Cinco ataúdes de niños por mes. La agonía. El dolor incomprensible. Una reflexión del teólogo ortodoxo Georgij Cistjakov.
Georgij Cistjakov

El descenso a los infiernos Georgij Cistjakov

Buenos Aires / Temas – El último mes le di sepultura a seis niños en el hospital pediátrico donde todos los sábados celebro la liturgia. Cinco varones –Zhenja, Anton, Sasha, Alesha e Igor– y una mujer, Zhenja Zhmyrko, una hermosa muchachita de diecisiete años. Murió de leucemia. Tuvo una agonía lenta, con dolores terribles, que ningún fármaco llegaba a aliviar.

Y este mes la misma trágica rutina: cinco pequeños ataúdes de niños es nuestra estadística habitual. Estadística tremenda, despiadada, asesina. Pero estadística. Y en cada ataúd hay un niño que para sus seres queridos era su pequeño, amado, adorado, predilecto. Maksimka, Ksjusha, Nastja, Natasha, Serezha...

DIOS ¿DÓNDE ESTÁS?

Es fácil creer en Dios cuando estás caminando por el campo, en verano. El sol resplandece, las flores emanan su perfume y el aire es suave. "Y en los cielos veo a Dios", como escribió el poeta ruso Mihail Lermontov. ¿Pero aquí?

¿Dónde está Dios? Si él es bueno, omnipotente y omnisciente, ¿por qué calla? Y si fuera verdad que castiga a estos niños por sus culpas, o por las de sus padres, como creen algunos, entonces no es un ser "lleno de paciencia y rico en misericordia", por el contrario: es despiadado.

Dios permite el mal para que saquemos algún provecho, o porque quiere enseñarnos algo, o para evitar que nos ocurra algo todavía peor. Esto es lo que enseñaban los teólogos un tiempo, en la Edad Media, y en Bisanzio. Y también nosotros seguimos afirmando algo similar. Entonces, ¿la muerte de estos niños sería una lección de Dios para nosotros? ¿O un mal menor, que nos permite evitar algo peor?

Ahora bien, si Dios planeó estas muertes, aunque sea con el fin de hacernos entrar en razón, entonces no es Dios sino un pérfido demonio. ¿Por qué tendríamos que adorarlo? Al contrario, hay que expulsarlo de nuestra vida. Si Dios, para enseñarnos algo, pudo asesinar a Antosha, Sasha, Zhenja, Alesha, Katja, y muchos otros niños, entonces yo no quiero creer en este Dios.

FE ES CONFIAR

Hago la precisión de que "tener fe", o "creer", no significa "reconocer su existencia", sino más bien "confiar, entregarse a él". Si es así, tenían razón quienes en el pasado destruían las iglesias y arrojaban a la hoguera los iconos; o por lo menos, los que transformaban las iglesias en "casas de cultura". Todo esto es triste. Es más, peor que triste, es horrible.

O quizás no haga falta pensar en esto, sino simplemente tratar de consolar. Darle a los que no ya pueden cargar más peso este "opio para el pueblo" y, al menos así, esperar que sus sufrimientos sean aliviados. Consolar, calmar, compartir. Pero el opio no cura. Sirve solamente para aturdir por un rato, quita el dolor durante tres o cuatro horas; y después hay dar más, y más y más... Pero es horrible tener que mentir. Y sobre todo mentir a propósito de Dios. Yo no puedo hacerlo; no lo logro.

¡Señor! ¿Qué puedo hacer? Miro tu cruz, veo cómo mueres sufriendo horriblemente. Miro tus llagas, te veo muerto, desnudo, en espera de sepultura... En este mundo has compartido nuestro dolor. Igual que nosotros, gritas muriendo sobre tu cruz: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Como uno de nosotros, como Zhenja, como Anton, como Alesha, como cada uno de nosotros, también gritaste a Dios esta terrible pregunta y has "entregado tu espíritu".

¿De quién es la culpa del dolor? No lo sé. Pero sé quién es el que sufre junto con nosotros: es Jesús. Pero entonces, ¿cómo comprender el mal que a diario es cometido en el mundo? No hace falta comprenderlo, sino luchar contra él. Vencer al mal con el bien, como nos propone el apóstol Pablo. Cuidar a los enfermos, vestir y dar de comer a los pobres, detener las guerras, y así sucesivamente. Y sin descanso. Y si no podemos, si nuestras fuerzas no bastan, entonces debemos postrarnos delante de tu cruz, aferrarnos a su pedestal, como a la única esperanza.

"Nadie ha visto jamás a Dios". Y sólo un único hilo nos une a él: el hombre llamado Jesús, en cuyo cuerpo está toda la plenitud de Dios. Y sólo un único hilo nos une a Jesús: el amor.

Él murió en la cruz como un criminal. Con atroces sufrimientos. ¿Qué sucedió después de su muerte? Nosotros creemos que resucitó, pero no lo sabemos. ¡No lo sabemos! Al comienzo del capítulo veinte del evangelio de Juan, vemos a María Magdalena, después a los apóstoles Pedro y Juan, y sentimos ese dolor penetrante que lo impregna todo esa mañana primaveral de Pascua. Dolor, tristeza, desesperación, cansancio.

Pero este mismo dolor penetrante, este mismo sentimiento de lo irremediable, que de manera tan clara presenta el evangelio de Juan, yo lo siento siempre, al lado del ataúd de un niño... lo siento, y con sufrimiento, entre las lágrimas y la desesperación, creo: sí, resucitaste de verdad, ¡Señor!

Mientras escribía estas páginas murió Klara, después Valentina Ivanovna, y por último Andrjusha: son otros tres ataúdes. Hace algunos días un niño me confió que no cree en la vida del más allá y por esto teme ser un mal cristiano. Le contesté que justamente su dificultad de comprender lo que se refiere a la vida de ultratumba demuestran lo contrario: es la prueba de la sinceridad de su fe.

Y me explico: una vez un sacerdote –ya no tan joven– me dijo que le era difícil hablar de la muerte y enseñar a sus fieles a no tenerle miedo, porque él no había perdido a nadie que le fuera verdaderamente cercano. Sincero. Muy sincero. Y muy justo.

HABLAR DESDE LA EXPERIENCIA

Siento cierta vergüenza cuando veo a algún joven sacerdote, recién salido del seminario que, con suficiencia y calma, le explica a una madre que acaba de perder a su niño, que en realidad es mejor que haya sido así, que Dios lo quiso y que por lo tanto ella, esa pobre madre, no tiene que dejarse abatir por el dolor.

"Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos": sí, esto es cuanto nos dice Cristo en su evangelio (Lucas, 20, 38). Pero para que este anuncio penetre en el corazón, cada uno de nosotros necesita de una experiencia personal directa de desgracia, dolor, pérdida, de una experiencia que nos sumerja en el abismo de la desesperación, del desconsuelo y las lágrimas. Se requieren no días o semanas, sino años de agudo dolor.

Este anuncio entra en nuestro corazón sin anestesia y sólo a través de las pérdidas personales. No se lo puede aprender como una lección de escuela. Osaría incluso afirmar lo contrario. El que está convencido de creer y no tiene una experiencia del dolor, se engaña. La suya no es todavía fe, sino sólo proximidad a la fe de otros, de aquellos que quisiera imitar con la vida.

Jesús no sólo sufre personalmente, sino que desciende a los infiernos, para compartir también allí el sufrimiento ajeno. Él nos llama siempre cuando dice: "¡Sígueme!". Muchas veces tratamos sinceramente de ir tras él, pero... tratamos de no advertir el sufrimiento ajeno, cerramos los ojos, no prestamos oído...

Tratamos de convencer a alguien que sufre de que en realidad su dolor es sólo una impresión, y una impresión que tiene porque no ama a Dios, y así seguimos... En fin, a la persona que sufre, que está mal, en el dolor, la dejamos sola, la abandonamos precisamente en el momento más difícil del camino de la vida.

DESCENDER A LOS INFIERNOS

Por el contrario, hay que descender junto con esa persona a los infiernos, siguiendo así a Jesús. Hay que sentir con el propio corazón el dolor de quien está a nuestro lado, en toda su integridad, crudeza y autenticidad. Hay que compartir el sufrimiento con la persona, vivirlo junto con ella.

Recuerdo cuando murió una pariente mía de 80 años, que había vivido siempre con una hermana. Un año después la hermana me dijo: "Gracias porque en ese momento no me consolaste, sólo estuviste a mi lado". Acaso en esto reside el cristianismo: estar al lado, estar juntos.

Nosotros somos personas del Sábado Santo. Jesús ya fue bajado de la cruz. Quizás ya haya resucitado, porque de esto habla el Evangelio que se lee ese día. Pero nadie lo sabe todavía. El ángel aún no ha dicho: "No está aquí, resucitó". No lo sabe nadie. Por ahora su resurrección se advierte sólo con el corazón; y la advierten sólo aquellos que no perdieron el hábito de sentir con el corazón...
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Georgij Cistjakov. Publicado en revista Ciudad Nueva, www.ciudadnueva.org.ar


 
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