La globalización necesita ciertamente una autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global.
Maryann Cusimano

  Acortando las brechas Maryann Cusimano  

Washington / Sociedad – El mundo tiene un problema de gobierno. Lo necesitamos más en un momento en que hay menos. La globalización ha creado brechas entre los problemas que enfrentamos y nuestra capacidad para responder ante ellos. Los problemas se mueven con rapidez, no así nuestras instituciones. Los problemas como el colapso del sistema financiero global y el cambio climático cruzan fronteras y requieren acción urgente y coordinada entre los países. Pero el gobierno se detiene en las fronteras de nuestras instituciones primarias, los estados soberanos.

Nuevas formas de gobierno han surgido para llenar las brechas, especialmente en el sector privado, a veces en alianzas público-privadas, a veces por sí solas. La sociedad civil se agrupa en redes transnacionales para cambiar las conductas de los gobiernos y las corporaciones en temas que van desde el alivio del endeudamiento a las minas terrestres. Organizaciones no gubernamentales y compañías privadas proveen servicios que antes eran de la exclusiva competencia de los estados –desde la construcción de caminos a proveer seguridad–. Las sociedades civiles y las compañías desarrollan y mantienen negocios de los cuales son responsables ante los códigos de responsabilidad social corporativa. Un cuerpo regulador privado gobierna la Internet, en la medida que lo hace cualquiera.

El sector público también intenta incrementar su capacidad y colaboración más allá de las fronteras. Creamos nuevas instituciones internacionales (la Organización Mundial de Comercio) y adaptamos las antiguas (OTAN y Naciones Unidas). Los actores religiosos también son parte del combinado.

Pero ni todos estos esfuerzos son suficientes. Hay gente muriendo y los estados no los pueden salvar. Los Estados Unidos y los otros países fuertes no pueden solucionar los problemas por sí solos; sus instituciones no están conectadas para ello. Casi un tercio de la población del mundo vive en los estados más débiles del sistema, tal como se describe en detalle en The Failed State Index, un nuevo informe del Fund for Peace. Sus ciudadanos son los más vulnerables, sin embargo estos estados son los menos preparados para responder a los desafíos de la globalización y algunos les niegan a su gente la capacidad de participar en el gobierno o hacer a éstos responsables de las actividades que llevan a cabo a nombre suyo. Los peores de entre esos estados son predadores y asesinan deliberadamente los ciudadanos que se supone deben proteger.

La soberanía –las ideas de que el gobierno se confunde con el territorio y que aquellos fuera de sus fronteras geográficas no tienen autoridad para entrometerse en asuntos internos– es problemática para la mayoría de las personas del planeta. Pero la mayoría de los líderes y estudiosos ignoran el problema de la soberanía en la política mundial, centrándose en la acción de los gobiernos, incluso en el caso de estados que tienen menor capacidad para solucionar los problemas globales por sí solos.

No soy una observadora neutral de estos temas. Recién había terminado la cuarta edición de mi libro sobre globalización, Beyond Sovereignty: Issues for a Global Agenda, cuando el Papa Benedicto XVI publicó su encíclica Caritas in Veritate. El Papa se muestra como un pragmatista institucional. Cuando los desafíos son tan urgentes como en el presente, tenemos que usar todas las herramientas y trabajar en reformar, fortalecer, expandir y mejorar muchas instituciones. Los Estados, las instituciones internacionales nuevas y las existentes, las alianzas de la sociedad civil, los negocios que tienen una orientación más ética, las iglesias y los individuos –todos tienen un rol que jugar y nadie queda fuera–.

La controversia mediática se centró en el Nº 67, "la necesidad urgente de una verdadera autoridad política mundial … reconocida por todos, gozar de poder efectivo para garantizar a cada uno la seguridad, el cumplimiento de la justicia y el respeto por los derechos".

Pocos se dieron cuenta del Nº 41, que nos urge a "se debe promover una autoridad política repartida y que ha de actuar en diversos planos", y el Nº 57, que anota que "el gobierno de la globalización debe ser de tipo subsidiario, articulado en múltiples niveles y planos diversos, que colaboren recíprocamente. La globalización necesita ciertamente una autoridad, en cuanto plantea el problema de la consecución de un bien común global. Sin embargo, dicha autoridad deberá estar organizada de modo subsidiario y con división de poderes". El Papa Benedicto llama a tener instituciones internacionales eficaces, tal como hicieron sus predecesores, pero también hace un llamado a actualizar y hacer todas nuestras instituciones más éticas y eficaces.

El llamado del Papa no es para la creación de un gobierno mundial único, ni para la autonomía soberana sin restricciones, sino que para un gobierno global eficaz. El pluralismo institucional tiene costos, incluyendo la superposición de jurisdicciones y la coordinación de dificultades. Pero estas instituciones ya existen, de modo que pueden ser reformadas más rápidamente para que sirvan de mejor manera las necesidades de los más desposeídos del mundo.
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Maryann Cusimano Love, profesora de Relaciones Internacionales de la Catholic University of America in Washington, D.C.; es autora de Beyond Sovereignty: Issues for a Global Agenda. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
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