Al contrario de lo que muchas veces se presupone, y al margen de que España los necesita por razones demográficas, es muy probable que la inmigración genere más beneficios a la población nativa de los que aquella recibirá de ésta
Guillermo Oglietti

Guillermo Oglietti

 

Las ventajas de la inmigración Barcelona - “La percepción que habitualmente se tiene de la inmigración como parasitaria debe corregirse drásticamente, porque lo cierto es que quienes reciben más que lo que aportan no son los inmigrantes”. España se ha convertido, por primera vez en su historia moderna, en país receptor de un importante caudal inmigratorio. La dimensión que está alcanzando el fenómeno, con unos 4 millones de inmigrantes en 2005 resulta curiosamente similar a los casi 4 millones de parados que en 1994 alarmaban la opinión pública. Esta cifra, que representa el 9,3% de la población, maquilla proporciones muy notables en algunos segmentos (el 25% de los trabajadores de la hostelería, el 30% de la población de 30 a 34 años en Baleares, o el 79% de las empleadas domésticas de Madrid), garantizando que la inmigración será uno de los grandes temas de la próxima década. La necesidad de inmigrantes es tal, que de no contar con su contribución a la oferta de trabajo, la tasa de paro habría sido negativa. Además, las previsiones señalan (Oliver) que en los próximos 15 años la cantidad de inmigrantes podría doblarse o más, porque el mercado de trabajo necesitará unos 6 millones para cubrir el desplome demográfico de los españoles. En efecto, los niños que ahora tienen menos de 15 años, 6,4 millones, no alcanzarán a reemplazar dentro de 15 años a quienes ahora tienen entre 16 y 31 años, 8,5 millones. Además, parte de la nutrida cohorte de babyboomers que ahora tienen entre 30 y 44 años comenzará a salir del mercado de trabajo en esta etapa.Por lo tanto, el verdadero “efecto llamada” es la fortaleza del mercado de trabajo español. En la última década el empleo está creciendo al fuerte ritmo de 4,2% anual, una trayectoria incompatible con el crecimiento vegetativo de la población, de apenas 0,23%. También lo sugiere así el caso irlandés, país que, secundado por España, lideró el ranking de crecimiento del PIB de la UE-15 en la última década. Irlanda tiene un “efecto llamada” semejante al español: a principios de los ‘90 revirtió la emigración de sus ciudadanos y comenzó a ser un país de destino, al punto que en estos pocos años acumula unos 400.000 inmigrantes, casi el 10% de su población. Visto así, quedan pocas alternativas: recurrir a la inmigración, estimular la fertilidad de los españoles o frenar el crecimiento.El debate sobre la inmigración no debe circunscribirse al egoísta punto de vista de si el mercado de trabajo los necesita o no. ¡Puede ser más egoísta todavía si se incluyen todos los beneficios que la inmigración genera en el país que la recibe! Como sobre este tema España tiene poca experiencia, conviene recurrir a la de países que la tienen, en especial EE.UU., país formado por inmigrantes que goza de una amplia experiencia en el análisis del impacto económico de la inmigración. Las investigaciones son bastante concluyentes: ¡A corto o mediano plazo la inmigración mejora las condiciones económicas de la población nativa, aumenta la productividad del trabajo, e incluso puede aumentar el ritmo de crecimiento a largo plazo! Los canales por los que se produce este resultado son incontables (a menudo contradicen los prejuicios de la opinión pública), y vale la pena reseñar algunos que parecen especialmente aplicables al caso de España.¿Caída salarial?El argumento que considera más desfavorablemente la inmigración se basa en el impacto redistributivo, y da este sencillo razonamiento: al disminuir el stock de capital por trabajador, aumenta la rentabilidad del capital y disminuye el salario. El efecto final es distributivo (Borjas), porque las pérdidas salariales de los trabajadores son más que compensadas por las ganancias de las empresas. Así, bajo este desfavorable argumento, la sociedad en conjunto sale beneficiada, pero a costa de una mayor desigualdad.Pero este es un enfoque de corto plazo, porque no tiene en cuenta que el mismo proceso estimula la inversión (incluida la inmobiliaria) para recomponer la relación capital/trabajo, y a mediano plazo se recupera el producto por trabajador. De hecho, no se halla prueba empírica alguna de que la inmigración deprima los salarios reales. Por lo general, es altamente pro-cíclica, y las entradas se producen cuando la economía y los salarios están creciendo.También debe tenerse en cuenta que la mayor rentabilidad del capital provoca un aumento de su valoración (acciones e inmuebles), lo que también beneficia a la parte de los trabajadores –no despreciable en los países desarrollados–, que invierten su ahorro en acciones o en vivienda. El boom inmobiliario, atizado en parte por la propia demanda de los inmigrantes, ha beneficiado particularmente a los trabajadores españoles que destinan el grueso de su ahorro a adquirir la vivienda propia y salen beneficiados con su revalorización.En resumen, sobre este impacto redistributivo, “los hechos observados sugieren que la inmigración ayudó a estimular el incremento del stock de capital y la relación capital-trabajo, gracias al aumento tanto de la oferta, como de la demanda de capital” (Carter y Sutch). Coincide con esto la constancia de que los inmigrantes son grandes ahorristas, porque procuran acortar la diferencia de riqueza con los nativos, especialmente inmobiliaria, lo más rápidamente posible.¿Bajos salarios y menos productividad?Suele argumentarse que la productividad de los inmigrantes es baja, incluso lo suficiente como para disminuir el producto per capita del país. Sin embargo, haciendo un sencillo cálculo basado en el hecho de que en España hay un trabajador por cada dos personas, para que el producto per capita cayese, sería necesario que la productividad del inmigrante fuera menor que la mitad de la del nativo, y esto no es así, especialmente si están regularizados. También se intenta demostrar que los inmigrantes son menos productivos porque, en igualdad de condiciones, reciben salarios más bajos que los nativos. Aquí conviene recordar que los salarios de los inmigrantes no reflejan toda su productividad, porque una parte de la misma va a parar a una plusvalía adicional de los empresarios que los contratan.Es habitual que los inmigrantes tengan un nivel educativo superior al de la población nativa. En el caso de España, los registros mostraban, al menos hacia 2001, que la inmigración recibida se encuadraba dentro de esta regla (Manpower). Kuznets describió la ‘importación’ de capital humano como uno de los impactos positivos generados por la inmigración, beneficio que disfrutaron los países americanos en los inicios del siglo XX y les permitió ahorrarse el esfuerzo de educar a su propia población. Pero incluso si los inmigrantes tuviesen menos formación que los nativos, conviene recordar que el grueso del aporte de capital humano de la inmigración no proviene de la educación, sino de un factor muy difícil de medir, que es el ‘ánimo emprendedor’, el empuje, la voluntad que los angloparlantes resumen con el vocablo entrepreneurship. Éste es el atributo personal que explica la mayor parte del salario: lo sugiere ya el ánimo de los inmigrantes para desafiar las numerosas barreras, legales, geográficas y sociales, e incluso asumir los riesgos, a veces mortales, de la travesía; prueba de una tenacidad que sin duda explicaría un aumento salarial relevante si se lo permitiesen. Así lo confirman los resultados de EE.UU., donde los inmigrantes tardan cinco años en alcanzar el nivel salarial de los nativos, y diez años en superarlo. Además, puede agregarse que cualquiera que sea el nivel educativo del trabajador, para el país receptor no significó ningún costo generarlo. Lamentablemente, la otra cara del ánimo tenaz y de la educación gratuita que los inmigrantes entregan a la sociedad que los recibe es, sin duda, la mayor riqueza que se les resta a los países de origen.Desde otro ángulo, suele argumentarse que sin inmigración las empresas estarían forzadas a aumentar la productividad para convalidar el aumento de los salarios. Al respecto conviene notar que la productividad también responde a la estructura productiva de cada país, y el marcado sesgo de España en actividades de servicios intensivas en empleo haría que fuese muy difícil lograr que la escasez de trabajadores se transformase en un aumento de la productividad. A juzgar por la experiencia del pasado, tiene más posibilidades de desencadenar una espiral inflacionaria, imposible de resolver sin que medie una devaluación o una recesión. El crecimiento de la productividad no es una consecuencia inevitable ni instantánea. No necesariamente ha de ocurrir, ni ha de ocurrir con rapidez. Ante una demanda de trabajo que excede con creces la oferta, como en el caso actual de España, seguramente el sistema productivo necesitará un cierto período de adaptación para elevar la productividad, y la inmigración ofrece una oportunidad de aliviar transitoriamente esta imposición del mercado de trabajo.Mayor flexibilidadDesde un ángulo estrictamente productivo, la inmigración es ‘oportuna’ porque está estrechamente sincronizada con el crecimiento de la economía y se dirige con precisión a los sectores y regiones que presentan la mayor demanda de trabajadores y la menor tasa de paro. No es habitual encontrar trabajos que incluyan la ‘oportunidad’ de la inmigración, pero si la inmigración no acudiese ahí, dónde y cuándo el mercado de trabajo la requiere, las presiones salariales en sectores y regiones puntuales podrían ahogar el estímulo inicial. Este fenómeno es relevante en la economía española caracterizada por estar relativamente cartelizada, de manera que las presiones salariales rápidamente desencadenan inflación. La inmigración ofrece una rápida y precisa herramienta para moderar la espiral inflacionaria porque contribuye a aliviar el exceso de demanda de trabajo, sin perjudicar el desarrollo del resto de sectores y regiones. Así, si bien la inmigración puede haber contenido el aumento salarial en el sector madrileño de la construcción, difícilmente se habrá traducido esa moderación en un menor incremento del salario real en el sector financiero de la ciudad, o de cualquier sector de Extremadura.Si la economía está en pleno empleo y afronta un período de expansión, se requerirá un largo período de tiempo para que el crecimiento vegetativo suministre la oferta de trabajadores necesaria. La inmigración, en cambio, contribuye de manera inmediata. Aporta una ganancia de flexibilidad al sistema productivo, que le permite aprovechar las oportunidades de crecimiento que no necesariamente tendrían lugar recurriendo al crecimiento vegetativo.También desde un ángulo productivo mejora la inmigración el ajuste en el mercado de trabajo entre el nivel educativo y la categoría de la posición laboral. Este fenómeno, también llamado ‘sobreeducación’, se reduce porque los inmigrantes ocupan los peores puestos de trabajo, empujando a los nativos hacia posiciones más acordes con su formación. El caso del servicio doméstico, que libera a la familia de cargas domésticas, es el ejemplo más palmario de este impacto pocas veces tenido en cuenta.Además, es muy difícil cambiar la estructura productiva de un país, y si se desea cambiar el sesgo español en actividades de servicios empleo-intensivas de baja productividad, indudablemente será más difícil lograrlo si, además de las dificultades habituales, se sigue cargando con el lastre de un nivel salarial artificialmente elevado; es decir, alto por la escasez de trabajadores, y no por la productividad. La combinación de salarios altos con productividad baja no es nunca lo bastante duradera como para sustentar un modelo de crecimiento.Auge de demandaEspecial atención debe prestarse al hecho de que la inmigración contribuye al crecimiento per capita aportando su propia demanda. Un reciente trabajo (Caixa Catalunya) señala que, sin inmigrantes, el crecimiento per capita de España podría haberse reducido a la mitad, o menos, del que efectivamente tuvo. Los 3,3 millones de inmigrantes que España recibió en los últimos 10 años representan una estratosférica expansión de la demanda de bienes de consumo y de inversión. La inmigración no solamente contribuye como fuerza de trabajo; también impulsa las ventas, estimulando la inversión y, posiblemente, un incremento de la productividad del trabajo gracias a la mayor escala de producción.Este listado incompleto de impactos económicos de la inmigración sólo intenta sugerir que, al contrario de lo que muchas veces se presupone, y al margen de que España los necesita por razones demográficas, es muy probable que la inmigración genere más beneficios a la población nativa –trabajadores y empresarios– de los que aquella recibirá de ésta. En esta perspectiva, mejorar las condiciones de acogida y facilitar la adaptación de los inmigrantes, más que un acto solidario, es un acto de reciprocidad en provecho propio. La percepción que habitualmente se tiene de la inmigración como parasitaria debe corregirse drásticamente, porque es lo cierto que quienes reciben más que lo que aportan no son los inmigrantes.
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Guillermo OgliettiEconomista argentino que trabaja en el centro de Economía Aplicada de la Universidad Autónoma de Barcelona, en el equipo de investigación dirigido por el catedrático Josep Oliver .

 


 
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