¿En qué lugar se perdió la señal de la paz? Confrontados con guerras, crisis económicas y problemas familiares, todos anhelamos la paz, la reconciliación, la libertad de algún tipo.
Jim Mcdermott, S.J.

  De la mano Jim Mcdermott, S.J.  

Nueva York / Temas – No hace mucho fui a misa durante la semana en una iglesia grande, no muy llena, en la cual todos los feligreses se ubicaron lo más lejos que podían uno del otro. Con todo, casi nadie estaba a más de un banco o dos de distancia. Cuando llegó el momento de darse la paz, la mayor parte de la gente sólo dio "la ola". Ustedes conocen la ola. La persona se da vuelta hacia uno, tal vez sonríe levemente y pone la palma de su mano hacia fuera, en una actitud que está en algún lugar entre el gesto que se puede encontrar en un ícono de Jesús y las Supremes cantando "Stop in the Name of Love". Cuando esto ocurre a la distancia y luego de un breve contacto visual, puede ser una agradable forma de saludo "Hola, desde el otro lado de la sala". Pero cuando estás a sólo un banco de distancia, la vibración se parece más a "Por favor no me toques".

Una semana después en la misa dominical en otro lugar, observé lo mismo: a pesar que los bancos estaban llenos de gente, mucha gente no le tendía la mano al otro, o lo hicieron sólo a aquellos que se encontraban directamente al frente suyo. Y el ritual duró tan solo 10 segundos antes que el organista siguiera con "Cordero de Dios…" y el sacerdote empezara a partir la hostia. No sucede lo mismo en todas partes. Pero de todas maneras, cuando me toca presenciarlo, no puedo sino preguntarme, ¿en qué lugar se perdió la señal de la paz?

NO HA SIDO SIEMPRE ASÍ

Un poco de historia: En los primeros días de la cristiandad, el "beso de la paz" se daba al final de las peticiones o ritos significativos y hacía también las veces de aclamación, similar a "Amén". Tertuliano lo llamó "el sello de la oración". A medida que las distintas comunidades desarrollaron sus propias tradiciones litúrgicas, la oportunidad en que se daba el beso fue variando. El rito romano lo estableció como lo conocemos hoy en día. Otras tradiciones lo situaban al medio, inmediatamente después de las peticiones o después de la presentación de las ofrendas.

Para el milenio, se había limitado solamente al clero; y en el siglo XVI había desaparecido completamente de la liturgia latina. El rito sólo se incorporó nuevamente a la liturgia católica en 1970 con la Instrucción general del misal romano.

Hoy en día los teólogos litúrgicos hablan de la señal de la paz como un instante que conecta a los devotos de nuevo con el deseo de reconciliación que buscaron al final del Padrenuestro: "Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden"; también anticipa la recepción de la comunión. Al ofrecernos la paz unos a otros –no "gracias", o "quihubo", sino paz, y no sólo a los amigos y familiares, pero también a los desconocidos y a los enemigos- expresamos nuestro deseo de sanar, de comunión en nuestra iglesia y nuestro mundo, y por la gracia de Dios experimentamos esa comunión como una realidad. Al menos ésa es la teología.

UBICACIÓN, UBICACIÓN

Una visión del problema con el rito es que tal vez está mal situado dentro de la liturgia. A punto de recibir la comunión, habiendo sido llevado a un lugar sagrado a través de las oraciones eucarísticas, tal vez algunos de nosotros podemos estar pensando, "oye, estoy rezando ahora. Háblame después".

Hay otras ubicaciones litúrgicas para la señal de la paz que también tienen cierta lógica. Por ejemplo, el inicio de la misa parece ser un lugar natural para un rito que nos une como comunidad. La transición entre la Liturgia del Mundo y la Liturgia de la Eucaristía también tiene lógica teológica: antes que presentemos nuestras ofrendas, nos reconciliamos. También tiene sentido común. Habiendo escuchado las lecturas y una homilía, quizás la congregación necesita un instante para levantarse y estirar las piernas nuevamente antes de la oración eucarística. Finalmente, al final de la misa es difícil no dejarse llevar por una fuerza gravitacional y compartir con la comunidad. A la salida de la iglesia verán muchos más apretones de manos y abrazos que fríos saludos.

En algunos lugares, hay una solución diferente. En vez de entrar corriendo al rito luego de la aclamación previa, algunos presidentes se detienen en ese punto e invitan a la comunidad a que se tomen un instante para rezar por la paz. En Australia, donde viví el año pasado, casi todas las parroquias que visité usaban esta modalidad. El cambio en la congregación después de sólo algunos segundos de silencio era notable. Las congregaciones (y sus sacerdotes) llegaban a la señal de la paz con gran ecuanimidad y conciencia del momento luego de este equivalente litúrgico de respirar hondo. Paradójicamente, el tiempo total del rito no había aumentado.

ROMPER Y PENETRAR

La señal de la paz no es una formalidad, un intercambio de cordialidades o una introducción. Es otra oportunidad dentro de la liturgia para que Dios penetre y nos afecte. A veces, mientras escucho las oraciones habituales y sus cadencias, es difícil no distraerse. Si tengo suerte, la distracción es buena, la ofrenda a Dios de preocupaciones, relaciones y cosas parecidas en la oración.

No obstante, la mayoría de las veces, mi mente divaga por itinerarios, la solución de problemas y el último capítulo de "Grey’s Anatomy". Perfectamente puedo terminar el Padrenuestro sin siquiera darme cuenta de haberlo dicho.

En esos días, la señal de la paz es mi salvación. Al forzarme a subir la mirada, ver a las personas al frente mío e intercambiar un saludo con ellos, me libero –aunque sea momentáneamente- de mi repetitivo carrusel interno, y también de mis rencillas. Al vivir en una comunidad pequeña, uno necesariamente tiene intercambiar la señal de la paz con alguien; en los malos momentos, uno preferiría que lo atropellara un camión (o al menos de manera repetida por un chipote chillón). En esos días pido, "Dios mío, ¡haz que mire para el otro lado, por favor no me hagas enfrentarlo!" Puede ser muy difícil. Pero para mi sorpresa, me he dado cuenta que dar la paz a y recibirla de personas que me molestan o que me han herido (o a quienes yo he herido) puede ser tremendamente liberador. Lo que había de tenso y endurecido dentro de uno de repente se libera.

Confrontados con guerras, crisis económicas y problemas familiares, todos anhelamos la paz, la reconciliación, la libertad de algún tipo. Si tomamos la señal de la paz con un poco más de delicadeza y calma, o tal vez si tratamos de reubicarla, tal vez podamos gozar de esa gracia un poco más intensamente.
__________________
Jim Mcdermott, S.J., es un editor adjunto de America. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
Revista Mirada Global © Copyright 2009