Nuestra responsabilidad hacia toda la Creación. El bienestar de los animales y los temas de prácticas de cultivo éticas no pueden desecharse bajo el cargo de idolatría.
Kate Blake

  El bienestar de los animales Kate Blake  

Alabama / Medioambiente – Cuando se trata del bienestar de los animales el cristiano promedio exhibe una asombrosa falta de valores cristianos. La mayoría de los cristianos declararán amar a los animales y no desearles ningún mal; no obstante cuando se trata de responder preguntas básicas en cuanto al bienestar de los animales, no dan las respuestas que exige la fe cristiana, sino más bien una respuesta que nace de la cultura desordenada y excesiva en la cual vivimos, la que está horriblemente ajena a los límites de la religión: Yo estoy en la cúspide de la cadena alimentaria. Comeré lo que quiera comer. ¿Qué me importa si viven en jaulas? Son sólo cerdos. La mayoría de los cristianos puede incluso sospechar que la preocupación por los animales como parte de la creación de Dios está próximo a la idolatría y que preocuparse por la creación es, de alguna manera, desplazar a Dios.

No obstante, no se desplaza a Dios por preocuparse por el tratamiento justo hacia lo que el Creador ha hecho. De hecho, se deshonra al Creador cuando uno descuida el bienestar de las cosas creadas. Al tomarse el tiempo para dar al último de los seres vivientes su justo lugar y en cuidar detalladamente el ubicarlos a todos en él, Dios nos exige a nosotros, que fuimos bendecidos con la capacidad para aprovecha los recursos de la tierra, que lo hagamos de manera responsable. Como plantea el catequismo de la Iglesia Católica, "el uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede estar divorciado del respeto por los imperativos morales".

Sin embargo, pocos estadounidenses reconocen otro imperativo moral más allá del valor económico de un recurso. Más bien tienen la opinión que toda la creación está a nuestra disposición, y que la única pregunta que debemos considerar es qué puede esa gallina o ese ternero o ese conejo hacer por mí. La creación, entonces, es vista como algo que no tiene más propósito que satisfacer nuestras necesidades. Nos olvidamos que nosotros mismos somos parte de la creación. Así que hacemos lo que podemos por impedir que invada nuestras vidas automatizadas.

¿QUIÉN ES EL AMO?

Pocos quieren que se les recuerde que vivimos insertos en la naturaleza. Nos protegemos de las cosas que hace la naturaleza, albergando la sensación que cuando la naturaleza hace lo que tiene que hacer, como llover o nevar, está estorbando nuestra forma civilizada de vida. Sin embargo, nuestro lugar en la creación no es el de amo. El mundo natural nos es dado por Dios a cambio de nuestro uso responsable de él. Como dice el catequismo: "El dominio del hombre sobre las cosas inanimadas y otros seres vivientes que el Creador nos otorga, nos es absoluto… requiere el respeto religioso por la integridad de la creación". La creación no nos debe nada. Más bien nosotros le debemos reparación.

Lo que muchos cristianos no reconocen es que la mayoría de las violaciones a la integridad de la creación provienen de un continuo deseo de reordenar la creación a la manera como a nosotros nos gustaría que fuera. Así, hacemos ingeniería genética para que las cosechas actúen de acuerdo a nuestros requerimientos, y tratamos a los animales como si ellos no tuvieran derecho a aire fresco y pastos. Al hacer la vista gorda en cuestiones sobre el bienestar de los animales, al afirmar que nosotros somos los amos y que los animales están a nuestra disposición, seguimos cometiendo el mismo primer pecado, de manera flagrante y deliberada.

El problema no está en el consumo o el uso de los animales, sino en los métodos usados para tratarlos. En su libro Amor y Responsabilidad, el Papa Juan Pablo II escribió: "Los seres humanos inteligentes no sólo no deben dilapidar y destruir… los recursos naturales, sino que deben usarlos de manera restringida… especialmente en su trato para con los animales, ya que estos son seres dotados de sensibilidad, que sienten dolor, el hombre debe garantizar que el uso de estas criaturas jamás sea mediante el sufrimiento o la tortura física".

ALLÁ EN LA GRANJA

Sin embargo, es del todo probable que pocas veces le dediquemos algún pensamiento a la manera cómo la comida del domingo llega a nuestras mesas. Un sitio web (www.factoryfarm.org) explica: "Si bien muchas de las técnicas utilizadas en las haciendas industrializadas fueron desarrolladas para hacer la producción más rentable, otras técnicas fueron adoptadas para aumentar la eficiencia y la seguridad. No obstante, dichas prácticas a menudo causan incomodidad, dolor y estrés a los animales, a la vez que inhiben sus conductas naturales, instintivas". De acuerdo con este sitio web, los cerdos, que llegan a pesar 500 libras en la edad adulta, son criados en espacios que miden apenas 20 pulgadas de ancho. No tienen espacio para darse vuelta o acostarse. Están forzados a defecar en el mismo lugar, y contrariamente a lo que se cree, los animales no defecan donde comen y duermen cuando lo pueden evitar.

En la naturaleza, los cerdos hozan (levantan la tierra con el hocico), buscan comida y construyen nidos; en la industria moderna no tienen nada más que un suelo de concreto. Son comunes los tumores, las heridas y las piernas fracturadas por la falta de movimiento. Los pollos tienen un destino similar. Están apiñados en jaulas tan pequeñas que no pueden extender las alas y viven en construcciones sin ventanas, privados de la luz del sol.

Tales condiciones son normales. En un trabajo titulado "Farm Animal Health and Well Being" ("Salud y bienestar de los animales de granja"), preparado para la Junta de la Agencia de Planificación Medioambiental de Calidad de Minnesota, Marlene K. Halverson relata: "A todos los animales de granja, salvo las especies de pastoreo y las que están en confinamiento enriquecido y extendido, están impedidos de llevar a cabo las conductas naturales específicas de cada especie, tales como baños de tierra (una importante actividad de cuidado personal en los pollos) o la construcción de nidos (una importante actividad maternal de las cerdas)".

Cuando a un animal le es denegada la oportunidad de actuar o comportarse de las maneras como Dios lo ideó, ya no está viviendo en condiciones naturales. Es una violación a la armonía de la creación. Nuestro intento de sortear la naturaleza y la creación de Dios no es nada menos que el pecado del orgullo.

NUESTRO DEBER CRISTIANO

A pesar que debiera ser evidente que ninguna de estas actividades concuerda con las intenciones de Dios para con la creación, para muchos cristianos sigue siendo un no-tema. ¿Por qué? Si, como nos dice la Biblia, ni siquiera cae un gorrión sin que Dios lo sepa, ¿cómo podemos justificar sentir desprecio por ese gorrión? El bienestar de los animales y los temas de prácticas de cultivo éticas no pueden desecharse bajo el cargo de idolatría. Más acorde con el tema, cuando una persona se abstiene de consumir carne proveniente de animales que son criados en condiciones que no son las naturales, mientras otra persona pide que le sirvan solamente el bistec más blando y jugoso, no es el primero el que está adorando ídolos.

Tal como dijo el Papa Juan Pablo II en su encíclica Centesimus Annus: "En vez de llevar a cabo su rol de cooperador con Dios en el trabajo de la creación, el hombre se coloca en el lugar de Dios y por ende termina causando una rebelión de parte de la naturaleza…" Esa descarnada observación debiera producir en nosotros un renovado sentido de compromiso con la creación de Dios y una consideración espiritual de nuestra relación con ella.
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Kate Blake es estudiante de último año en la Universidad de Alabama en Huntsville. Publicado en revista America, www.americamagazine.org


 
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