El éxito de cualquier cosa que amerite llamarse democracia descansa directamente en tener una ciudadanía informada.
Thomas Massaro, S.J.

Democracia en peligro Thomas Massaro, S.J.

Boston / Política – ¿Cuán activo eres como ciudadano? ¿Te esfuerzas por estar al tanto de los temas y comunicar tus opiniones? ¿Haces que tu voz sea escuchada, no sólo en la urna de votación, sino que incluso entre una elección y otra?

La palabra democracia ha sido empleada para describir muchos tipos de arreglos. Los antiguos griegos intentaron su propia versión (muy defectuosa) de democracia directa, juntando a miles de ciudadanos en una única plaza pública para debatir y votar sobre temas de interés público. Esquemas menos ambiciosos para establecer democracias representativas florecieron en diferentes repúblicas en los siglos recientes. Los autores de muchas constituciones nacionales se han mostrado entusiastas para asumir el manto de la democracia, a pesar que el nivel real de participación del pueblo en las decisiones públicas continúe siendo muy bajo.

El éxito de cualquier cosa que amerite llamarse democracia descansa directamente en tener una ciudadanía informada. La gente común y corriente necesita comprender al menos los fundamentos tras los temas públicos antes que puedan expresar su opinión y apoyar cambios de políticas. Pero mucho me temo que este requisito sea mucho pedir en nuestro complejo mundo contemporáneo. Cuán difícil resulta esperar que aunque sea una mínima parte de los ciudadanos estadounidenses adquieran una opinión informada sobre la mejor manera de reformar el sistema de salud, cuál es el nivel de tropas que deban mantenerse en Afganistán y cómo ajustar el sistema financiero para evitar futuras crisis. La sola complejidad rápidamente sobrepasa la capacidad del público para juntar información y mantener el interés.

No es realista esperar que la opinión pública cuente para algo si para empezar, el público está teniendo problemas para formarse una opinión. Estas son las preocupaciones que desvelan a los cientistas políticos. Sus elegantes modelos del pluralismo de grupos de interés y la influencia de los líderes de opinión se reducen a polvo si no tenemos esperanza que haya conocimiento a fondo de los asuntos públicos. Si estamos forzados a ignorar la influencia de la opinión pública en el proceso de elaboración de políticas públicas, ¿dónde nos deja eso? Los escépticos llevan la delantera.

Mi candidato para el eslabón más débil de esta cadena en particular son los medios. La luchadora prensa escrita no es capaz de sobrellevar el nivel de reportajes a fondo que dábamos por sentado durante décadas, y los medios electrónicos, en general, son tremendamente decepcionantes. La cobertura de recientes acontecimientos de la política nacional e internacional en blogs y a través del cable contribuye a aumentar la temperatura y no el nivel de información. Los que pasan por periodistas hoy en día parecieran conformarse con dividirnos en vez de informarnos al dirigirse a los tipos de público a los que atraen.

Recientemente me encontré con una propuesta para un antídoto contra la prevalencia de los fragmentos de entrevistas que sustituyen el análisis informado. Esta iniciativa se relaciona con la desinformación que ha rodeado el gran tema del año: el debate sobre la reforma al sistema de salud. Al conectarse a www.hearthebill.org , cualquier ciudadano que tenga 24 horas libres puede escuchar una lectura completa de las mil y tantas páginas del H.R. 3200, el mayor proyecto sobre sistema de salud propuesto por los representantes demócratas. Se acerca a una lectura dramatizada tanto como pueden aportar doce voces, teniendo en cuenta la prosa técnica y repetitiva de The Congressional Record. Si los oyentes no sucumben a la inevitable somnolencia que produce escuchar el denso lenguaje jurídico de alto nivel, puede que salgan bien informados sobre el tema de interés público más importante de nuestros días.

Por supuesto que no puedo recomendarlo seriamente como la solución al problema de la ciudadanía mal informada. En los tiempos antes del internet, casi nadie se pasaba horas en una biblioteca devorándose The Congressional Record. Poco auspicioso resulta el hecho que esta ascética práctica ha sido reemplazada por posteos minuto a minuto sobre el progreso legislativo (se podrían haber leído todas las 564 enmiendas hechas al proyecto sobre sistema de salud auspiciado por los demócratas antes que el Comité de Finanzas del Senado, desde cualquier desktop o laptop sólo horas después que fueran entregadas).

Pero es bueno saber que hay una manera mediante la cual los ciudadanos motivados pueden obtener acceso directo a información no filtrada sobre legislación que va a cambiar el rumbo de nuestro país. Lo que necesitamos ahora es una mayor cantidad de formas rutinarias y amigables de acceder a la información que, como ciudadanos, necesitamos para cumplir con nuestras obligaciones públicas. Sobre esto descansa nada menos que el destino de nuestra democracia.
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Thomas Massaro, S.J., enseña ética social en el Boston College School of Theology and Ministry, Chestnut Hill, Mass. Publicado en America magazine, www.americamagazine.org


 
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