¿Qué dice el sufrimiento sobre Dios? El que escribió la Primera Carta de Juan nos dice que Dios es amor. No se trata sólo de una metáfora poética de Dios. Es un caso.
M. M. Hubele

  Buscando el amor M. M. Hubele  

Phoenix / Temas – Eran las de la madrugada y con un nuevo amigo nos terminábamos la tercera taza de café prensado en una oscura pieza en el centro de New York. Tal vez fue el entorno, quizás la cafeína, tal vez la floreciente amistad que surgía entre nosotros a altas horas de la madrugada, el hecho es que de repente me di cuenta que nuestra conversación se estaba tornando filosófica. Él me relató gran parte de la historia de su vida: desilusionado por la hipocresía con que sus padres divorciados profesaban los ideales católicos, abandonó la Iglesia, su fe y Dios. Luego, aspirando profundamente el cigarrillo que fumaba, me escrutó intensamente antes de decirme: "Así que tú crees en Dios. Explícame, ¿qué es la fe? ¿Cómo se puede creer?" Su pregunta me impactó fuerte y sorpresivamente y aunque traté de encontrar la respuesta en los restos de café al fondo de mi taza, no pude encontrar una respuesta satisfactoria. Pensé en su infancia, en sus dudas justificadas, y me quedé en silencio.

Unos años más tarde, entre medio de rumas de papeles por escribir y libros por leer, abrí una carta de mi antigua amiga con la cual mantuvimos una larga correspondencia. Sus reflexiones anteriores sobre el tiempo que había pasado en Ámsterdam se habían centrado en las impresiones de vivir sola en un país extranjero, imágenes de de sus paseos en bicicleta bordeando los canales, cuestionamientos acerca de su futuro. Pero este correo electrónico se salía de esos marcos. Hablaba del horror de ver a los neo-nazis con sus cánticos en las afueras de la iglesia de su sector, de su dolor familiar al ver los letreros que indicaban el camino hacia los campos de concentración, de su desagrado al ser registrada antes de entrar a una iglesia a rezar. Pero fue la última línea –escrita en mayúsculas para mayor énfasis– la que aún me persigue hoy en día: ¿Cómo pudo permitir Dios que ocurriera el holocausto? Apagué mi computador y me concentré en los papeles mientras esperaba infructuosamente la revelación divina que necesitaba para poder contestar su pregunta.

Luego está el vertedero. En un reciente viaje a Nicaragua me encontré cara a cara con un dolor que jamás había visto. Me encontraba allí para estudiar la política y la historia de este económicamente empobrecido país. Mi estadía de una semana culminó con una visita al vertedero de Managua, de casi 70 acres de extensión, lleno de torres de desechos y chozas –casas construidas con lo que se ha recuperado del vertedero: ladrillos, paredes laterales de máquinas expendedoras y cartón común y corriente–. Entre medio de las familias que buscaban objetos de algún valor, las vacas de propiedad del dueño del vertedero. Los animales eran criados entre medio de los desechos para recordarles a las personas que vivían allí que ellos eran ocupantes ilegales y que los animales eran los que estaban en su medio. Ni una sola de las personas que vi en el veredero me miró a los ojos. ¿Cómo podrían? Estaban a un nivel inferior que el de las vacas.

Esa noche, lloré. ¿Si existe un Dios misericordioso, cómo puede dejar que esa gente viva en tal miseria?

El problema es que no creo que nadie tenga respuesta para esa pregunta. El problema del dolor, como tan elocuentemente lo etiqueta C.S. Lewis, es un problema que todo creyente debe enfrentar en algún momento. Es el tema que valida la duda, que da pie a más cuestionamientos, que tienta la fe. El sufrimiento, más que cualquier otra experiencia humana, es útil al ateísmo y ensombrece el agnosticismo. Cuando apuntamos el dedo, amorosamente, al Dios que salva, al Dios que ama, ese mismo dedo puede transformarse en una herramienta para señalar porque es evidente que no todos se salvan, no todos son amados. Dado el sufrimiento que existe en el mundo, en nuestra historia y en nosotros mismos, pocos son los que atestiguan férreamente que Dios está presente en todo ese dolor.

NEGACIÓN U OPTIMISMO

Es más fácil creer que Dios no existe. Pero como somos fuertes, no estamos dispuestos a renunciar a la esperanza de cosas mejores. Miramos al espejo y nos decimos a nosotros mismos que no nos vamos a quedar sentados a ver como el mundo se desgarra. Viviremos vidas buenas, vidas que alivian el dolor que vemos alrededor. Entonces nos unimos a campañas de ayuda humanitaria, hacemos trabajo voluntario en comedores populares y visitamos a los enfermos. La oración a un Dios compasivo se ha transformado en actos morales concretos que ayudan a nuestro prójimo. Dejamos atrás a las iglesias para tenderles una mano a los adictos. Dios quizás no ayudará, pero nosotros sí lo haremos.

Este tipo de postura filosófica no es original. Tomemos el trabajo de Ludwig Feuerbach, el autor de La esencia del cristianismo e inspirador de Karl Marx del siglo XIX. En su libro insta a la gente a que a diario asuma lo que una vez fue el rol de Dios. Feuerbach escribió: "desear, amar, pensar, son los poderes más elevados, son la naturaleza absoluta del hombre como hombre y la base de su existencia". Cuando Dios no las monopolizada, estas características definen a la humanidad. Si decidimos asumir nuestra responsabilidad, nos transformamos en seres perfectos que ya no estaremos en deuda con Dios para alcanzar la salvación. Hemos confundido nuestro propio poder con el poder de un Dios fantasma. No es Dios quien nos ha fallado, nosotros nos hemos fallado a nosotros mismos. Podemos darnos cuenta que "la actividad divina no es diferente de la humana".

Su pensamiento es un pensamiento hermoso. Si la actividad divina no es diferente de la actividad humana, entonces lo que los seres humanos hacen puede tener las mismas características de lo divino, a saber, razón perfecta, amor, fuerza de voluntad. Pero pocos podrían atribuirle al holocausto dichos atributos divinos. Si la humanidad perfeccionada es lo que erróneamente hemos llamado divino, entonces la cuestión no es cómo Dios puede haber permitido que ocurra, sino cómo pudimos permitirlo nosotros.

He ahí el problema. ¿No es interesante observar que mucho del dolor que vemos se lo causa un ser humano a otro? Y se supone que nosotros somos los verdaderos poseedores de la razón perfecta, el amor y la voluntad. No, no somos criaturas perfectas en proceso de maduración hacia nuestros poderes divinos. Desde la optimista declaración de Feuerbach sobre la perfección "divina" en la humanidad, hemos visto segmentos enteros de humanidad derrumbándose hacia condiciones cada vez peores. Se podría argumentar que nosotros, la generación post-Feuerbach, hemos probado que estaba equivocado.

AMOR DESINTERESADO

Sin embargo, en el mundo existe el amor desinteresado y salvador de la humanidad –incluso entre extraños. ¿Cómo así? Conociendo lo peor de lo que somos capaces, ya sea en los campos de genocidio o armas de destrucción masiva, la pregunta no debiera ser ¿cómo puede Dios ver tanto dolor y mantenerse al margen?, sino ¿por qué simplemente no nos mantenemos al margen?, ¿qué hay en nosotros que nos hace denunciar el dolor y el sufrimiento y nos hace luchar por prevenir y superarlo? Hay desinterés en esa empatía. Es un desinterés que no proviene del mismo lugar creativo de la humanidad que ideó el gas venenoso, la tortura o las formas de deshumanizar a los pobres. Conociendo lo peor de lo que es capaz la humanidad, debemos admitir que ese desinterés tan poco característico pareciera venir de algo que no es humano. Algo aparte, que está más allá. Llámalo como quieras. Yo lo llamo Dios.

Este caso no es nuevo para Dios. El que escribió la Primera Carta de Juan nos dice que Dios es amor. No se trata sólo de una metáfora poética de Dios. Es un caso.

Hay una diferencia entre una prueba y un caso. Mientras que una prueba puede ser expuesta y debatida con alguna inclinación hacia la racionalidad, un caso tiende a dirigirse más allá de lo meramente intelectual. Le habla a las vivencias, las emociones, a esos susurros no articulados que están allí, justo detrás de nuestro oído derecho. Y mientras hay muchos casos que se construyen sobre la base de pruebas sólidas, algunos son relegados al abismo que existe entre la razón y la intuición. Revolviendo los sedimentos de reflexiones descartadas, estos casos nos desafían a explorar nuevos caminos que nos adentran en territorios que de otra manera habríamos cerrado.

San Juan Evangelista esgrime su breve descripción como un caso. Y lo mejor que mejor que yo puedo hacer al enfrentar el sufrimiento es volverme hacia ese hermoso y enigmático caso: Dios es amor. Sólo cuando hago preguntas exigentes y las dejo que interactúen con esa particular descripción de Dios, puedo empezar a tener algún atisbo de comprensión. El problema del dolor y el sufrimiento no desaparece, pero sí desaparece el problema del amor. Tal vez todavía tengamos que enfrentarnos a desafíos de nuestros amigos y de la vida misma, pero al menos ahora las enfrentamos desde dentro de este caso. ¿Y quién sabe? Tal vez el amor es el caso más fuerte que tengamos.
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M. M. Hubele, de Phoenix, Arizona es un escritor freelance con experiencia en diálogo inter-religioso. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
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