerían maneras de ser incisivos y a la vez respetuosos al discutir de política y muchos de ellos parecían más maduros y honestos que muchos demócratas y republicanos adultos o que los comentadores de noticias de MSNBC o Fox News. Espero que a medida que crezcan no se contaminen con el degradado discurso de nuestra política y nuestros medios.

 

Nuestro discurso político sufre de anomia, o falta de normas sociales. Hay poco respeto por cualquier posición que no sea el interés propio. En vez de una crítica racional, se lanzan improperios de manera automática. Si uno ve las tres cadenas [de medios] más importantes y PBS, no se ve mucho de esto, a pesar que creo que efectivamente tienen una posición sesgada hacia la izquierda. Pero si usted sintoniza los canales de cable, hay mucha leña para avivar el fuego —analistas que ridiculizan a Sara Palin como estúpida, y analistas que “se preguntan “si el Presidente Obama es un ciudadano”—. Ver algunos de estos programas podría hacer que una persona sienta que está próxima al pecado. Ya seas liberal o conservador, el pecado puede ser la ira. Peor aún, podría ser la desesperación.

En cuanto a mí, seguiré el consejo de mi joven corresponsal —respetar al Presidente Obama, pero cuestionarlo—. Incluso antes de asumir, el Presidente fue empujado hacia un estado de cosas francamente desalentador: un país que estaba militar y económicamente comprometido. Esto no significa que pueda echarle la culpa de todo al ex Presidente George Bush. El Presidente Obama debiera darle crédito a Bush por las buenas decisiones que tomó, reconocer cuáles programas la nueva administración va a mantener y anunciar qué políticas va a cambiar.

Más importante aún, debiera ser implacablemente honesto con nosotros. Esta es la única manera de eliminar el furúnculo de egoísmo que tiene inflamado el cuerpo político. Pero será una tarea difícil, porque los miembros de la audiencia no quieren escuchar malas noticias, al menos ninguna que los toque a ellos.

En vez de ponerle nombre y confrontar esta ilusión, pareciera que el Presidente —hasta ahora— sólo quisiera agradar a todos. Pero resulta que nadie parece estar contento. Miremos sólo el desorden por la reforma al sistema de salud. Los grupos pro-elección [decisión sobre aborto] dicen que una cláusula de consciencia para doctores y enfermeras es violencia contra las mujeres. Los lobistas de los abogados litigantes no quieren restricciones a las demandas. Las compañías de seguros objetan la competencia interestatal. Los pacientes se oponen a los límites a los procedimientos o a las coberturas que necesitan. La derecha quiere menos estado y menos impuestos. La izquierda quiere más programas y servicios. La razón por la cual la mayoría de las personas se resisten a una verdadera reforma al sistema de salud es que tienen miedo de perder algo.

El Presidente tiene innumerable virtudes —especialmente en materias que requieren de prudencia, justicia y templanza—. A lo que debe apelar ahora es a su fortaleza. Tiene que admitir que todos perderemos algo. Y debiera preguntarse lo siguiente: ¿Específicamente, qué estamos todos dispuestos a aceptar en favor del bien común? ¿Más impuestos? ¿Menos derechos? Necesitamos apoyar ambas. Pero si la respuesta es un rotundo no desde la derecha a la izquierda de nuestro país, podemos estar seguros que las cosas sólo empeorarán. Con guerras que cuestan millones de billones de dólares y déficits de millones de billones, la economía se va a tambalearse. Sin la reforma a la salud, puede que se desmorone.

En reforma a la salud, no importa cuál sea el resultado de la última cumbre en la Casa Blanca, necesitamos un sistema básico de seguro de un único pagador, para todos. Y necesitamos que los planes de las aseguradoras compitan entre sí, incluso cruzando las fronteras estatales, para los que compran un Cadillac, en una boutique o planes de opciones especiales. Necesitamos la reforma a los agravios y limitaciones a los juicios contra doctores que son acosados, que no será del agrado de muchos abogados litigantes. Pero también necesitamos la libertad para comprar, en otros países, medicinas que han sido aprobadas, lo que no será del agrado de las grandes compañías farmacéuticas. Y finalmente, nosotros los pacientes, debemos darnos cuenta que en materia de salud, no tenemos derecho a todo aquello que es posible.

Como estadounidenses debemos estar dispuestos a sacrificar un poco de nuestro interés personal si queremos que nuestra economía y nuestro sistema de salud sobrevivan. A finales de enero, el Presidente le dijo a Diane Sawyer en el programa “World News” de la cadena ABC: “Prefiero ser un muy buen presidente por período que uno mediocre por dos períodos”. Ahora tiene la oportunidad de probarlo. Quizás sus compatriotas se sentirán inspirados por su propia disposición a sacrificar un segundo período presidencial al decirnos no lo que queremos escuchar, sino que la verdad que necesitamos escuchar.
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John F. Kavanaugh, S.J., es profesor de filosofía en la Universidad de Saint Louis, Mo. Publicado en revista America, www.americamagazine.org
 


 
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