Veinte años después: recordando a los mártires de El Salvador. Los soldados también asesinaron a Elba y Celina Ramos, la ama de llaves de los jesuitas y su hija.
William Reiser

Worcester / Temas – Justo pasado la medianoche del 16 de noviembre de 1989, un grupo de soldados salvadoreños altamente entrenados entraron al campus de la Universidad de América Central de San Salvador. Aunque su principal objetivo era Ignacio Ellacuría, S.J., rector de la universidad, asesinaron y mutilaron a casi toda la comunidad jesuita: Ignacio y otros cinco sacerdotes. Un séptimo miembro de la comunidad, Jon Sobrino, S.J., se encontraba en Tailandia, dictando un curso sobre Cristología. Los soldados también asesinaron a Elba y Celina Ramos, la ama de llaves de los jesuitas y su hija, quienes durmieron en el campus esa noche para escapar de la ansiedad que les causaban las balaceras y artillería en el barrio en que vivían.

Lo sucedido esa noche fue una nefasta pero poderosa señal de la dimensión profética que adquieren la enseñanza y la investigación cuando estas actividades están inspiradas en una opción por los pobres. La Congregación General 32 de la Compañía de Jesús, que tuvo lugar en 1974-75, definió que para la orden: “La misión de la Compañía de Jesús hoy en día es entregarse al servicio de la fe, para lo cual la promoción de la justicia es un requerimiento insoslayable”. La Congregación General 33 (1983) reafirmó esta directriz e insistió que “queremos hacer nuestra la opción preferencial de la Iglesia por los pobres”.

UN CONGRESO SIN MUCHA VOLUNTAD

La Guerra Civil en El Salvador duró 12 años, desde 1980 a 1992, y cobró 75.000 vidas. La incompetencia de la política exterior estadounidense en relación a las condiciones que llevaron al conflicto y para comprender quien se beneficiaba del apoyo de los Estados Unidos a los militares salvadoreños fue horrorosa. Como resultado del asesinato en la universidad el débil congreso estadounidense finalmente empezó a encarar el problema de la complicidad de los Estados Unidos en la situación que había en El Salvador. Joe Moakley, representante demócrata por Massachusetts, fue designado para encabezar una investigación que resultó tan valiente como reveladora. El Salvador no era el único lugar en América Latina donde los pobres estaban siendo humillados. Nueve años antes, cuatro mujeres estadounidenses que regresaban a El Salvador –dos hermanas Maryknoll, una hermana Ursulina y una compañera de trabajo– fueron violadas y asesinadas cuando iban camino a casa desde el aeropuerto. Y dos días antes, el 24 de marzo, el Arzobispo Óscar Romero fue muerto a balazos en el altar; en La Paz, Bolivia, a otro jesuita, Luis Espinal le hicieron una emboscada y lo silenciaron por su defensa de los derechos y la dignidad de los pobres.

Las historias de estos “mártires de la justicia”, como llama el Padre Jon Sobrino a los jesuitas asesinados y a muchos otros, no empieza con los mártires mismos, sino con los que están más abajo: las víctimas de la pobreza, de las injusticias y los prejuicios de clase; los indigentes y los “desaparecidos”. La historia de los jesuitas salvadoreños, por ejemplo, nos llevan a la opresión política, social y económica sufrida por campesinos tan pobres que era necesario catequizarlos para que pudiesen siquiera imaginar que el mundo podía ser diferente. ¿Cómo sería El Salvador si la voluntad de Dios se hiciese en la tierra como en el cielo?

El Padre Ellacurría y sus compañeros comprendieron que la misión de una universidad cristiana como un instrumento apostólico no está desconectado de la condición económica y política de la sociedad en la cual está inmersa. Al contrario, la misión de la universidad deriva directamente de que está consciente de la realidad cotidiana de los pobres que la sufren. Pero como explica el Padre Sobrino en su ensayo “La inspiración cristiana de la universidad”, ya que una universidad requiere recursos, es casi una necesidad el que esté envuelto en un mundo de poder económico y político, y esta “encarnación en medio del poder tiende a alejar a la universidad de la realidad social que viven los más pobres y marginados”. Efectivamente, incluso la Iglesia tiene que ser cuidadosa para jamás perder de vista el mundo de los pobres, como tampoco el contacto con ellos. Los profesores y los predicadores cuyos corazones e inteligencia están inmersos en ese mundo están más compenetrados con los ritmos íntimos de las Escrituras. Distanciarse de los pobres lleva a distanciarse de Dios.

AGUILARES Y RUTILIO GRANDE

Aguilares era el pueblo donde Rutilio Grande, S.J. había estado trabajando y el lugar al cual su gran amigo Óscar Romero acudió cuando supo del asesinato de Grande el 12 de marzo de 1977. Ese también fue el lugar donde más tarde, como Arzobispo, Romero experimentó un profundo despertar espiritual. Se dio cuenta que el “lugar” del obispo es con su gente; nunca fue tan obispo como cuando caminaba con los más pobres y los más vulnerables de su diócesis. Aguilares también fue el lugar donde los jesuitas –tan sospechosos para los ojos de la élite de El Salvador y para el propio Arzobispo Romero en un comienzo–, adquirieron una sola visión y una sola opinión. Los pobres no tenían poder. Cristo se hizo pobre, lo que significa que Él tampoco tenía poder. ¿Y cuál era la razón para el empobrecimiento tanto de Jesús como de la gente? Porque, en El Salvador, otros se habían enriquecido y adquirido privilegios a sus expensas. La pobreza es visible, pero las fuerzas opresivas que crean violencia estructural casi siempre están escondidas. Uno necesita el lente de la solidaridad para percibir estas fuerzas, y Aguilares le dio al Arzobispo el lente que le permitió identificar lo que él vio como una crucifixión.

El Padre Ellacuría y los otros jesuitas de su comunidad ya habían tenido su “momento Aguilares”, el flash que destroza la familiaridad que esconde el lado oculto de la vida diaria. Lo que llama la atención de inmediato es que los asesinados fueron ellos, no el proceso de conversión que llevó a la radicalización de su visión. Sin embargo, en el caso del Arzobispo, lo que llama la atención no es tanto su asesinato sino que la historia de cómo un clérigo conservador se tornó profético.

En contraste, la conversión de Ignacio Ellacuría, su apoyo a las categorías centrales que se asociaron a la teología de la liberación se fue dando de manera gradual, mayoritariamente a través de la lectura, el estudio y la discusión. Su orientación teológica estaba arraigada en el Concilio Vaticano II. Había leído y comprendido plenamente la encíclica Populorum Progressio (1967) de Paulo VI y los documentos de la Segunda Conferencia de Obispos Latinoamericanos en Medellín, Colombia, en 1968. Su tesis doctoral en filosofía aguzó su habilidad para descifrar la realidad histórica que era El Salvador. La actividad apostólica sin una visión del Reino de Dios tiende a validarse en términos de ayudar a la gente en la otra vida, arriesgando la sumisa aceptación de la situación actual. La actividad apostólica con una visión del horizonte quiere transformar el mundo. Es una fe que hace justicia, lo que significa que la Iglesia –especialmente sus pastores y profesores– trata de hacer que su voz sea escuchada en la arena política. Como resultado de ello, Romero se encontró con una fuerte oposición de parte de las elites de El Salvador y de los militares, como también en algunos pasillos del Vaticano.

Porque las demandas por justicia social a menudo requieren introducirse en la vida política de un país, el Padre Ellacurría se encontró inmerso en negociaciones entre el gobierno y la resistencia revolucionaria durante el transcurso de la guerra civil del país. Lo que resulta interesante es cómo arribó él a su visión de justicia y liberación por medio de la lectura y el estudio y a través de la clarificación del pensamiento y las expresiones que resultan de la conversación y el debate. A medida que cumplen con su misión, las universidades cristianas facilitan este cambio de perspectiva. Hay personas que se convierten mediante la lectura. San Ignacio lo hizo mientras se recuperaba después de la batalla en Pamplona, a pesar que incluso en su caso, algunas lecciones espirituales fueron producto sólo de la experiencia y no de los libros.

EL MOMENTO AGUILARES DE ELLACURÍA

Sospecho entonces, que el momento Aguilares de Ellacuría se extendió durante un cierto período de tiempo. Mientras leía, estudiaba y conversaba, el mundo delante de sus ojos jamás perdió su inmediatez política y social. Su habilidad para imaginar no era insensible a “las alegrías y esperanzas, las penas y ansiedades de la gente de este tiempo, especialmente los pobres o los que sufren de alguna u otra forma”, como reza la primera línea de Gaudium et Spes, a causa de lealtades de clase, o privilegios eclesiales o posturas doctrinales. Dado que el temor mantiene la verdad a raya, nos cierra los ojos a las duras realidades que necesitamos enfrentar. El informativo de los jesuitas de la Provincia Centro Americana decía: “Cuando la gente le preguntaba a Ellacu si no tenía temor, decía que no, pero agregaba que no sentía más orgulloso de eso que de su falta de sentido del olfato. Simplemente no lo tenía”. El mundo de los pobres y de las víctimas no estaba afuera, esperando tener pleno acceso a su mente y a su corazón. Ya estaban dentro de él.

Las facultades y universidades jesuitas se transforman en instrumentos eficaces en la medida en que los docentes y el personal sean una masa crítica que comparte la misma inspiración cristiana que Ellacuría y sus compañeros aportaron a la universidad católica de San Salvador y que la transformaron. Sin embargo, la parte difícil del camino, no es juntar a esa masa crítica, sino que descubrir esa inspiración y mantenerla viva. En este punto acudo a la experiencia personal. En 1988 yo llevaba 10 años enseñando teología. La teología estaba a tono con el Concilio Vaticano II. Me basé mucho en la teología de la liberación y la doctrina social de la Iglesia; las convincentes palabras de la Congregación General 32 de la Compañía de Jesús sobre justicia y fe habían tocado una profunda cuerda. En este punto podía seguir a Ellacuría. Pero entonces, durante un fin de semana, me encontré cara a cara con la pobreza en familias que vivían a no más de una milla de distancia del campus en Massachusetts, donde yo vivía y trabajaba.

UN POSTERIOR DESCUBRIMIENTO PERSONAL

En pocas semanas me encontré presenciando el lado oculto de la vida en departamentos venidos a menos, donde las sombras y los gritos despertaron el miedo a la violencia, a diferentes estilos de vida, a la desolación y la aislación que habían estado enterrados por mucho tiempo. El recuerdo de Romero –no de su martirio, sino de su iluminación– me permitió darle sentido a lo que estaba pasando. Yo también estaba viviendo un momento Aguilares, y la gente que conocí eran latinos. Fue un momento de sentirse tremendamente desorientado y a la deriva, sin embargo, a la vez desatado y entusiasmado. Incluso ahora, cuando han pasado más de 20 años, todavía no logro dilucidar por qué el descubrimiento tardó tanto en llegar. La demora no fue por falta de entrenamiento o de reflexión crítica, tampoco era por falta de documentos convincentes de la Iglesia y modelos vivientes. Más parece que se relacionaba con el miedo y la inseguridad: no tanto el miedo a la muerte como miedo a la hostilidad, la violencia y miedo a fallar; a no saber cómo responder a circunstancias y orígenes tan diferentes a los míos y tan terriblemente fuera de mi control.

El próximo paso es obvio. Nos hacemos amigos de los mismos que nos han hecho sentir agitados y temerosos. Aunque quizás no seamos tan libres como Jesús cuando se trata de buscar la compañía de los marginados, por lo menos, en un comienzo, estas amistades nos permiten movernos más allá del miedo y la inseguridad, la resistencia y la hostilidad. Estas relaciones redefinen cómo observamos, interpretamos y respondemos al mundo. La lección de los mártires es que ya sea que pensemos en el mundo en términos locales o globales, no hay manera de escapar de la ruta hacia el conflicto mortal que desgarra al mundo en dos, excepto con lo que Paul llamó “este ministerio de reconciliación”. Trabajar a favor de la justicia es absolutamente esencial. Pero si no se superan la sospecha y el distanciamiento, el Reino de Dios sólo se concreta parcialmente. Podemos adentrarnos en el horizonte de la justicia mediante la lectura, pero la lectura no nos libera del miedo. El camino a esa liberación pasa por los pueblos y las casas de los pobres, el camino que viene de Aguilares.
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William Reiser, S.J., es un profesor de estudios religiosos del College of the Holy Cross in Worcester, Mass. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
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