Una excelente manera de conmemorar el aniversario de la Declaración Universal sería la de lanzar un sostenido debate sobre cómo proteger los derechos humanos fundamentales de los 45 millones de personas desplazadas de sus hogares hoy en día.
David Hollenbach

  Un defensor para todos David Hollenbach  

Boston / Religión La postura de la Iglesia católica hacia los derechos humanos en los 60 años que han transcurrido desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de los Derechos Humanos el 10 de diciembre de 1948. En las postrimerías del siglo 19 personeros de la Iglesia católica rechazaban posturas modernas de derechos humanos como la libertad de culto. Temían que tales derechos relegarían la creencia religiosa a los márgenes de la sociedad y que los derechos de los individuos minarían el compromiso con el bien común.

No obstante, un siglo después, en el Concilio Vaticano II los obispos proclamaron que "el derecho a la libertad religiosa está realmente fundado en la dignidad misma de la persona humana, tal como se la conoce por la palabra revelada de Dios y por la misma razón natural" ("Declaración sobre la Libertad Religiosa", Nº 2). El Concilio relacionó toda la gama de los derechos humanos con la esencia de la fe cristiana y transformó la Iglesia en uno de los principales defensores de los derechos humanos y la democracia.

POR QUÉ PROGRESÓ EL PENSAMIENTO DE LA IGLESIA

El cambio de la Iglesia de oponerse a apoyar los derechos humanos se desarrolló a partir de las mismas experiencias históricas que llevaron a la creación de la Declaración Universal. Las sangrientas guerras del siglo 20 llevaron a la sociedad secular y a la Iglesia a la fundamental toma de conciencia que la paz depende del respeto por la dignidad y los derechos de todos. Desastrosos conflictos como las dos guerras mundiales se producen cuando las personas se identifican con el "nosotros" en contra de "ellos", grupos que se basan en la nacionalidad, la religión o la etnia. Tales divisiones estaban en la base del genocidio de los judíos por parte de los Nazis. Los redactores de la Declaración Universal temían que tales divisiones podrían dejar a los pueblos colonizados sin otra opción que no fuera la violencia al rebelarse contra las naciones y los grupos raciales que los oprimían.

Para contrarrestar resultados tan sangrientos, los muros que dividían a las personas entre los que importan y los que no debían ser derribados. La afirmación de los derechos humanos significa que la dignidad inherente de cada miembro de la familia humana se transforma en la base sobre la que se organiza la vida en sociedad a nivel planetario. La Declaración de los Derechos Humanos es universal precisamente porque declara la igualdad de derechos de todo ser humano. No más blanco dominador del no-blanco, del ario sobre el judío, del colonizador europeo sobre el colonizado no europeo, no más superioridad del hombre sobre la mujer. La experiencia de las consecuencias de las divisiones nosotros-contra-ellos llevó a la creación de la Declaración Universal.

La misma experiencia llevó a que la Iglesia progresara en la enseñanza de los derechos humanos. El Papa Pío XII inicialmente empezó el proceso con un tímido apoyo a los derechos humanos y la democracia. La Encíclica de Juan XXIII Paz en la Tierra, de 1963, apoyó los derechos humanos basados en la dignidad de la persona creada a la imagen de Dios sin ambigüedades. El Papa Juan XXIII apoyó todo la gama de derechos humanos proclamados en la Declaración Universal, tanto los derechos políticos-civiles como los de libertad de expresión y auto-gobierno y los derechos socio-económicos como el derecho a la alimentación y al cuidado de la salud. Todos estos derechos son condiciones sine qua non para la paz mundial que Juan XIII buscaba promover durante la Guerra Fría que la crisis de los misiles con Cuba casi convierte en guerra caliente pocos meses antes de la publicación de Paz en la Tierra.

Igualmente importante fue la tardía pero inequívoca afirmación del Concilio Vaticano II en 1965 sobre el derecho a la libertad de culto. Antes del Concilio, la Iglesia temía que el llamado universalista que todas las personas debían ser tratadas de igual manera en la sociedad civil sin considerar su creencia religiosa podría llevar a un relativismo religioso que podía socavar la verdad de la fe en Jesucristo. Sin embargo, la "Declaración sobre Libertad de Culto" acudía a los Evangelios como también a los requisitos universales de la razón humana para afirmar que todas las personas deben tener garantizada la libertad civil para ejercer su creencia religiosa, "incluso aquellos que no cumplen la obligación de buscar la verdad y de adherirse a ella" (Nº2). De esta manera el Concilio rechazó distinciones exclusivistas de la vida civil basadas en la participación o no participación en la Iglesia.

El Concilio dejó a la Iglesia en posición de apoyar toda la gama de derechos humanos inherentes a toda persona humana. Al permitir a la Iglesia argumentar que las convicciones religiosas jamás deben ser usadas para negar derechos humanos en el nombre de Dios, el Concilio también puso a la Iglesia en posición de desafiar los nacionalismos cerrados y todas las corrientes que tienden a otorgar privilegios políticos basados en identidad étnica. El Concilio abrió el camino para que la Iglesia adquiriese un sólido compromiso con los derechos humanos.

LA ACCIÓN DE LA IGLESIA EN FAVOR DE LOS DERECHOS HUMANOS

Desde el Concilio, la Iglesia ha ejercido liderazgo en la defensa de los derechos humanos, a menudo corriendo grandes riesgos. Por ejemplo, a mediado de la década de los 70, la Iglesia chilena estableció la Vicaría de la Solidaridad, una organización que se opuso firmemente a la tortura y la desaparición de personas que ocurrieron durante la dictadura del General Augusto Pinochet. Las objeciones de la Vicaría a la tortura ya habían sido anticipadas en el Concilio II, con la declaración que "la tortura moral o física… son crímenes: degradan la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contrarias al honor debido al Creador". ("Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual").

La oposición de la Iglesia a la tortura ha sido recientemente reafirmada en el contexto de las respuestas de los Estados Unidos al terrorismo. Hablando a nombre del Comité de obispos estadounidenses sobre políticas internacionales, el obispo Thomas G. Wenski recordó a los legisladores estadounidenses que "el maltrato a los prisioneros atenta contra la dignidad humana. El respecto a la dignidad de toda persona, aliado o enemigo, debe servir como fundamento para los derechos humanos básicos de cualquier individuo privado de libertad por cualquier causa".

De la misma manera, en 1986 los obispos filipinos se opusieron al intento de Ferdinand Marcos de robar una elección presidencial; declararon que la elección era fraudulenta y sus esfuerzos para permanecer en el poder moralmente ilegítimos. La defensa de los obispos del derecho al auto-gobierno los alineó con el movimiento del "poder popular" que a la larga llevó a Corazón Aquino a la presidencia. Igual apoyo de la Iglesia a la democracia ha tenido lugar en Corea del Sur, Lituania, Polonia, Brasil y Perú.

Sin embargo, el compromiso de la Iglesia en la lucha por los derechos humanos no siempre ha sido coherente. Durante la "guerra sucia" en Argentina, a finales de los ‘70 y comienzos de los ’80, la dirigencia de la Iglesia seguía muy ligada al régimen represivo. Y las espantosas matanzas en Ruanda en 1994, el país más católico de África se rebajó a la forma más abyecta de violación de los derechos humanos: el genocidio. Algunos clérigos ruandeses apoyaron a los asesinos; otros no se les opusieron. A pesar que el apoyo activo de la Iglesia Católica a los derechos humanos no ha sido pareja, no es menos cierto que líderes y miembros de sus filas han contribuido a hacer de la Iglesia una importante fuerza global para la promoción de los derechos humanos. Este año, en el sexagésimo aniversario de la Declaración Universal, la comunidad católica debiera reflexionar cuidadosamente sobre cómo puede mejorar y expandir los logros que ha obtenido.

La contribución católica a los derechos humanos en el futuro inmediato puede ser más efectiva si se construye sobre la experiencia que la llevó a apoyar los derechos humanos en el Concilio Vaticano II, que es el rechazo de las divisiones en grupos con poder/grupos sin poder y el apoyo a la unidad de la familia humana. Actualmente, las desigualdades económicas están dentro de las mayores amenazas a la dignidad del hombre; las disparidades producen profundas divisiones en el mundo entre los que tienen y los que no. Tales divisiones amenazan las vidas y dignidad de los "mil millones de abajo" en el mundo y los privan de los derechos económicos básicos proclamados tanto en la Declaración Universal como en las enseñanzas de la Iglesia. Sobreponerse a tales divisiones requerirá lo que el Papa Juan Pablo II llamó "la globalización de la solidaridad". Los fundamentos de la Iglesia para afirmar tal responsabilidad global se basan en la fe, la razón y la experiencia. Su experiencia transnacional de trabajar por sobre las fronteras con las gentes y los estados, le da a la Iglesia una mirada práctica sobre adónde hay más carencias y cuáles son los enfoques económicos más efectivos.

Los derechos humanos continúan estando amenazados por conflictos basados en identidad étnica o religiosa, especialmente cuando se combinan con las fuerzas del nacionalismo. Uno recuerda los conflictos raciales/étnicos entre "árabe" y "africanos" en Darfur, las luchas religiosas entre hindúes y cristianos en la India, el conflicto Palestino-Israelí. La Iglesia ha aprendido que su compromiso con Jesucristo no debiera llevar a una identidad definida como contra los no-cristianos. Más bien, la cristiandad ve a todos los seres humanos como creados a imagen y semejanza de Dios y merecedores de los derechos humanos. Ayudar a otros comunidades a aprender cómo pueden ayudarse a sí mismas a la vez que se actúa como hermano y hermana de toda la comunidad humana puede ser una de las contribuciones fundamentales de la Iglesia para el progreso de los derechos humanos hoy.

En su discurso con ocasión del quincuagésimo aniversario de las Naciones Unidas en 1995, Juan Pablo II enfatizó que la identidad nacional o étnica debe fusionarse con su apoyo a la dignidad universal de toda persona. La Iglesia puede ayudar a difundir este mensaje, que es todavía más crítico en nuestros días. Por ejemplo, en el contexto del diálogo con los musulmanes, los católicos pueden explicar cómo la Iglesia cambió del rechazo al derecho de la libertad de culto, al apoyo firme, a la vez que se mantiene fiel a su fe en Cristo. Esto quizás podría ser de ayuda. Los musulmanes han recorrido un camino similar.

Al tiempo que Iglesia encuentra maneras de alejarse de las causas de la guerra, también puede hablar sobre las consecuencias de un conflicto violento. El desplazamiento forzoso y la persecución causados por la guerra están dentro de los grandes temas de las violaciones a los derechos humanos. Hoy en día en el mundo existen más de 45 millones de refugiados y personas desplazadas internamente, personas a las que se les niega el derecho básico de vivir en sus propios hogares. A menudo los desplazados son perseguidos por su raza, religión, etnia u origen. Cuando son confinados a campos de refugiados, pierden acceso a cuidado médico adecuado, educación y fuentes de trabajo. En el hemisferio norte, los refugiados que arrancan de la persecución tienen más y más dificultades para encontrar asilo; muchos de los que procuran asilo son detenidos por largos períodos de tiempo.

El discurso del Papa Benedicto XVI en Naciones Unidas a comienzos de este año trató algunas de las causas y consecuencias del desplazamiento. Después de los horrores de Bosnia y Ruanda en los ‘90s, hubo mucha discusión sobre cómo prevenir las limpiezas étnicas y los genocidios en el futuro. Ello dio pie a un enfoque llamado "la responsabilidad de proteger". Este punto de vista sostiene que la responsabilidad de proteger a las personas de las graves violaciones a los derechos humanos, como las que ocurren en las limpiezas étnicas o genocidios, recae en primer término en el estado de origen de los individuos. Pero si un gobierno no es capaz de proteger a sus propios connacionales, o pero aún, afecta gravemente sus derechos, la responsabilidad de proteger recae en la comunidad internacional. Los derechos humanos universales de todas las personas ponen límites a la soberanía nacional. Esto está en íntima relación con el concepto de derechos humanos afirmado por la Declaración Universal. Sin embargo, la doctrina de la responsabilidad de proteger orienta a las naciones comprometidas claramente hacia la necesidad de tomar medidas internacionales efectivas para realmente impedir violaciones graves a los derechos humanos. La Cumbre Mundial de la Asamblea General de Naciones Unidas adoptó esta doctrina en el 2005 y este año, Benedicto XVI la apoyó decididamente.

Antonio Guterres, Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados ha sugerido que la implementación de la responsabilidad de proteger va a implicar defender a las personas de violaciones a los derechos humanos menos severas, pero igualmente graves, que el genocidio, como el abandono forzoso del hogar y el confinamiento en campos por largos períodos. Guterres ve a esta doctrina como un llamado para un "nuevo pacto de protección humanitaria". Creo que la intervención del Papa Benedicto en Naciones Unidas apunta en la misma dirección.

Una excelente manera de conmemorar el aniversario de la Declaración Universal sería la de lanzar un sostenido debate sobre cómo proteger los derechos humanos fundamentales de los 45 millones de personas desplazadas de sus hogares hoy en día. El crecimiento y desarrollo de la posición de la Iglesia sobre los derechos humanos le permitiría hacer una contribución modesta aunque seria a la discusión sobre la acción requerida.
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David Hollenbach, S.J., es titular de la Cátedra de Derechos Humanos y Justicia Internacional y dirige el Center for Human Rights and International Justice en Boston College. Este artículo fue publicado en America, Dic. 1, 2008. Visite www.americamagazine.org


 
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