El propósito principal de la reunión de Dinamarca es diseñar un documento de reemplazo para el Protocolo de Kyoto de 1997, el intento de Naciones Unidas para reducir el calentamiento global que expira el 2012.
Equipo revista America

New York / Ecología – En medio de pronósticos catastrofistas que la Conferencia sobre el Clima de Copenhague que tiene lugar entre el 7 y el 19 de diciembre resultará en ningún tratado vinculante, el Secretario General de Naciones Unidas, Ban Ki-moon ha advertido que las demoras en reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero podrían originar consecuencias globales devastadoras. En una carta abierta a la Asamblea General de las Naciones Unidas, enfatizó que “ahora es el momento” para concluir un tratado vinculante. La urgencia surge del hecho que el nocivo incremento en las emisiones afecta prácticamente a todos los aspectos de vida en el planeta, desde la pobreza al crecimiento económico, a la seguridad alimentaria y el agua potable.

El propósito principal de la reunión de Dinamarca es diseñar un documento de reemplazo para el Protocolo de Kyoto de 1997, el intento de Naciones Unidas para reducir el calentamiento global que expira el 2012. Pero las naciones del mundo no se ponen de acuerdo sobre cómo proceder. Ni el gobierno de Clinton ni el de Bush llevaron el Protocolo de Kyoto al Congreso para su ratificación, y en 1997 el Senado decidió, por 95 votos a 0, no ratificarlo si se presentaba, a menos que China y otros importante países en desarrollo aceptaban limitaciones vinculantes a la producción de carbono primero.

Desgraciadamente, está claro que el actual Congreso no va a producir legislación sobre emisiones de gases de invernadero antes de la reunión de Copenhague. Los Estados Unidos será, por tanto, el único país desarrollado que no tiene una meta establecida para la reducción de carbono. Somos el mayor productos de gases de efecto invernadero per cápita, muchísimos más que China.

Los grandes desafíos que enfrentan los 192 países reunidos en Dinamarca incluyen: ¿Hasta qué punto están los países industrializados dispuestos a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero?, ¿en cuánto están dispuestos importantes países en desarrollo, como China e India, a reducir sus propias emisiones, y de qué manera en desarrollo recibirán el financiamiento necesario para reducir sus propias emisiones e implementar tecnologías verdes bajas en carbono? El National Religious Partnership for the Environment (Sociedad Nacional Religiosa para el Medio Ambiente) y la Catholic Campaign on Climate Change (Campaña Católica por el Cambio Climático) han sido vigorosos defensores de la integración de los pobres del mundo en un convenio sobre clima con fondos tanto para adaptar la infraestructura para ayudar a sobrellevar los inconvenientes del cambio climático como para la transferencia de tecnologías verdes.

En algunos aspectos, el tema de los fondos es “el tema”, como lo dijo Ban Ki-moon. La Unión Europea está dispuesta a poner US$100.000 millones anuales para la transferencia de tecnologías verdes para ayudar a los países pobres a mitigar el impacto del cambio climático, pero los grupos de desarrollo estiman que se necesitan al menos US$400.000 millones. En una reunión preparatoria para la de Copenhague, que tuvo lugar en Barcelona en octubre, un grupo de países africanos amenazaron con boicotear las sesiones si los países ricos no se comprometen a mayores aportes de mitigación para el cambio climático y transferencia de tecnología. Sin el financiamiento adecuado, los países africanos, del sudeste asiático y Latinoamérica son los que más van a sufrir las consecuencias del calentamiento global, a pesar de estar lejos de ser los responsables de su emisión.

El Arzobispo Celestino Migliore, observador permanente de Naciones Unidas a la Santa Sede indicó a la Asamblea General en Noviembre lo preocupante que resulta la demora porque los países más pobres ya están sufriendo el peso del calentamiento del planeta. A medida que las capas de hielo se derriten y sube el nivel del mar, naciones vulnerables, que están a niveles bajos en relación al mar, como Bangladesh, se verán seriamente afectadas. De hecho, en la cumbre de la Commonwealth que se llevó a cabo en Port of Spain, en Trinidad y Tobago el 27 de noviembre, los participantes hicieron notar que muchos de aquellos que tienen menos posibilidades de soportar los cambios adversos de clima, viven en pequeños estados miembros de la Commonwealth.

La deforestación galopante contribuye de manera importantísima al incremento en las emisiones. Vastas áreas de la selva se han destruido en el Amazonas brasileño para hacer lugar para cosechas que producen grandes ingresos, y lo mismo ocurre en Indonesia y Congo. Los árboles vivos absorben dióxido de carbono de la atmósfera. Cuando se cortan, emiten dióxido de carbono, de manera que la deforestación implica una doble pérdida.

Pero los medioambientalistas enfatizan que preservar la selva debe ir acompañado de la protección de las comunidades indígenas así como de la frágil biodiversidad. Hasta ahora todos los países han sido libres para establecer sus propias limitaciones a la deforestación. Algunos países en desarrollo, como Brasil, han empezado a adoptar compromisos serios en esta dirección, como también en el desarrollo de fuentes de energía alternativas.

A medida que crece la evidencia del daño causado a las ecologías regionales, al hábitat animal y a las poblaciones humanas, especialmente entre los más pobres, más urgente se hace llegar a un acuerdo para la reunión de Ciudad de México del año próximo. Si el planeta va a sobrevivir, como concluye el Papa Benedicto en <i>Caritas in Veritate</i>, todos los países deben aceptar reducciones obligatorias de las emisiones de carbono y construir una estructura equitativa de consumo de energía y compartir el desarrollo de las tecnologías verdes entre las naciones ricas y las pobres, para el bien de esta generación y de las generaciones venideras.
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Equipo de revista <i>America</i>. Publicado en revista <i>America</i>, www.americamagazine.org


 
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