Las consecuencias de la tragedia ecológica de la plataforma de British Petroleum tienen un parangón en las del histórico colapso, en 1986, del reactor nuclear de Ucrania.
Raúl Sohr

Santiago / Ecología – Como un “11 de septiembre ecológico” calificó el presidente Barack Obama el estallido de la plataforma petrolera Deepwater Horizon, en el Golfo de México. Los cientos de millones de litros de crudo vertidos al océano constituyen el mayor desastre ambiental sufrido por Estados Unidos. El 20 de abril de 2010, una explosión sacudió la estructura metálica destinada a extraer el crudo de los fondos marinos. La confianza en la mencionada instalación descansaba en que tenía el récord mundial de perforación en profundidad bajo el mar luego de haber, un año antes, horadado a diez mil metros, también en el Golfo. Pero el 22 de abril una de las obras más avanzadas de la ingeniería industrial desaparecía bajo las aguas en un accidente que costó la vida a once trabajadores.
 
La empresa responsable de la explotación de la plataforma, en el pozo de Macondo —quizás una alusión subconsciente al realismo mágico de Gabriel García Márquez— es British Petroleum (BP), una de las antiguas “siete hermanas”, como se llamó al septeto de las majors o principales compañías del rubro. La magnitud del daño sobre las costas y su flora y fauna plantean una nueva realidad que aún es prematuro dimensionar en toda su magnitud. Los costos iniciales de limpieza y contención exceden los tres mil millones de dólares. El fondo de indemnizaciones dispuesto por BP —bajo presión de Washington— para compensar a los afectados por la marea negra que se extiende sobre cientos de kilómetros, cuenta con un depósito de veinte mil millones de dólares. Pero esta cantidad, en el país que bate records en las sumas logradas por legiones de abogados litigantes, no cesará de aumentar.
 
Hay un dicho que reza: “Dios perdona siempre, los hombres a veces, pero la naturaleza nunca”. A las pocas semanas del derrame, mientras el petróleo manaba a borbotones, algunas autoridades y sectores de la población perdieron confianza en la capacidad de BP para sellar el pozo. En su desesperación, muchos ciudadanos elevaron la mirada a los cielos, implorando una intervención divina. El senador estadual Robert Adley se hizo cargo del clamor de muchos lugareños: “Hasta ahora, los esfuerzos realizados por los mortales no han surtido ningún efecto… Para nosotros es, claramente, la hora de un milagro”. Los fieles de diversas religiones del Estado de Louisiana se unieron para orar y así “acabar con esta emergencia, salvándonos a todos de la destrucción tanto de nuestra cultura como de nuestras fuentes de ingresos”. Con su aguda ironía, el humorista estadounidense Jon Stewart reflexionó: “El petróleo está a mil quinientos metros bajo el mar y a más de tres mil metros bajo sedimentos sólidos. Creo que Dios hizo lo suficiente para impedir estos derrames”. Pero, como lo explicó el propio Obama, “la razón por la que las compañías petroleras están perforando a más de kilómetro y medio bajo la superficie del océano es porque se nos están acabando los lugares donde perforar en tierra o en aguas poco profundas”. Pero ni rezos ni las distintas técnicas aplicadas interfirieron con el flujo que continuó contaminando las aguas del Golfo. Ello por tres meses en que todos los recursos y conocimientos disponibles fueron aplicados con frenética energía. Fue patente la impotencia de la ingeniería más avanzada.
 
En este contexto, cabe evocar la tragedia de Chernobil, ocurrida en Ucrania en 1986, que es el accidente más grave de la historia nuclear. El trágico evento no es comparable en lo que toca a la pérdida de vidas. Pero, desde una perspectiva industrial, el espectro de Chernobil se alza, sin embargo, como una amenaza real. El desastre detuvo la construcción de nuevos reactores núcleo-eléctricos en buena parte del mundo desarrollado. La energía atómica perdió legitimidad ante los ojos de la opinión pública internacional. Las empresas aseguradoras, por su parte, concluyeron que los riesgos financieros en caso de un accidente no hacían lucrativo responder por escapes de radioactividad. Es cierto que dichos accidentes son muy escasos pero, cuando ocurren, su potencial destructivo no guarda relación con los de otros procesos fabriles o extractivos.
 
CUADRO DESALENTADOR
 
Está a la vista que el petróleo derramado mata peces, aves y otras especies. Pero su efecto es insignificante si se lo compara con la liberación de radiactividad que es invisible y que no puede ser limpiada de forma alguna. Un escape de radiación atómica provoca el pánico del peligro letal que se infiltra en la lluvia, en el agua y los alimentos por décadas. En vez de vedar el acceso a playas, la radioactividad hubiese forzado la evacuación de los habitantes de la región. La analogía con Chernobil apunta, en todo caso, a que, como ocurrió con los reactores, las primas de seguro para la explotación petrolera mar afuera subirán a nuevas cotas. Crecerá también el rechazo de las poblaciones costeras a ver plataformas de bombeo en sus proximidades. En consecuencia, las autoridades buscarán mayores garantías antes de conceder permisos de explotación.
 
Estados Unidos está en una encrucijada: perseverar en su adicción petrolera o buscar una alternativa en las energías limpias. El cuadro actual es desalentador. Con menos de cinco por ciento de la población mundial, los norteamericanos consumen cerca de un cuarto de todo el crudo del planeta. La factura por la sed de petróleo supera los trescientos mil millones de dólares anuales, situación que ha llevado a señalar que el país se endeuda con China para poder pagar los embarques provenientes de Arabia Saudita. El país alcanzó en 1971 lo que se conoce como el peak oil. Es el punto en que la producción alcanza su punto máximo y a partir del cual las extracciones comienzan a declinar. Dicho sea de paso, Chile tuvo su peak oil en 1982.
 
“PROYECTO INDEPENDENCIA”
 
Pocos están al tanto de que el principal ocupante de la Casa Blanca proclamó el “Proyecto Independencia” destinado a garantizar la autosuficiencia energética del país. ¿Una propuesta de Obama? No. Una promesa muy anterior, realizada en 1973 por el presidente Richard Nixon, quien aseguró que los recursos destinados a liberarse de la dependencia petrolera serían tan cuantiosos como los invertidos en el “Proyecto Manhattan”, que en escasos años permitió a Washington disponer de la bomba atómica. Los propósitos fueron formulados luego del embargo impuesto por los países productores de petróleo afiliados a la OPEP, a causa de la guerra israelí-árabe del mismo año. Como resultado del embargo, los precios del crudo se cuadruplicaron y tuvieron un efecto devastador sobre las principales economías del mundo. Pero la crisis pasó y las aguas volvieron a sus cauces o, si se prefiere, el petróleo fue consumido sin restricciones.
 
Desde entonces, cada presidente estadounidense ha reiterado las mismas buenas intenciones de acabar con la adicción al petróleo. Pero, uno tras otro, cada mandatario ha entregado el Gobierno con una quema de crudo superior al anterior. Después de Nixon, fue Ronald Reagan quien postuló la necesidad de “desarrollar nuevas tecnologías y mayor independencia del petróleo importado”. Luego, George Bush señaló que “no hay seguridad para Estados Unidos si dependemos del petróleo extranjero”. Bill Clinton, por su parte, dijo que “necesitamos una estrategia energética de largo plazo para maximizar la conservación y, a la par, maximizar el desarrollo de fuentes alternativas de energía”. George W. Bush postuló que “debemos abandonar nuestra economía basada en el petróleo y hacer de nuestra dependencia del Medio Oriente algo del pasado”. Obama reconoce lo anterior y agrega un eslabón al señalar, en junio de 2010, desde el Salón Oval: “Por décadas, hemos sabido que los días del petróleo barato y de fácil acceso estaban contados. Por décadas, hemos hablado y hablado sobre la necesidad de acabar con la centenaria adicción americana a los combustibles fósiles. Y por décadas, hemos fallado en actuar con el sentido de urgencia que este reto exige. Una y otra vez, el camino ha sido bloqueado no solo por los lobbystas de la industria petrolera, sino también por una falta de coraje político”. Está claro que una cosa es querer y otra es poder.
 
LA DIFICULTAD DE UN GOLPE DE TIMÓN
 
La demanda por el crudo en Estados Unidos ha aumentado, desde 1971 en 35%, mientras la producción doméstica ha caído en 30%. Consecuencia: las importaciones se han duplicado para cubrir dos tercios de la demanda.
 
Esta nación, con un cuarto de la población de China, consume el doble que dicho país. Las previsiones para 2025, a condiciones iguales, apuntan a que la demanda aumentará en 50%. Eso significa que crecerá la dependencia del crudo proveniente del Medio Oriente, el Cáucaso, África y América Latina. Y con ello aumentarán las presiones políticas y también los conflictos en estas regiones.
 
En la actualidad, Washington detenta menos del 2% de las reservas mundiales de crudo y no tiene más remedio que importar su déficit. Ello representa una enorme vulnerabilidad: la inseguridad energética. En el importante documento anual La estrategia de seguridad nacional, de 2010, la Casa Blanca señala la dependencia petrolera como una de las mayores debilidades del país. Basado en este diagnóstico, solo tres semanas antes del accidente, el 31 de marzo, Obama autorizó las perforaciones mar afuera. En esa fecha levantó la larga moratoria a la explotación de los fondos marinos. Muchos vieron en esta postura un gesto conciliatorio al lobby de ciertos republicanos liderados por Sarah Palin que, en respaldo de las petroleras acuñaron el eslogan “Drill, baby, drill” (perfora, baby, perfora). Al anunciar la autorización para explotar pozos en el océano, Obama señaló: “Dadas nuestras necesidades energéticas, para sostener nuestro crecimiento económico y crear empleos, y mantener competitivas nuestras empresas, deberemos explotar fuentes tradicionales de combustible, incluso mientras aumentamos la producción de nuevas fuentes renovables”.
 
El presidente de Estados Unidos sabe cuán difícil es dar un golpe de timón que aleje a su país de su adicción petrolera. El estilo de vida norteamericano ha reposado sobre el consumo masivo y barato del crudo. Pero hay más, pues la industria del petróleo, la petroquímica, la automotriz y otras han constituido un formidable bloque de presión. Al respecto, Obama señaló: “Lo que también ha quedado claro con este desastre es que durante años las industrias del petróleo y el gas han tenido tal poder que, en la práctica, se les ha permitido regularse a ellas mismas”. Frenar el derrame de petróleo en el Golfo es, pese a su dramatismo, un reto menor para Washington comparado con el desafío de abandonar la dependencia petrolera.
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Raúl Sohr. Analista internacional y ensayista. Artículo publicado en revista Mensaje, www.mensaje.cl

 
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