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Que la impunidad no prevalezca esta vez. Que los responsables sean alejados y castigados. Que la transparencia predomine y la ética sea el tono de este triste fin de año en el país de tantos contrastes.
Maria Clara Lucchetti Bingemer

Río / Sociedad – El título de este artículo podría parecer una contradictio in terminis. Si la oración es una dinámica de amistad, de relacionamiento amoroso, como definieron tantos maestros espirituales, incluida ahí la gran Santa Teresa de Ávila; si es como dice el Papa Benedicto XVI, un ejercicio de esperanza, ¿como podría ser corrupta? La oración es constitutivamente lo contrario aun de la corrupción, y con ella no puede convivir pues no presenta con esta última ninguna aproximación o parentesco.

Pero, como todo puede suceder, y más aún en Brasil, tierra de sorpresas, he ahí que el país esté perplejo en los últimos días porque en el último escándalo que involucra al gobernador de Brasilia casos de corrupción, la oración aparece como parte integrante de la transacción inicua e ilegal que llena los bolsillos de los ladrones y asalta los del contribuyente honesto, que trabaja duramente para garantizar su propia supervivencia.

El escándalo, al contrario de otros, empezó a esparcirse en los altos escalafones del gobierno. Los videos y las escuchas que denunciaron la escalada corrupta fueron producidos de arriba hacia bajo. En general, es en los escalafones bajos que esos procesos comienzan y van subiendo hasta transbordar. No fue así esta vez. El primer vídeo involucró y denunció al gobernador y, además, el material del cual dispone la Policía Federal promete una novela de dimensiones y extensión pavorosa.

Pero el escándalo mayor de todos, mayor que cualquier otra cosa es realmente aquel en que parlamentarios aparecen llenándose ávidamente los bolsillos de dinero y agradeciendo a Dios por la propina en una escena inaudita. Sin embargo, quien la vio puede atestiguar que era real.

Pareciera que uno de los personajes de la tragicómica escena, el diputado Durval Barbosa, es dado a mezclar el nivel religioso con el financiero y el político, produciendo una despreciable mezcla. Según informa la prensa [1], durante la campaña electoral de 2006, el entonces presidente de la Compañía de Planificación del Distrito Federal (Codeplan), Durval Rodrigues, grabó un momento de oración en su gabinete. Dos diputados del DF, los mismos que recibieron propina, se encontraban en la sala en aquella ocasión. Uno de ellos dirigió la oración.

Ahora es el dinero corrupto, guardado en los bolsillos y calcetines, el que es agradecido a Dios en una oración conjunta. La corrupción y la inmoralidad agradeciendo Dios por haber supuestamente bendecido sus ilegales iniciativas.

Es repugnante y doloroso que esos políticos y parlamentarios que abogan para sí el nombre de cristianos lleguen a ese nivel de corrupción y contratestimonio.

No es sin razón que la Biblia judaica coloca en el decálogo como mandamiento, después de “Amar a Dios sobre todas las cosas”, la prescripción de “No tomar su santo nombre en vano”. Lo que vemos aquí es simplemente lamentable. La invocación del nombre de Dios para encubrir y, para peor, para legitimar acciones deshonestas y agresiones a la ética.

En el Nuevo Testamento cosas de ese tipo son descritas por Jesús como escándalo a los pequeños, a los frágiles, a los sensibles. Aquellos que las practican —dice el Señor— sería mejor que se tiraran al agua con una piedra de molino atada al cuello. Mejor aún, la muerte que matar la buena fe y la esperanza de los pequeños y de los pobres.

Es eso lo que lamentablemente está aconteciendo en el país, que a los ojos del mundo es portada de The Economist y despega como una de las grandes potencias del futuro. En flagrante contradicción con su marcha hacia el desarrollo, bucea y se empantana en el lodo de la más despreciable y desvergonzada corrupción, invocando además el nombre de Dios para legitimarla.

Que la impunidad no prevalezca esta vez. Que los responsables sean alejados y castigados. Que la transparencia predomine y la ética sea el tono de este triste fin de año en el país de tantos contrastes, nuestro gigante, el que a veces despierta atacado del más absoluto enanismo ético y espiritual.

[1] EXTRA online, 6 de diciembre de 2009.
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Maria Clara Lucchetti Bingemer. Teóloga, profesora y decana del Centro de Teología y Ciencias Humanas de la Universidad Católica de Río. Autora de: Simone Weil - A força e a fraqueza do amor (Ed. Rocco) www.users.rdc.puc-rio.br/agape


 
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