La libertad religiosa está severamente restringida, y el número de cristianos ha disminuido. Valores como el pluralismo y la diversidad han sido dejados de lado, en beneficio de una estricta observación de la ley coránica.
David Pinault

California / Religión – Los cristianos en Sanaa, la capital de Yemen, no pueden rezar en una iglesia. Deben congregarse en secreto en sus casas, y los yemeníes no cristianos son vigilados para asegurarse que no asistan. Durante una reciente visita al país, asistí a muchas de esas misas clandestinas y observé con admiración como tanto extranjeros como yemeníes buscaban maneras de practicar su fe en un entorno hostil.

Desgraciadamente, la difícil situación de los cristianos en Yemen no es la excepción. En Irak, Arabia Saudita y otros países del mundo musulmán, la libertad religiosa está severamente restringida, y el número de cristianos ha disminuido. Valores como el pluralismo y la diversidad han sido dejados de lado, en beneficio de una estricta observación de la ley coránica, que ve cualquier signo visible de presencia cristiana como un intento de evangelización. Yemen es el emblema de una cultura islámica que no reconoce el crecimiento espiritual que puede derivar del encuentro con personas de otras religiones.

No siempre fue así. Todavía se pueden encontrar signos de haberse practicado la fe cristiana en la antigüedad en Sanaa, en un lugar llamado Qalis. Es trabajoso encontrarlos. Recorra los pasillos del Souq al-Milh de Sanaa (Mercado de la Sal) hasta llegar al límite oriental de la antigua ciudad amurallada. Habrá que preguntar el camino a medida que uno se dirige a Qalis: no hay letreros o señales callejeras que identifiquen el lugar. Pero hace 15 siglos era un lugar espléndido. El Rey Abrahah, un cristiano de Etiopía, ordenó construir una iglesia para los peregrinos en Sanaa, visible desde las colinas desiertas del monte Nuqum. El lugar de la construcción estaba ligado a una leyenda cristiano-arábiga. Los habitantes del lugar creen que durante su viaje al desierto, antes de asumir su ministerio público, Jesús hizo una pausa en Sanaa para rezar.

Qalis fue construido para maravillar. El geógrafo musulmán del siglo 13, Abd Allah Yaqut describió como se veía la iglesia en tiempos de Abrahah: púlpitos de marfil y ébano, cruces de oro y plata, murallas de piedra sacadas del palacio de Bilqees, la Reina de Saba. Abrahah quería que Qalis rivalizara con el santuario de la Kaaba en la Mecca, como lugar de peregrinaje. Pero la victoria del islam trajo el saqueo de la iglesia y los pilares fueron usados para construir la Gran Mezquita de Sanaa. Según Yaqt, el páramo alrededor de Qalis se transformó en la guarida de leones, serpientes y genios demoníacos.

Lo que queda de ello está señalado por una muralla circular de siete pies de altura que separa el sitio de la ciudad de Sanaa de nuestros días. Escale esta muralla y estará mirando una fosa que llega a estar 20 pies por debajo del nivel de la calle. Hoy en día es un vertedero, lleno de neumáticos viejos y botellas de plástico.

REZAR A ESCONDIDAS

La fe cristiana sobrevive en el Yemen del siglo 21 en la forma de reuniones secretas en las casas-iglesia. Éstas tienen lugar los viernes en la mañana, el día de oración en comunidad de los musulmanes ya que ese día no se trabaja. Las misas son discretas y se llevan a cabo en las piezas de domicilios particulares. Las reuniones a las que asistí eran pequeñas –en ocasiones de sólo tres o cuatro personas y nunca de más de 25–. Lo que no tenían en cantidad se suplía con el fervor. Las misas incluían cantos, aplausos, peticiones hechas en voz alta y oraciones agradeciendo la compañía de Jesús. “Aquí, en un país musulmán, no damos nuestro cristianismo por sentado”, dijo un participante. “Aquí, con estas pequeñas comunidades reuniéndose de manera ‘clandestina’, se puede revivir el espíritu original del cristianismo”.

Los fieles eran extranjeros y gente que ha vivido allí por largos períodos –enfermeras, profesores y médicos–; personas que trabajan en proyectos relacionados con el manejo del agua, alfabetización o salud pública. Algunos vienen desde Europa o Estados Unidos, pero la mayoría desde Nigeria, las Filipinas, Indonesia, Corea, India o África oriental. Algunos eran carismáticos, otros evangélicos y fundamentalistas de distintas denominaciones –un fiel reflejo, me pareció, de la dinámica y expansión de la iglesia por el mundo–.

Dada esta variedad, algún grado de tensión era inevitable. Cuando me identifiqué como católico en una misa, un auto-denominado “fiel renacido” me dijo que ella había sido católica pero que ahora era una verdadera cristiana. Inmediatamente, nuestro anfitrión nos recordó que debíamos concentrarnos en nuestra común devoción por Cristo.

Teniendo en cuenta los desafíos que enfrentan los cristianos en Yemen, es conveniente tener dicha postura en mente. El gobierno no prohíbe a los extranjeros el ejercicio privado de su religión, pero las autoridades desalientan con vehemencia la conversión desde el Escuché hablar de jóvenes musulmanes, aparentemente enviados por el gobierno yemení, que se hacen pasar por posible conversos y que tratan de convencer a cristianos extranjeros de hacer proselitismo. En un caso reciente, un cristiano etíope que trabajaba como jornalero en Sanaa le regaló una versión en árabe del Nuevo Testamento a un yemení que simulaba interés en el cristianismo. El resultado: tres meses de cárcel y posterior deportación.

Las consecuencias pueden ser mucho más duras para los yemeníes que efectivamente quieren convertirse. En una cultura donde la identidad religiosa se equipara a la lealtad para con la familia, el clan o la nación, la conversión a otra religión es mirada como traición, como una amenaza a la identidad comunal yemení –de ahí lo que un clérigo musulmán me describió como <i>al-khawf min al-tansir</i>, “el temor a la cristianización” (<i>tansir</i> raíz = <i>nasrani</i> “nazareno”)–. Los musulmanes que son descubiertos coqueteando con la fe “Nazarena”, por lo general son arrestados, encarcelados y obligados a reafirmar su compromiso con el islam. Otros son violentamente castigados por sus propias familias –“la única manera”, como me dijo un residente estadounidense, “que un padre puede borrar la mancha que deja la conducta de sus hijos en una sociedad regida por el honor y la vergüenza”–.

PERSECUCIÓN DE LA MINORÍA

Los potenciales cristianos no son los únicos yemeníes que sufren persecución religiosa. Durante miles de años, Yemen fue el hogar de una considerable comunidad judía. Sin embargo, luego de la creación de Israel en 1948 surgieron demostraciones anti-judías en todo el mundo árabe, y la mayoría de los judíos de Yemen arrancaron con dirección al estado judío recientemente creado. Ahora sólo queda un puñado de familias judías, y muchas de ellas han tenido que abandonar sus pueblos y refugiarse en Sanaa después de ser amenazados de muerte por grupos musulmanes militantes locales que dominan las áreas rurales. Un caso muy conocido fue el que afectó a Moshe Yaish Youssef Nahari, un residente de Raydah, un pueblo del norte de Yemen. Emplazado en la vía pública por un individuo armado que le exigió que se convirtiera al islamismo, Nahari rehusó y fue asesinado sin más.

La hostilidad violenta hacia las minorías religiosas también es un problema en otros países islámicos. En años recientes en Irak, los terroristas han extorsionado a cristianos iraquíes en Mosul y otras ciudades del norte de Irak y les han exigido el pago de lo que se conoce como <i>jizyah</i>, el impuesto discriminatorio que deben pagar “las Gentes del Libro” –judíos y cristianos que viven bajo un régimen musulmán–, de acuerdo con el Capítulo 9, verso 29 del Corán: “Lucha contra los que no creen en Alá… de entre las Gentes del Libro hasta que paguen el <i>jizyah </i>y hayan sido humillados y rebajados”.

El impuesto, que estuvo vigente durante el auge de poder político del Islam en la época del califato, fue luego abandonado por los gobiernos seculares del Medio Oriente moderno. Pero algunos movimientos musulmanes ven el <i>jizyah</i> como la vía para el resurgimiento del Islam. Durante años, Paulos Faraj Rahho, arzobispo de la comunidad católica caldeana de Mosul, había pagado a militantes locales el <i>jizyah</i> de los cristianos de su diócesis. Finalmente, la situación de seguridad en Irak mejoró y él rehusó seguir pagando, una decisión que significó que fuese secuestrado y asesinado en 2008. Finalmente, un miembro de Al Qaeda en Mesopotamia fue condenado por el crimen. Este tipo de presión ha hecho que la mitad de los cristianos iraquíes abandonen el país.

Hechos similares han ocurrido en Pakistán. En abril de 2009, jornaleros cristianos que viven en un empobrecido sector de Karachi conocido como Khuda ki Basti se encontraron con advertencias escritas en los muros de su vecindad: “Los talibanes están por llegar… prepárense a pagar el <i>jizyah</i> o adoptar el Islam”: Cuando los cristianos mostraron su resistencia, borrando los mensajes, miembros de la etnia pashtún que viven en Karachi atacaron el barrio, asesinando a un niño de 11 años e hiriendo varios hombres y mujeres. Los asaltantes incendiaron casas y quemaron copias de la Biblia.

La Comisión Nacional por la Justicia y la Paz, la principal organización pakistaní de derechos humanos ha registrado estos y otros abusos. Su director es el arzobispo católico de Lahore, Lawrence John Saldanha. La CNJP indica que en las áreas tribales de Pakistán, un grupo que se llama a sí mismo <i>Laskhar-e Islam</i> (Ejército islamita) ha empezado a imponer el <i>jizyah</i> a minorías de católicos, sijs e hindúes. Cerca, en la provincia fronteriza del Noroeste de Pakistán, el <i>Tehrik-e Taliban-e Pakistan </i>(Movimiento Talibán-Pakistaní) también tiene a los no-musulmanes como objetivo. En St. Mary’s School en Sangota, ubicado en el valle del Swat, donde las tropas gubernamentales han estado disputando el control con los talibanes, destruyeron las salas de clases, el convento y la capilla. También se ha reportado que las estatuas del Buda que había en la vecindad también fueron profanadas.

CONTRUYENDO UNA IGLESIA EN YEMEN

Hace años, en una conversación con el presidente de Yemen, Ali Abdullah Saleh, el Papa Juan Pablo II solicitó la construcción de una iglesia en la capital de Yemen. El presidente se comprometió a estudiarlo. No ha habido ningún resultado de la promesa. No hay iglesias en Arabia Saudita tampoco, a pesar de la presencia de más de un millón de trabajadores cristianos extranjeros y una petición personal de Benedicto XVI en 2007. El Papa Benedicto hizo notar que en los años’90, el gobierno italiano permitió la construcción de una mezquita financiada por capitales saudíes en Roma, a corta distancia del Vaticano. Sin embargo, hasta ahora los líderes saudíes se han negado a seguir el ejemplo y reconocer el derecho a la libertad de culto en su propio país. Anwar Ashiqi, un académico religioso saudí, resume la posición del gobierno: “Sería posible empezar negociaciones oficiales para construir una iglesia en Arabia Saudita sólo después que el Papa y todas las iglesias cristianas reconozcan al Profeta Mohamed”.

En una conversación con un imam suní en la capital yemení en junio, le expuse el tema. Un tipo afable de escasos 30 años, este imam dirige una mezquita en Sanaa y es conocido como un <i>hafiz</i> (alguien que se sabe el Corán entero de memoria). Cuando le señalé la disparidad –mezquitas en Roma, cero iglesias en Sanaa- dijo que le parecía correcto. El Islam, dijo, es <i>al-din al-niha’i </i>(la religión final, definitiva). Pero el cristianismo y el judaísmo, dijo, eran religiones del pasado, superadas y anticuadas. “Se les puede permitir que existan –continuó– pero no debiera permitirse que se propaguen”. Una iglesia en Sanaa puede atraer a musulmanes yemenitas, facilitando por lo tanto <i>al-tansir</i>: la propagación de la fe Nazarena. Es mejor, dijo, mantener al Yemen lo más cerca posible de ser 200% musulmán.

Lo que este imam expresó es una actitud que encontré en demasiadas conversaciones en Sanaa: la resistencia al pluralismo religioso. Entiendo por pluralismo la idea que los caminos espirituales diferentes al de uno tienen valor; que estas alternativas tienen algo que enseñarnos, incluso mientras nos desafían con sus diferencias, y que la vida espiritual y la identidad religiosa de cada cual se profundizan con la reflexión que provoca el encuentro con la diversidad. Tales encuentros sólo pueden tener lugar en lugares donde la libertad de culto puede florecer. Al impedir la construcción de iglesias católicas, países como Yemen sólo empobrecen su propia fe musulmana.
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David Pinault. Profesor adjunto de estudios religiosos en Santa Clara University, California. Autor de Notes from the Fortune-Telling Parrot: Islam and the Struggle for Religious Pluralism in Pakistan (Equinox Publishing). Publicado en <i>America</i> magazine, www.americamagazine.org


 
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