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Un mundo más razonable y justo requiere menos dinero secundario, menos crecimiento ilimitado y una teoría económica más realista, no tan unilateral ni entrampada en los juegos de poder vigentes.
Octavio Groppa

  Crisis financiera, ¿problema moral? Octavio Groppa  

Buenos Aires / Economía – La crisis financiera internacional ha comenzado a hacer sentir sus efectos sobre la vida cotidiana. Semeja una inundación que penetra hasta el rincón más íntimo porque trastoca la base material sobre la cual se edifica nuestra vida.

Dado que toda crisis es una oportunidad, vale la pena detenerse a reflexionar acerca de sus causas. Según la explicación que propongan, los especialistas conforman dos grandes grupos: los que consideran que la crisis se debe a un déficit de regulaciones, y quienes la atribuyen a una causa moral (la codicia indiscriminada). ¿Cuáles son, entonces, las raíces del problema?

¿PROBLEMA MORAL O AUSENCIA DEL ESTADO?

Quienes consideran que faltaron regulaciones suponen que el problema de fondo es el mercado. Básicamente, apuntan a la liberalización del mercado financiero que tuvo lugar en los últimos treinta años. Lo que se está desmoronando, entonces, es la concepción del mercado libre como receta para los problemas económicos, como la propusiera la economía neoclásica y los consejos del "consenso" de Washington. La solución sería pues sencilla: más regulaciones, mayor predominio del Estado en la economía. Tal parece ser la apuesta que se está ensayando a lo largo y a lo ancho del globo. El Estado ya no sólo regula sino que capitaliza empresas y hasta se queda con ellas. No parece ser ésta una solución de largo plazo, pues el experimento del Estado paternalista ya fue ensayado, y sus resultados –segunda guerra mundial mediante– no son para imitar ni desear.

Frente a esta postura reaccionan los partidarios del libre mercado. Para ellos, es la organización espontánea más brillante que ha dado la sociedad porque permite transmitir información de manera eficiente y tomar decisiones conscientes (es decir, con conocimiento de las elecciones del resto de las personas) a los individuos. Consideran que el problema no puede radicar en el sistema y hacen recaer la culpa del fracaso en los individuos que lo conforman; se busca la causa en la moral individual. Aquí distinguen varios grupos con responsabilidades diferentes: los burócratas que insistieron en reducir tasas de interés más allá de lo que la economía real soportaba, los financistas y calificadores de riesgo inescrupulosos que desarrollaron instrumentos inviables y, finalmente, la sed irrefrenable de consumo por parte de los ciudadanos de a pie.

Ahora bien, si la condición necesaria para el buen funcionamiento del sistema es la transformación de las conciencias, ¿cómo lograr semejante objetivo perseguido por las religiones desde hace milenios con tan pocos resultados ostensibles? ¿O acaso debemos postular que el libre mercado funciona en una sociedad angélica? Si el problema es de comportamiento agregado, la solución no puede apelar sólo a los comportamientos individuales. Existe una asimetría de niveles. Responsabilizar a los individuos sin denunciar ni, por tanto, abordar el problema sistémico sería una forma de encubrir las causas verdaderas. Las conductas codiciosas obedecen a un sistema que da rienda suelta a la codicia y, antes que domeñarla, la premia apelando al sofisma de que ella (el afán de lucro, el interés personal) es la motivación fundamental de todo agente económico.

Las alternativas de educar al soberano o fortalecer al Leviatán tienen en común que mantienen la organización económica vigente. Empero, si el problema radica en el diseño del sistema, ellas no agotan los modos de acción posibles. El abordaje de la solución debe partir de una perspectiva teórica que cuestione los fundamentos del orden vigente.

EL ORIGEN DEL CRÉDITO Y EL DINERO

Un sistema de crédito es la manera como las sociedades organizan la solidaridad para mayor beneficio del conjunto. Los ahorros de unos se derivan a otros que los requieren para realizar actividades económicas.

Un problema en el mercado financiero revela una falla en la organización del crédito en una economía. En nuestro sistema, el crédito se distribuye como dinero que crean los bancos centrales y los bancos privados bajo su supervisión. Como se sabe, esta emisión secundaria por parte de los bancos comerciales implica que los fondos mantenidos en reserva sean sólo una porción del total de la oferta monetaria, pues ellos vuelven a prestar buena parte del dinero que reciben en depósito. Es fácil reconocer el riesgo de fraude que conlleva esta situación, y la historia de las finanzas está plagada de ejemplos de insolvencia. El esfuerzo por regular la creación privada de dinero debe ser enorme. El problema es que las regulaciones siempre están mirando hacia atrás. Su función es evitar que vuelvan a ocurrir en el futuro crisis idénticas a las que ya tuvieron lugar. Son inútiles para prevenir crisis inéditas; pero los estafadores siempre están inventando nuevas formas de estafa.

Ahora bien, del mismo modo como la palabra humana no tiene la eficacia de la divina, la mera emisión de signos monetarios no crea riqueza real. Hace falta que los receptores de dichos pagarés crean y los usen para sus intercambios. Para ello es preciso que la tasa de incremento de dichos medios corra pareja con la tasa de incremento posible de la producción de bienes. Cuando esta correlación se pierde, los agentes económicos dejan de creer (el testimonio del signo no es creíble); pero, ¿cómo será eficaz la palabra si ya no hay nadie que crea en ella? Si el reembolso de los valores emitidos no puede realizarse en un plazo no infinito, el dinero pierde su significado y se convierte en signo vacío (un pedazo de papel, si el dinero es representado por un papel). Esto es lo que ocurre de manera parcial (o total en los casos de hiperinflación) cuando la moneda se de-valúa. La devaluación implica reconocer que la economía en su conjunto no puede, en un plazo razonable, recuperar los valores emitidos devolviendo bienes, por lo que se genera ahorro forzoso reduciendo los salarios en términos internacionales.

LA CRISIS ACTUAL

En el mercado global ocurre algo análogo, pero magnificado: los mecanismos del crédito se sofistican al punto de que de un solo bien real se crean varios instrumentos derivados que incrementan contablemente el valor que les dio origen. Los increíbles apalancamientos generados en el origen de esta crisis no son sino otra manera de crear dinero. De tal forma se consigue derivar valor –trabajo humano, en última instancia– hacia actividades que difícilmente habrían podido ser desarrolladas, pues habrían carecido de acceso al crédito. En efecto, la creación de artilugios financieros permite acumular una enorme cantidad de fondos para invertir en actividades que se espera serán fuertemente lucrativas, lo que redunda además en una concentración del ingreso y la riqueza globales. Pero llega un punto en el que el ritmo de la actividad real no alcanza para respaldar los valores emitidos en un lapso razonable. Aparecen las dudas sobre la capacidad de solvencia de la economía y la inflación de valores no puede sostenerse en el tiempo. La burbuja resultante, tarde o temprano, se pincha.

El movimiento mediante el cual los valores se ajustan a su nivel real no es neutral. No sólo sufren las consecuencias quienes se habían beneficiado llevando agua para su molino, es decir, quienes estaban directamente involucrados en esta derivación del trabajo de otros hacia sus propios negocios. Las cargas y responsabilidades no se distribuyen (tampoco aquí) de manera justa, por lo que se ve afectada también la economía real en su conjunto. El cáncer extiende su metástasis a todo el cuerpo.

LA PRETENSIÓN DE CRECIMIENTO ILIMITADO

Ahora bien, ¿son necesarios tales fondos acumulados para la inversión? La respuesta, a mi entender, es negativa. El crecimiento no puede ser constante por estar sujeto a ciclos generados por la dinámica propia de la transformación microeconómica. La inversión es equivalente a una aceleración en la producción de bienes y toda aceleración se enfrenta a una resistencia creciente. Como consecuencia, el requerimiento de fondos excedentes para financiar crecimiento de largo plazo no puede ser permanente ni mucho menos creciente (como se vino verificando a nivel global en los últimos años).

Una organización económica más sana debería permitir que en las etapas de menor crecimiento los ahorros tendieran a desaparecer –por el aumento del consumo–, mejorando concomitantemente el estándar de vida de la población y la distribución del ingreso. El punto clave aquí es –como lo señala B. Lonergan– que el sistema capitalista pretende generar siempre beneficios excedentes y crecimiento agregado permanente. No está preparado para tolerar una disminución en el excedente, porque se supone que, salvo en mercados imperfectos, el mayor beneficio lo obtendrán los más eficientes, y el capitalismo es un sistema que desea premiar a los más eficientes. Lamentablemente, esta conclusión no se fundamenta más que en el mito liberal del progreso infinito. Se convierte al beneficio en criterio último, cuando no debería ser más que el motor de la dinámica económica. Y los motores sólo en un modelo teórico abstracto pueden ser sometidos a aceleración constante ilimitada.

DESPUÉS DE LA CRISIS

No debe sorprendernos que, después de explotar una burbuja financiera, en los años subsiguientes el crecimiento sea menor. La masa de fondos disponibles para crédito se reduce en forma notable, por lo que las actividades que se financiaban sobre dicha estructura crediticia (ficticia) se verán severamente limitadas. Hasta tanto no aparezca una nueva arquitectura financiera las actividades que las reemplacen tampoco podrán desplegarse de manera inmediata. Para sobreponerse a la contracción del crédito, la liquidez deberá aumentar de manera de no restringir los intercambios reales por falta de medio de pago. Por supuesto que si esta mayor cantidad de dinero no alcanza para revertir malas expectativas de manera que la actividad no se contraiga, la situación deriva en una estanflación en el mediano plazo: estancamiento porque el nivel de actividad no reacciona a pesar de la mayor disponibilidad de crédito; inflación, como resultado de una mayor oferta de dinero con cantidad de bienes que no crece. Por ello dicha emisión debe favorecer sobre todo el consumo de aquellos bienes producidos internamente a fin de que la demanda agregada no disminuya y las empresas no deban reducir abruptamente su producción –y, concomitantemente, el nivel de empleo– por no encontrar quién les compre los bienes elaborados.

Finalmente, si el recurso a la mayor liquidez de la moneda de curso legal no es eficaz para revertir la desconfianza generalizada, quizá sea el momento de volver al patrón oro o apelar a las monedas locales o complementarias, pues la reconstrucción de la confianza sólo es posible a partir de las relaciones inmediatas.

LAS CONDUCTAS Y LAS REGLAS DE JUEGO

La raíz fundamental de esta crisis no está en la moral de los individuos. La solución definitiva tampoco puede venir por el lado del agrandamiento de la intervención estatal si no se ponen en cuestión algunos aspectos fundamentales de nuestra organización económica que hacen al mercado de dinero y crédito. Los problemas son, a mi juicio, dos: los riesgos que impone la creación privada de dinero sobre reservas fraccionarias y –mucho más grave aún– el afán de maximización permanente de beneficios. Este axioma a partir del cual teoriza la escuela neoclásica es abstracto, pues desconoce el contexto macroeconómico. Entonces tiene origen una lucha por el ingreso como si siempre hubiera excedente por el cual luchar, en la que terminan perdiendo todos. Quienes mantienen ahorros sin consideración de la existencia o no de excedente a nivel agregado, porque a las sobreexpansiones del ciclo económico le siguen depresiones; quienes nunca fueron receptores de excedente, porque la generación de ahorro en la fase decreciente del ciclo económico sólo puede hacerse a costa del salario, de modo que difícilmente ven mejorados sus ingresos reales y, por ende, su estándar de vida.

El problema de moral individual viene después. Sin duda que en la génesis también existieron conductas desproporcionadamente codiciosas, pero las conductas se dan en el marco de determinadas reglas de juego. Existen contextos que favorecen los comportamientos solidarios y contextos que favorecen los egoístas. Si a diez personas hambrientas se les ofrece tan solo una ración de comida, la regla de juego implícita es que el más fuerte se quede con ella. Así se fomentan los valores que tienen que ver con la competencia y la supervivencia del más apto. Si a ese mismo grupo se les da la consigna de que por cada bocado ofrecido a un compañero se les dará el doble, probablemente los comportamientos serán diferentes. En este punto radica la cuestión moral que nos aqueja.

Necesitamos reglas más inteligentes. Un mundo más razonable y justo requiere menos dinero secundario, menos crecimiento ilimitado y una teoría económica más realista, no tan unilateral ni entrampada en los juegos de poder vigentes. Lamentablemente, la visión actual está muy a la zaga de los acontecimientos económicos que estamos viviendo. Pero si los pilotos desconocen el instrumental de vuelo, entonces preparémonos para más turbulencias. La justicia económica deberá seguir esperando.
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Octavio Groppa. Publicó este artículo para revista Criterio, www.revistacriterio.com.ar


 

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