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San Francisco y sus seguidores, en unos pocos años, cambiaron la faz de la tierra y la salvaron de sí misma.
Marta Cruz-Coke

La revolución franciscana Marta Cruz-Coke

Santiago / Religión – Hace ochocientos años, en la primavera romana del año de gracia de 1209, Francisco, llamado de Asís por el lugar de donde provenía, con un grupo de compañeros solicitó audiencia al papa Inocencio III. Ellos deseaban obtener la aprobación de la Regla redactada por Francisco que les permitiera vivir como entendían que debían hacerlo.

Cuenta la leyenda que el Papa había tenido esa noche un sueño: veía a la Iglesia derrumbarse sin que él pudiera evitarlo, cuando de repente surgía de la nada un hombrecillo que extendía sus frágiles brazos e impedía el derrumbe. El hombrecillo pobre que solicitaba audiencia se parecía al de su sueño.

Porque era verdad que la Iglesia estaba en serios problemas, tanto más graves porque no procedían de amenazas exteriores sino de su propia corrupción interna, que provenía del abandono de los principios y valores cristianos.

La audiencia fue concedida y la Regla que proponía Francisco, aprobada.

La grandeza del papa Inocencio III radica en que fue capaz de intuir la revolución salvadora que esta norma franciscana implicaría para la Iglesia. Porque los monjes de entonces —que hubieran podido ser salvadores— vivían al abrigo, seguros en sus claustros, trabajando, rezando y ayunando para el mundo, pero sin mezclarse con él. Y lo que Francisco en cambio se proponía era ir por los caminos, a la ventura de Dios, desnudo de posesiones, compartiendo con la gente y con la naturaleza, anunciando la Buena Nueva del Evangelio, acogiendo y amando a todos y a todo, subsistiendo en base a la caridad y haciendo de esta forma de existencia su hábitat natural. Como lo había hecho su Señor.

Y así comenzó la revolución franciscana que, en unos pocos años, cambió la faz de la Iglesia y la salvó de sí misma. Lo logró porque fueron miles y miles los que, al ejemplo de Francisco, comenzaron a vivir nuevamente las virtudes evangélicas.

En estos ochocientos años, Francisco ha continuado siendo, para Occidente y Oriente, una imagen humana no igualada.

Este no es así el aniversario de una fecha, sino el del comienzo de un proceso que fue salvador para nuestra cultura.

Nuestro Occidente necesita ahora, nuevamente, de una revolución franciscana que convoque y abra esperanzas para las gentes comunes, que coloque los afectos solidarios en el primer plano de las relaciones humanas, que dialogue con la naturaleza y con el universo, que considere los bienes como servidores de la persona y no como sus dueños.

En estos ochocientos años, la herencia de Francisco, ejercida por medio de las virtudes y la acción de la Orden Franciscana y de sus hermanos, ha significado un aporte esencial para la cultura de Occidente.
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Marta Cruz-Coke de Lagos. Presidenta de la Corporación de Amigos del Patrimonio Cultural de San Francisco. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl


 
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